Redacción Canal Abierto | Fueron más de mil organizaciones ambientalistas de todo el mundo las que impulsaron el proceso que llevó a Monsanto frente a los tribunales. En un simulacro de juicio inédito en el terreno ambiental, la máxima productora mundial de herbicidas fue encontrada culpable de ecocidio en La Haya. Y, aunque la decisión no es vinculante, se espera que la prueba sanitaria y jurídica producida impulse procesos penales.

La figura legal se podría entender como “causar daño severo o destruir el medioambiente para alterar de forma significativa y duradera los bienes comunes o servicios del ecosistema de los cuales ciertos grupos humanos dependen”. El fallo fue dado a conocer hoy por el Tribunal Internacional Monsanto tras un proceso que se llevó adelante entre el 15 y el 16 de octubre de 2016 emulando los mecanismos de la Corte Penal Internacional.

“En su sentencia, el tribunal encontró culpable a Monsanto por violación a derechos humanos, entre ellos la salud, el ambiente sano, la alimentación adecuada –explicó a Canal Abierto Marcos Filardi, abogado especializado en derechos humanos y soberanía alimentaria e integrante de la Cátedra libre de Soberanía Alimentaria de la UBA-. La encontró partícipe de la comisión de delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra vinculados al empleo de agentes naranjas en la guerra de Vietnam y responsable del delito de ecocidio, que no está previsto en  el derecho internacional. Una de las propuestas es que la Corte Penal Internacional en su Estatuto de Roma incorpore la figura de este delito: el daño constante y sostenido del ambiente”.

El Tribunal Internacional Monsanto es un tribunal de opinión extraordinario creado por la sociedad civil para juzgar las consecuencias legales de las acciones contra el ambiente que viene desarrollando la compañía estadounidense de biotecnología, y que la han puesto desde hace tiempo en el ojo de la tormenta. Estuvo conformado por cinco jueces de diferentes países que analizaron el testimonio de más de treinta personas, entre ellos la mendocina Eleonora Lamm, quien dijo a Télam que si bien las conclusiones “no tienen un efecto vinculante, el valor de los tribunales de opinión, que es lo que fue el Tribunal Internacional Monsanto, fue históricamente muy importante porque pone en evidencia la problemática, genera una presión social muy relevante y la prueba que reúne puede servir para los procesos penales que la sociedad civil impulse en sus jurisdicciones”.

“El objetivo es llamar la atención pública sobre la responsabilidad de una empresa. Por eso se eligió La Haya, donde reside la Corte Internacional de Justicia de Naciones Unidos, que sólo tiene competencia para dirimir diferendos entre Estados y organizaciones internacionales, por lo que las empresas quedan excluidas. Y está la Corte Penal Internacional, que a través del Tribunal de Roma excluyó la responsabilidad de las personas públicas”, agregó Filardi.

También sostuvo que, con este fallo, “el Tribunal entendió que hay que darle importancia al principio precautorio del derecho ambiental, que no se cumple. Dice que, a falta de certezas científicas sobre el daño que un determinado producto genera en el ambiente, debiera prohibirse. Se invierte la carga de la prueba”.

Por su parte, la empresa se defendió sosteniendo que en el juicio “se negó la evidencia científica existente y los antecedentes jurídicos de varios temas” y que “fue organizado con un resultado ya predeterminado”. Luego añadió que “en una época en la que el público está tratando de separar los hechos de la ficción, esta opinión no-judicial emitida recientemente podría ser malinterpretada”.

Filardi desarrolló que en la Argentina “hay un mayor nivel de conciencia que no se traduce todavía en la reducción de las compras de los productos, pero sí en la resistencia a la ofensiva de la empresa, como la profundización de la privatización de la semilla, un proyecto que se viene frenando desde 2012”. “De la mano de esa conciencia, asistimos en todos los territorios a cada vez más productores que abandonan la producción tradicional para abrazar la agroecología en sus distintas formas. Hay otra manera de producir alimentos sin semillas genéticamente modificadas: es necesaria, posible y rentable para el productor”, finalizó.

 

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