Federico Chechele | Esta semana comenzó a calentarse la interna de Cambiemos con su principal aliado, el radicalismo: Dichos, movidas, reuniones y el arribo de Martín Lousteau anticipan la disputa de lo que será el armado de las listas para las elecciones legislativas.

El primero que sacudió la modorra fue Ricardo Alfonsín, quien sinceró la posición del centenario partido dentro de Cambiemos al señalar que “el radicalismo se entera por los diarios de lo que hace el Gobierno”. Y fue más allá al requerir que “en el 2019 la UCR tiene que poner al presidente de la República”.

El hijo del ex mandatario vocifera sin mucho ruido: desde que perdió la conducción del partido en manos de Ernesto Sanz, aliado del macrismo, sus opiniones pierden cada vez más fuerza. Los resultados de las elecciones de 2015 le dan la razón al mendocino: Gerardo Morales en Jujuy y Alfredo Cornejo en Mendoza, obtuvieron la gobernación. La UCR tiene más de 30 diputados nacionales en el Congreso de la Nación, más todos los legisladores provinciales y alrededor de 40 intendencias en la provincia de Buenos Aires apuntalaron la derrota del peronismo en territorio bonaerense.

El otro dirigente que salió a romper fue Ángel Rozas quien, tras el planteo del PRO ante la justicia chaqueña para que avale su salida de Cambiemos y que le impida a la UCR la utilización del nombre, el Tribunal Electoral de Chaco convalidó la ruptura en esa provincia, pero le permitió a la UCR utilizar el nombre. Estas iniciativas se podrían empezar a repetir en otros distritos nacionales.

Ante este escenario, el Gobierno nacional tomó nota y reunió al radicalismo en dos partes: Marcos Peña recibió en su despacho a Ernesto Sanz; los jefes de los bloques legislativos, Ángel Rozas y el diputado Mario Negri; y el presidente del Comité nacional, José María del Corral, para calmar los ánimos. Rogelio Frigerio hizo lo propio con legisladores radicales de todo el país, a fin de empezar a diagramar la estrategia electoral.

Párrafo aparte es el arribo del ex embajador Martín Lousteau. El radicalismo porteño empuja para que compita como candidato a diputado nacional por la Capital dentro de Cambiemos, pero los aliados al macrismo desestiman esa opción. No quieren primarias con quien casi lo derrota en 2015. En síntesis, el PRO utiliza al radicalismo para los armados pero relega a sus candidatos de los primeros puestos.

A pesar de los reiterados rumores sobre Ernesto Sanz como posible Ministro de Justicia -vinculación que lo avala su amistad con Ricardo Lorenzetti, presidente de la Corte Suprema con quien estudió en la Universidad Nacional del Litoral-, el macrismo no cede ningún lugar en la primera línea del Ejecutivo. Más allá de las quejas, los radicales se entregan a la estrategia de marketing del PRO, como la foto que se sacaron los diputados nacionales el pasado 24 de marzo con las provocadoras consignas “Los derechos humanos no tienen dueño” y “Nunca más a los negocios con los DD.HH”. Hasta el propio Luis Brandoni se disfrazó de superhéroe tardío y salió a fogonear antes que nadie la marcha del 1 de abril en apoyo al gobierno nacional.

El radicalismo gestiona sus distritos sin inmolarse, no se rebela ni se ensucia para modificar la calidad de vida de sus votantes. La estructura de más de 100 años tiene que seguir funcionando.

 

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