Redacción Canal Abierto | En febrero de 1922, las tropas al mando del Teniente Coronel Héctor Benigno Varela habían cumplido el mandato de Hipólito Yrigoyen: desmantelar las protestas y revueltas en el territorio que hoy conocemos como la provincia de Santa Cruz.

Presionado por terratenientes que sentían amenazados sus intereses, el Presidente había encargado reprimir las huelgas en reclamo de mejoras laborales y condiciones de vida dignas.

El conflicto se extendió desde noviembre de 1920 hasta fines del año siguiente y, sin dudas, significó un ícono de lucha en la historia movimiento obrero argentino, como lo fue para el accionar represivo del Estado los 1500 trabajadores fusilados.

Detrás de aquellas jornadas trágicas se destaca una historia de dignidad y resistencia, rescatada por Osvaldo Bayer, autor de la célebre serie de libros “La Patagonia Rebelde”.

Sus protagonistas fueron cinco prostitutas del prostíbulo “La Catalana” de San Julián, Santa Cruz: Consuelo García (29), argentina; Ángela Fortunato (31), argentina; Amalia Rodríguez (26), argentina; María Juliache (28), española; Maud Foster (31), inglesa; y la dueña, Paulina Rovira.

“¡Con asesinos, no!”

El 17 de febrero de 1922, las tropas del Ejército descansaban en “La Catalana” tras la sangrienta labor emprendida. Sin embargo, esperaban más de la cuenta: algo andaba mal. Ante la ansiedad de los uniformados, salió presurosa Doña Paulina Rovira a conversar con el suboficial a cargo. Sucedía lo insólito: las putas se negaban.

Sin importar razones, los hombres se abalanzaron sobre ellas y tremenda habrá sido la sorpresa que deben haberse llevado cuando estas cinco mujeres los expulsaron a escobazos y palazos al grito de “¡asesinos! ¡porquerías!”.

En un principio sobreabundó la confusión que dio lugar a la indignación castrense: se trataba de un insulto al uniforme del Ejército Argentino. Incluso -pensaron- que era incomprensible un repudio tal para con quienes se erigían como “salvadores” de la Patria ante la levantada rebelde y segregacionista, funcional al Estado chileno (esta fue la excusa utilizada posteriormente para justificar tanta sangre derramada).

El alboroto que siguió hizo que finalmente se acercara la autoridad del pueblo. La policía de San Julián se llevó detenidas a las mujeres y músicos del lugar.

En su relato, recuerda Osvaldo Bayer que las metieron en un calabozo bien chico, les pegaron, arrojaron agua fría y les quitaron la libreta sanitaria, por lo que debieron trasladarse a Viedma y Ushuaia para seguir trabajando. Poco se supo de ellas desde entonces.

Para algunos esta historia sólo representa un detalle o dato de color enmarcado en uno de los hechos más graves de violencia contra los trabajadores durante un gobierno democrático argentino. Pero para muchos más, se trató de una acción política, la de la solidaridad de clase de las putas de San Julián.

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