Por Carlos Saglul | Alfredo el plomero ha venido recomendado por el ferretero de la cuadra a cambiar un caño de desagote en la cocina. Le alcanzo un mate, mientras comenta lo que escucha en la radio: “Se quejan de que la Gendamería reprime, pero si para eso votamos a Macri. Para que limpie las calles, termine con  los cortes de esos que quieren vivir gratis”. Le pega “una chupada” rápida al mate y pasa a contarme todos sus problemas  económicos: “Me arreglo como puedo, eso si no le pido nada a nadie”, enfatiza orgulloso.

Alfredo espera ansioso octubre para votar por los candidatos de Cambiemos. “Hay que darle tiempo a Macri”. Y no es el  único. Lo que es verdad, ya nadie podrá alegar que  ha sido estafado. Todos saben lo que el actual gobierno propone para después de  octubre.

La administración de los CEO espera obtener el aval de la mayoría de la población para maximizar las ganancias empresarias estableciendo paritarias por empresa, apertura de convenios hacia la flexibilización, que los trabajadores paguen su propio despido a través del régimen de capitalización, desaparecer a la Justicia laboral para dejar librados los derechos del obrero al antojo patronal.

El déficit fiscal que ellos mismos provocaron con la eliminación de las retenciones al agro, las reducciones impositivas, el enorme endeudamiento exterior, los tarifazos, devaluaciones y apertura importadora, todo ello sinónimo de recesión: es la excusa perfecta  de un ajuste salvaje.

Se reducirán aún más los gastos en salud y educación. Áreas enteras del Estado serán cerradas. Hasta se maneja privatizar las pocas empresas que quedan en manos del Estado. El Anses quedará subordinado al pago de la deuda externa. Todo esto implicara miles de despidos y una pronunciada baja salarial, empujada por un ejército de desocupados aún más grande que el actual.

La CEOcracia va por todo y eso es imposible sin un cambio del sentido común. Seguirá con su  batalla por la reivindicación  de los genocidas que ahora se propondrá –como reveló el diario Página12- el enjuiciamiento de las víctimas del terrorismo de Estado (vuelta a la teoría de los dos demonios), cambio en los planes de enseñanza en esa materia y silenciamiento de los organismos de derechos humanos. No ahorrará como lo hizo con la Justicia laboral “aprietes” contra los jueces y fiscales que no se alisten al servicio de sus designios.

El terrorismo económico, la ofensiva disciplinadora contra los sindicatos combativos, el juicio político a los jueces que no son “como lo querríamos” junto  al papel central de los grandes medios de prensa, van provocando un gran cambio cultural en la población. Nos vamos convirtiendo en una especie de Nación Mutante.

Alfredo el plomero dice con orgullo “yo me arreglo como puedo (…) No pido ayuda a nadie”. Con esta última frase justifica que se reprima  a los que pelean por sus derechos laborales o simplemente tratan de no quedar desempleados, los hambrientos que demandan planes sociales. Que les quite la ayuda económica a los discapacitados, terminar con la Justicia del Trabajo (“la mafia de los juicios laborales”, dice el gobierno) y todo derecho sindical. Poner en riesgo la salud de la población con el vaciamiento del Servicio Nacional de Salud y Calidad Agroalimentaria y la casi desaparición de controles para la venta de medicamentos. Todo esto debe estar acompañado con una policía cada vez más presente, no contra el delito sino metiéndose en escuelas y universidades, amedrentando jóvenes activistas.

Mientras el plomero hablaba pensaba en el chiquito de diez años que  habían linchado en Córdoba y la gente que filmaba “al delincuente” en lugar de llamar a una ambulancia, o en Natalia, mi vecinita con Síndrome de Down, a la que el gobierno sacó el subsidio y mandó “a trabajar”. Nos están convirtiendo en  mutantes sin sentimiento, incapaces de la solidaridad, de sentir como propio el dolor del otro. Del prójimo próximo. Tan próximo que podemos ser nosotros mañana.

Hay algo que escribió Italo Calvino y que quizá sirva para enfrentar  esta la construcción de la Nación Mutante que propone el neoliberalismo y su nuevo sentido común: “El infierno no es algo que  será. Ya existe aquí: lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera fácil, es aceptar el infierno, volverse parte de él para no verlo. La segunda es ver quién y  qué, en medio del infierno, no es infierno, y donde hay espacio hacerlo durar mientras vivamos”.

Foto: Carlos Bosch

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