Por Sergio Alvez | Juglar de la literatura universal, inventor, padre, colono, fotógrafo, embalsamador, constructor, loco. Miles de cosas se han escrito y dicho sobre Horacio Quiroga, el maestro cuentista que como nadie supo interpretar y trazar en su literatura los sortilegios de la selva misionera, plasmando un estilo narrativo inconfundible y tiñendo –sin buscarlo– en tornos a su figura, un halo de misterioso y tenebroso vínculo con la muerte. Pero, ¿quién era Quiroga? ¿Cómo era? ¿Cuáles eran sus ideas políticas?

Horacio Silva es bonaerense. Escritor, periodista e historiador, trabajó en Todo es Historia, Caras y Caretas y es autor de Días rojos, verano negro, una crónica de la Semana Trágica de 1919 (2011). Su búsqueda marca un quiebre en la mirada globalizada y estándar que retrata al escritor Horacio Quiroga como un ser despreciable. Silva, a su modo, persigue un destello en la penumbra biográfica del autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte.

“En su nutrida correspondencia, encuentro a una persona completamente distinta, llena de optimismo y amor por la vida, incluso poco antes de su voluntaria muerte, intentaré determinar qué clase de hombre fue en realidad Horacio Quiroga”, nos dice Silva, embarcado actualmente en la investigación necesaria para confeccionar una reconstrucción histórica, basada en el entorno de ese tiempo, en el San Ignacio de las primeras tres décadas del siglo pasado, indagando en el carácter de pionero del escritor, el desarrollo de sus emprendimientos, y sumiéndose en el espacio físico específico mencionado en la obra del uruguayo.

Mientras Silva bucea en la huella quiroguiana, tras un rastro de luminosidad, el mito oficial vigente sigue mostrándonos un Quiroga pesimista, depresivo y solitario. Ezequiel Martínez Estrada, autor del libro El hermano Quiroga y cartas de Horacio Quiroga a Martínez Estrada, amigo del descollante cuentista, llegó a escribir: “No creo que en la vida de Quiroga, como tampoco en la mía, haya habido un ser que llenara (mejor dicho: colmara) la necesidad indiscutiblemente instintiva de estar con otro ser sin dejar de estar con uno mismo y solo.”

La urdimbre endiablada de su alma

Era la una y cuarto de la madrugada, del domingo 19 de febrero de 1937. Afuera, Buenos Aires festejaba el carnaval. Pero dentro de esa habitación del Hospital de Clínicas, un hombre diagnosticado con cáncer de próstata ingería cianuro y emprendía excursión hacia ese otro espacio, aquel con el que en vida tituló uno de sus más deslumbrantes libros: Más allá.

Horacio Silvestre Quiroga Forteza se apagaba a sí mismo. Ese mismo año, sus amigos Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni le siguieron los pasos hacia la muerte: cada uno se suicidó a su manera. Lo mismo harían, a su turno, dos de sus hijos. La muerte, siempre la muerte. Antes, durante y después.

¿Acaso no había en el mundo terrenal fuente alguna de placer y bienestar capaz de aplacar su sed existencial? ¿Qué extrañas fuerzas convocaban a Quiroga hacia la tragedia como una polilla en danza alrededor de la luz? ¿Por qué tanto dolor?

Desde Valencia, la poetisa española y doctora en Literatura Hispánica, María Ángeles Chavarría, nos aporta una reflexión, contenida en uno de sus trabajos de investigación. “En el orden de sus relaciones afectivas íntimas, Quiroga presentaba perceptibles desajustes, y su desinteligencia con los seres queridos, como con el mundo circundante, era la proyección de sus propios conflictos congénitos. ¿Cómo es posible un análisis caracterológico y ético, cuando se trata de espíritus complejísimos que se traicionan a sí mismos y que libran consigo la más cruenta batalla antes que con los demás? Precisamente estas oscilaciones extremas de su carácter (de su destino) prueban la autenticidad de su genialidad tanto o más que los valores de estilo de su obra. No es un hombre ‘raro’ a este respecto, sino que su fisonomía acusa una fraternal semejanza con los de su clase. Podría parecerse a Dostoiewski, a Lawrence o a Tolstoi por su talento literario, pero muchísimo más se les asemejaba por la urdimbre endiablada de su alma”.

Pese a todo, en la obra de Quiroga es posible hallar —como esporádicos relámpagos— reflejos de claridad y candor. Nos referimos a la literatura para niños. La expresión más acabada de ese costado es una recopilación de notas aparecidas en la revista Caras y Caretas, rescatadas luego en una edición de Arca Editorial (Montevideo), bajo el título De la vida de nuestros animales. A los 34 relatos del libro precede una breve explicación del autor, en que sintetiza: Son 34 textos sobre animales, árboles y plantas de los montes de Misiones en que el mismo Quiroga explica la esencia de aquellos escritos breves: “Son impresiones de la naturaleza que en un perdido rincón del nordeste del país, recibimos yo y mis chicos durante diez años”.

En ese libro, tan recomendable como difícil de conseguir en librerías argentinas, es posible hallar fragmentos como el siguiente:

“La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, oscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho el vientre y la parte interna de las patas”.

Anticapitalista

Salvo una sola mención de empatía por el batllismo uruguayo (nombre dado a una corriente del Partido Colorado de Uruguay inspirada en las ideas y en la doctrina política de José Batlle) en 1911, Quiroga nunca manifestó adherir expresamente a ninguna corriente de pensamiento político o filosófico.

Aquella única posición explícita ubicable se encuentra contenida en la carta que escribió un 16 de marzo de 1911 a su amigo José María Fernández Saldaña, alias Maitland: “Amigo: lo que yo hallo de eficaz en Batlle y compañía —de grande, te diría— es la convicción ardiente en cosas bellas: laicismo, obrerismo, progreso, y democracia íntima. Su manifiesto desde Europa me parece de superior sinceridad y eficacia patriótica (…) ahora no hay nada para mí más bello que la honradez–sinceridad en orden moral, y la democracia en orden político”.

Sus ideas, más bien se emparentaban en líneas generales con los trascendentalistas norteamericanos: Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson o Henry David Thoreau, cuyas lecturas frecuentaba.

Dentro de esta nebulosa política que desvela a los historiadores ávidos de endilgarle al escritor una determinada pertenencia, es posible delimitar una certeza rotunda: Quiroga era, ante todo, un consecuente anticapitalista.

Invitado a reflexionar al respecto, Horacio Silva nos dice que “su posición podría definirse como no partidaria del capitalismo, pero tampoco partidaria de las soluciones colectivistas (comunismo, anarquismo, socialismo), por considerar que tanto el uno como las otras conllevaban la anulación de la libertad y de la capacidad creativa del individuo. En su propia opinión, él se encontraba dentro del campo de la izquierda (ver carta a Samuel Glusberg, 30/12/1935) y en carta a Ezequiel Martínez Estrada del 13 de julio de 1936 se declaró `un solitario y valeroso anarquista´. Pero debe entenderse que no se refería a la imagen clásica del anarquismo, de la FORA, de la organización obrera; sino en el sentido de un individuo que no delega su libertad absolutamente en nadie ni en nada. En ese sentido, en mi opinión personal, me atrevería a definir a Quiroga como a una suerte de `individualista anárquico’ solitario”.

Se conoce también la amistad que el escritor mantuvo con diversos personajes de extracción comunista o anarquista. Uno de estos compinches fue Marcos Kanner (ver Sudestada número 94, agosto de 2010), recordado por su férrea militancia en la tierra colorada y otras zonas del norte donde la explotación de peones rurales era ya entonces el vicio preferido de los grandes terratenientes.

En una carta que Quiroga remitió a Samuel Glusberg, en diciembre de 1935, escribe: “Por aquí he tenido contacto con un compañero comunista, dirigente del litoral, excelente muchacho que se avergüenza de su pasado anárquico. Hoy ha vuelto a Posadas. ¿Ha tratado usted de cerca a un comunista oficial y fanático? Yo no deseo hacerlo más. Y a este respecto se me ha ocurrido un apólogo de gran eficacia, que no escribo por cariño a la izquierda, donde siempre me encuentro, pese a mi amigo de Posadas. Como inferirá el apólogo versa sobre la demagogia comunista. Leí también una diatriba de Castelnuovo sobre Tolstoi, so pretexto El arte y las masas.

Amigo Glusberg, yo soy y seré un hombre libre por sobre todos los conceptos (egoísta, dicen), y enamorado de la tierra que trabajo con tesón. Tendría que ver mi parque y mi jardín. En fin, mi pequeño San Michele”.

Sin embargo, Quiroga nunca rompió lazos con Kanner, quien solía vacacionar junto a su familia en la casa del Teyú Cuaré. Incluso cuando estalló la rebelión de colonos que terminó con una sangrienta masacre en Oberá (la Masacre de Oberá, en 1936), la policía acudió a casa de Quiroga en busca de Kanner, quien no se hallaba entonces allí. Es de destacar que Quiroga nunca escribió ni hizo mención alguna a aquel trágico episodio de la historia misionera.

Otras personalidades de la izquierda con quienes Quiroga intercambió opiniones: Liborio Justo —hijo del Presidente argentino Agustín Justo, y militante comunista desde 1932— y el escritor norteamericano Waldo Frank, quien visitó Argentina en 1929, al regreso de su viaje a Rusia.

Aporta Horacio Silva: “Agustín Justo visitó a Quiroga en su casa de Misiones en julio de 1934; pero entre la altanería de uno y la intransigencia del otro, no se pudieron entender jamás”.

“Ciego y sordo”

Javier Arguindegui, periodista, escritor y estudioso de la historia de la literatura misionera, manifiesta que “Horacio Quiroga, el gran cuentista misionero, no reflejó en su obra las trágicas vicisitudes de los trabajadores de la selva, y aunque ello no implique adhesión implícita al cruel sistema de contratación —que contaba con la anuencia de gobernantes, policías y jueces— resulta, cuanto menos, una carencia que a su vez permite advertir dónde estaba el foco de su mirada, algo alejada de la realidad social. En medio de los escalofriantes misterios del monte y sus habitantes, inigualablemente captados por el uruguayo, dos ausencias en sus cuentos resultan llamativas: la de los mensú y la de los aborígenes mbya de San Ignacio”.

Dice Arguindegui que

“quien aspire a encontrar menciones que revelen un ideal político–social en sus cuentos misioneros saldrá desilusionado: a diferencia de BialetMassé, Rafael Barret y León Naboulet, encendidos escritores denunciantes de la explotación de los mensúes —de la que tomaron cuenta en Buenos Aires los socialistas Mario Bravo y Juan B. Justo— recién en 1920 Quiroga, ya en Buenos Aires, dio señales de la situación, cuando publica en Fray Mocho, Los mensú. Relata una fatigosa fuga del yerbal, aunque de final previsible”:

“Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada y rodeados de tres o cuatro amigas se hallaron en un momento ante la cantidad suficiente de caña para colmar el hambre de eso en un mensú. Un instante después estaban borrachos y con nueva contrata firmada. ¿En qué trabajo? ¿En dónde? No lo sabían ni les importaba tampoco. Sabían sí que tenían cuarenta pesos en el bolsillo y facultad para llegar a mucho más en gastos.”

Cuentan  biógrafos que Quiroga escribió para sobrevivir, y que lo hizo en Misiones aislado en medio de tragedias familiares, tratando de explotar alternativamente yerbales, plantaciones de ananá y de cítricos. Así lo revelan las cartas (poco difundidas) que periódicamente enviaba desde San Isidro a su capataz en San Ignacio, Isidro Escalera, dándole estrictas instrucciones de patrón, o intimándolo a remitir minuciosos informes sobre la marcha de los negocios.

Cierra Arguindegui soslyando que “eran los tiempos preliminares de la Primera Guerra, de la llegada al poder de Yrigoyen, y aunque muchos escritores (martinfierristas, Boedo, Florida) mostraban su perfil demócrata expresando sus apoyos, no hay registros de que Quiroga haya incursionado activamente en política. Se recuerda su nefasta participación, junto al Lugones maduro (ya en su etapa militarista, que desembocó en la Década Infame), en la fundación de la Sociedad Argentina de Escritores, institución denunciada entonces por sus pares de exaltar la aristocracia literaria”.

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