Redacción Canal Abierto | El #1A fue una demostración de fuerza del electorado macrista, a pesar de los intentos desmovilizadores del Gobierno. Durante los días previos, voceros de Cambiemos dejaron trascender que, para ellos, no se hace política en la calle. Pero se equivocaron: la masividad expresó un respaldo. Es sano que las fuerzas sociales se expresen libremente en democracia.

Quizás la desmovilización fue promovida para evitar un fracaso, o para diferenciar a los macristas del pueblo organizado al que ellos despectivamente denominan aparato. Tal vez, habrán querido desalentar de esta manera la flamea de banderas partidarias, o que a varios se les ocurra compartir un mismo colectivo naranja. Recién a la noche, consumado el éxito de la jornada, el presidente Macri asimiló su protagonismo mediante un video en Youtube.

Las concentraciones fueron multitudinarias en Rosario, Santa Fe, Mendoza, Salta, Tucumán, La Plata, Corrientes, Bariloche y Plaza de Mayo. Todos centros urbanos, compuestos en buena parte de una clase media que se auto convocó por redes sociales en defensa del gobierno.

Como en las marchas acaecidas en oposición a la presidencia de Cristina Kirchner, las consignas alzadas fueron varias y distintas. Las centrales llamaban a defender la democracia, la paz y la libertad. ¿Quién podría oponerse a ello? Estos valores fueron sutilmente introducidos por el gobierno en la conciencia colectiva, mediante un trabajo de comunicación extraordinario.

Durante marzo, Cambiemos instaló la idea de que las movilizaciones del pueblo organizado eran desestabilizadoras. Algo difícil de explicar en su masividad y composición: en dos oportunidades convocaron los docentes, en una la CGT, el 8 de marzo el movimiento de mujeres y el 24 los memoriosos.

El #1A estuvo minado asimismo de otros ejes: justicia para los corruptos y asesinos del fiscal Nisman, fin de los piquetes, paros y sindicatos, basta de Hebe y las políticas de derechos humanos para un sector, etcétera. El blanco de los cánticos era el kirchnerismo: el enemigo elegido tácticamente por el gobierno para desprestigiar la movilización popular, que ampliamente lo excede.

Justamente, ayer el diario La Nación informó que los trabajadores del Estado fueron quienes encabezaron en mayor medida las protestas durante 2016. Su conducción nacional no es kirchnerista. Le siguen las protestas de vecinos, que son autoconvocados, difícilmente todos kirchneristas. Continúan las organizaciones sociales, cuyas conducciones no son kirchneristas.

Parecería que la estrategia del macrismo es deshonrar la manifestación del pueblo organizado y después vincularla con un espacio partidario. Hoy fue más allá: durante una conferencia de prensa en Casa Rosada, el mismísimo Macri dijo no poder “aceptar más  comportamientos mafiosos en la Argentina, mafias que están en los sindicatos, en las empresas, en la política y en la justicia”. Y auguró una batalla: “Vamos a sacar el poder a cada uno de esos mafiosos porque no construyen futuro; les ha ido bien con el modelo que construye pobreza, y no quieren trabajar por los laburantes, por el futuro”.

Necesitó manosear a todos en el mismo lodo, pero se refería obviamente al otro, al opositor que se moviliza por un choripán y en colectivo pago por quién sabe quién. El otro que pasó a ser un mafioso: una declaración maquiavélica, amparada en una lógica similar a la empleada por Cristina Kirchner para deslegitimar las protestas que jaquearon a su gobierno.

Luego del sábado, Cambiemos pareció haber entendido el carácter de la expresión callejera. Es una lástima que la mida con una vara distinta cuando no le es propia. Las urnas en octubre darán su veredicto. Aunque ahí tampoco se acaba el ejercicio de la democracia.