Redacción Canal Abierto | La OEA discute la suspensión de Venezuela del organismo. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos le pide al Tribunal Supremo de Justicia venezolano que “reconsidere su decisión” de declarar en desacato al Parlamento. El gobierno argentino convoca a una reunión urgente de cancilleres del Mercosur para analizar “la grave situación institucional” tras el cierre provisorio de la Asamblea Nacional. Mientras todo esto ocurre, el periodista y veedor internacional, Lisandro Sabanés, presente en la mayoría de las elecciones latinomericanas de la última década, fija el eje de la discusión en un lugar en el que pocos se animan: “La cuestión legal es absolutamente secundaria. Lo importante es la cuestión política”.

-¿Cuál sería esa cuestión?

-Simbólicamente, el tema de cerrar el Parlamento, en democracias frágiles como son las latinoamericanas, es muy fuerte. Más allá de que podamos argumentar a favor o en contra atendiendo a la situación venezolana, los antecedentes son el autogolpe de (Alberto) Fujimori, en Perú; y (Juan María) Bodaberry, en Uruguay, que derivó en una dictadura. Nicolás Maduro cruza una línea quitándole las funciones al Parlamento venezolano. Tiene que ver con la grieta, usando términos locales, donde no hay un punto de encuentro. De un lado, los que ven a Maduro como un dictador, lo combaten como tal, lo enfrentan como tal. Y del otro, los que ven a la oposición como un conjunto de dirigentes guionados y articulados por la CIA y los enfrentan desde ese lugar. La posibilidad de un enfrentamiento dentro de las reglas de la democracia, ir a elecciones, no está hoy presente en Venezuela.

-Usando ese término, en la era Maduro ¿la grieta se profundiza?

Sí, se profundiza, pero de todos modos esto ya empieza con (Hugo) Chávez. Hay dos puntos de inflexión en la historia venezolana. Uno es el intento de golpe contra Chávez en 2002, del que vuelve empoderado y va fuerte contra el enemigo mediático y político. Y la otra es en 2007, cuando Chávez decide alejarse del espacio ideológico nacionalista popular -lo que en términos argentinos sería el peronismo-, y volcarse al socialismo del siglo XXI que es un socialismo de Laclau, de Foucault, un socialismo conceptual, cultural, de luchas por la construcción de sentido común. Porque Venezuela no dejó de ser capitalista, sólo que es un capitalismo con mucha presencia del Estado. Y ese socialismo del siglo XXI lo ampara para minimizar las instituciones de la democracia como el Parlamento. En la lógica del chavismo madurista, el Parlamento es una institución burguesa, y lo importante es el socialismo.

-Pero el chavismo accede a participar del juego democrático cuando se presenta a elecciones…

De esto se trata el socialismo conceptual. El valor agregado de Chávez, por el cual combatió con éxito las acusaciones de que era una dictadura, que era comunista, que era populista y que era todo lo malo que había en el planeta, era que ganaba las elecciones libremente, incluso alguna elección avalada por el Centro Carter.

– ¿En qué se equivoca Maduro?

No, Maduro no se equivoca. Ha demostrado ser mucho más hábil de lo que parecía, aunque sea muy ineficaz en su gestión diaria y esto también tiene que ver con que el precio del petróleo pasó de 100 a 40 dólares y Venezuela tiene una dependencia absoluta de la plata del petróleo. En este marco, hay un dispositivo de poder y de negocios armado que no están dispuestos a resignar. Y tienen una oposición que los quiere voltear a toda costa y se retroalimentan.

Maduro ganó con un resultado ajustado, de 1,5%, y sorpresivo en ese momento, porque perdió millones de votos que dos meses antes habían votado a Chávez y pasaron a votar a Henrique Capriles. Y en un país dividido, con más del 90% de participación, el peor resultado es un resultado ajustado. Por eso nunca terminó de legitimarse. Y por eso no se equivoca: él busca profundizar la grieta porque se sostiene en esa grieta. Su núcleo duro lo sostiene.

-¿Cómo se resuelve este escenario?

Hay dos peligros muy graves que no están en los análisis mediáticos que siempre están contaminados de la disputa política. Uno es la presencia cada vez más fuerte del Ejército. Cada vez que Maduro se radicaliza y toma posiciones duras, va a golpearle la puerta a Vladimir Padrino, el jefe del Ejército, y Padrino se lo cobra en efectivo pidiendo puestos de poder. Con la historia que tenemos en Latinoamérica, que el Ejército tome posicionamiento político, que tome el poder, a mí me resulta peligroso. Y no es algo que pase sólo en Venezuela. En Ecuador, donde participé como veedor en la primera vuelta, en el conteo de votos apareció un comunicado del Ejército ecuatoriano diciendo: “Nosotros garantizamos la transparencia del resultado”. Y en Brasil, donde el Estado se descompone día a día, apareció el Ejército diciendo: “Nosotros somos la reserva moral del país”. ¿Qué pasa con las democracias latinoamericanas si otra vez el Ejército toma protagonismo? Ya sabemos lo que va a pasar: no termina bien.

-¿Y el otro peligro?

Lo que veo con preocupación es que esta Tercera Guerra Mundial “por partes” de la que habla el papa Francisco está tocando las puertas de Latinoamérica. En Venezuela, hay una disputa de poder que excede a Maduro, y a Capriles y a López. Están los rusos, los estadounidenses, los chinos, los árabes, el petróleo y en ese marco es que se entiende la decisión de Maduro de cerrar el Parlamento. Si esta disputa en Libia costó miles de muertos, millones de refugiados y el Mediterráneo convertido en una tumba; y en Siria estalló una guerra civil que provocó un caos en Europa y destruyó medio país, ¿qué problema van a tener de que Maduro cierre el Parlamento o que haya muertos en manifestaciones? Están por una pelea donde les resbala la vida humana y la institucionalidad. Pero a nosotros, como latinoamericanos, no debería resbalarnos porque nuestra historia, en ese sentido, es trágica.

-¿Qué influencia puede tener la situación venezolana en el ballotage en Ecuador este domingo?

Si en Ecuador el domingo Lenín Moreno pierde las elecciones es por culpa de esta decisión de Maduro, porque la oposición viene diciendo en campaña: “Vamos a terminar como Venezuela”. Y están al lado.

 

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