Por Carlos Saglul | No hace falta demasiada sagacidad para notar que el elector número uno de Cristina Kirchner es Mauricio Macri. Nada delata mejor la propia identidad que la elección del enemigo. Los K le sirven al ingeniero para ocultar su verdadera guerra, la que tienen con  los trabajadores y sus organizaciones.

La dictadura militar de cuyo inició se cumplen 41 años necesitó treinta mil muertos, millares de presos, exiliados y torturados para imponer el modelo neoliberal. Lo primero que hizo Carlos Menem para profundizar esa política fue comprar a los sindicalistas que se podían corromper y por otro lado, tratar de destruir a las organizaciones combativas.  El viejo juego del garrote y la zanahoria.

Lo que “desestabiliza” a Macri no es el kirchnerismo. Son las cinco mil empresas que se han cerrado, los millares de desocupados y suspendidos, la importación de ropa, llantas, hasta lentes. Los pequeños industriales que se convierten en importadores para no cerrar y despiden a sus trabajadores. El enorme traslado de riqueza de los que menos tienen a los más ricos. El goteo siniestro que reparte miseria es silenciado por los grandes medios pero las  estadísticas se traducen en la realidad como un mar de bronca que sube y  raramente se convertirá en resignación

“Ni un botella de vino de Mendoza se puede comprar para apagar las penas sin descubrir la etiqueta que denuncia su origen chileno”, dice un compañero periodista. No es solo que a Macri no le quede nada a la derecha. El ingeniero hace de su torpeza una provocación constante. Se le torna difícil ocultar que su objetivo más acariciado es la flexibilización laboral, arrasar con los convenios colectivos y estatutos profesionales.

“Sabes cómo empezó esto, no quiero pronunciar la palabra derrumbe… pero el descreimiento…” Al final Mirtha  Legrand dijo lo que afirmó no decía: “derrumbe”. “Si se tienen que ir antes es porque es porque chocaron la calesita”. Buena metáfora la de Héctor Daer, uno de los jefes de la CGT. Las calesitas sirven para montar caballos de madera que jamás te llevan a ningún lado. Calesita que choca no sirve, rompe la ilusión.

La conductora de televisión no se hizo de izquierda de repente, le trasmitió a Macri el mensaje de su clase, lo mismo que el dirigente de la CGT que ahora olvida, despidió el año anterior brindando con el jefe de Estado. El establishment  duda que el ingeniero pueda seguir disfrazando de “cambio y prosperidad futura” a un modelo neoliberal en el que los ricos se enriquecen cada vez más a costa de la miseria de las mayorías. Están comenzando a sospechar que ya no les sirve y no quieren otro 2001.

Y entonces, para mostrar fortaleza, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, no tardó en acudir a la vieja receta de prometer la represión que demandan Clarín y La Nación y quienes los financian. ¿Pero qué hacer con piquetes de 300 mil personas? Cualquier intervención terminaría en una masacre.

A los políticos en general les cuesta entender que el poder que manejan es prestado y su conservación se ve condicionada por la versatilidad que demuestran en colaborar con la acumulación de riqueza del Poder Económico Concentrado que les financia sus campañas y enriquecimiento. Odebrecht no es un caso aislado.  La corrupción es inherente al funcionamiento del sistema, la herramienta a través de la cual el verdadero Poder controla a sus políticos, jueces y verdugos.

Macri se inventa un enemigo. Político de derecha al fin, trata de “ordenar la realidad”. No tiene en cuenta que si el kirchnerismo fuera tan poderoso como para dirigir los movimientos de masas de los últimos días, debería estar más que asustado. A determinadas mentalidades, les cuesta ver que lo que ellos ven como “desorden” esconde en si un orden que no logran entender. Es la lógica de un pueblo y sus necesidades, la del derecho pisoteado, la del clamor de las clases populares que el ingeniero Mauricio Macri  jamás entendió ni entenderá.