Por Juan Carlos Giuliani* | El 26 de julio de 1952, a los 33 años, muere María Eva Duarte de Perón. Simplemente Evita, la abanderada de los humildes. Símbolo de la lucha antioligárquica y promotora insobornable de la justicia social. A 65 años de la muerte queda el ejemplo de su entrega como referencia insoslayable para los que denuncian y combaten el ajuste, la pobreza, el saqueo y la dependencia de nuestra Nación.

Su cuerpo fue embalsamado y mantenido en exposición en la CGT hasta que un golpe militar -la “Revolución Fusiladora”- destituyó a Perón en 1955. Luego, el cuerpo fue robado, vejado y enterrado en Italia.

El general Pedro Eugenio Aramburu -uno de los cabecillas, junto al almirante Isaac Francisco Rojas, de la contrarrevolución oligárquica- ordenó la profanación del lugar donde descansaban los restos de Evita y su posterior desaparición para quitarle al pueblo hasta el último resto material de quien fuera su abanderada.

Fue el agravio por el que protestaron los “descamisados” de la Patria durante 16 años, un período en el que el paradero del cuerpo de Eva permaneció en el misterio para el pueblo trabajador.

En 1971 fue trasladado a España, hasta que en 1974 su cuerpo fue regresado definitivamente a Buenos Aires.

La fuerza de su presencia en la escena nacional durante un puñado de años quedó grabada en la memoria colectiva. Fue implacable con los alcahuetes y vendepatria. Transgredió los límites de la democracia formal para zambullirse en brazos del pueblo sin intermediarios.

Un año después de la muerte de Evita, el 26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes al mando de Fidel Castro asaltó el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, como parte de una acción armada con el fin de derrocar al dictador Fulgencio Batista.

El movimiento se completó con el ataque al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo y fue rápidamente derrotado.

Durante el juicio a los atacantes, Fidel se haría conocido en todo el país al autodefenderse poniendo en evidencia las torturas ejecutadas por la tiranía.

Su alegato pasó a la posteridad como “La Historia me absolverá”.

Fidel murió el 25 de noviembre de 2016 y la Revolución Cubana cumplió 58 años pese al bloqueo y sabotaje del Imperialismo norteamericano y sigue siendo el faro que nos guía.

Eva y Perón (10 de octubre de 1950)

El 1 de julio de 1974, veintiún años después de Moncada, falleció a los 78 años el General Juan Domingo Perón. Noticias, el diario de los Montoneros, con la pluma incomparable de Rodolfo Walsh tituló “Dolor”, con una bajada de notable factura, que decía: “El General Perón, figura central de la política argentina de los últimos treinta años, murió ayer a las 13,15 horas. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional”.

Se iba el hombre que había incorporado a la sociedad a la clase trabajadora, el que fomentó la industrialización del país, el que mejoró significativamente la distribución de la riqueza, el que sancionó una legislación laboral de avanzada. El que plantó en el corazón del pueblo la doctrina de una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Durante dieciocho años de exilio no le perdonarían la dignificación del cabecita negra, la defensa de los sindicatos, el aguinaldo, ni las vacaciones pagas.

Antes de morir, en un histórico discurso, Perón dijo: “Mi único heredero es el pueblo”. No nombró a Isabel, el PJ, las 62 Organizaciones, la CGT. Dejó su legado a quienes estén dispuestos a ponerle el cuerpo al Proyecto inconcluso de Liberación Nacional y Social y se animen a confrontar con el posibilismo para reconstruir el Movimiento Emancipador.

Los trabajadores no olvidamos a Perón y Evita y nos nutrimos del pensamiento de Fidel para seguir dando la batalla de ideas por un mundo donde quepan todos los mundos.

Todo está guardado en la memoria.

 

*Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA Autónoma

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