Por Rosario Hasperué | Me recibí de Licenciada en Comunicación Social, soy periodista, madre, docente. Estudié en la facultad y en la calle que es la mejor escuela. Tengo un recorrido profesional que para mí es interesante. Entrevisté a personajes de la farándula, de la política, del arte y de la literatura. Viajé. Hice radio, gráfica, televisión. Es cierto, no soy “conocida”, en verdad, no me interesa. Mi concepción del éxito es amar, pensar, decir y hacer con libertad. Pero desde mi especificidad analizo medios de comunicación. Aprendí muchas cosas de ellos. Aprendí cómo se construyen las noticias, las opiniones y algunos proyectos políticos que se materializan en políticas de gobierno. Aprendí que la objetividad no existe y que la historia es subjetiva. Que todos intentan imponernos maneras de ver y de pensar. Pero que es libre quien puede pensar por sí mismo y actuar de acuerdo a lo que siente.

Esta semana di dos clases sobre la desaparición de Santiago Maldonado. Analizamos con mis alumnos, que también son mis maestros, cómo se arma la escena para desvincular al Estado. Los discursos que se construyen para desviar la atención de la gravedad del hecho. “¿Cómo se esconde un elefante, entre otros elefantes?”.

Compartí anécdotas de la pelea del pueblo de Famatina contra la Megaminería en La Rioja, cuando quisieron vincular a un anciano de 90 años a la organización Quebracho, y el señor solo sabía de algarrobos que era el árbol que crecía en su barrio; hablamos de Venezuela, de por qué sabemos tanto de Venezuela y nada de Paraguay, por ejemplo. De cómo los medios operan local y globalmente en función de determinados intereses.

Volvimos a la desaparición de Santiago, hablamos también de Julio López. Y luego apareció la campaña mediática y oficial contra la posibilidad de hablar de esto en las escuelas. Lo señalan como una acción política, como una bajada de línea. Usan palabras en desuso como calificar de meros “receptores” a los pibes y pibas que pasan más horas frente a las redes y medios con bajadas de líneas más potentes. Como si nuestros pibes y pibas no tuvieran la capacidad de procesar cada uno la información de acuerdo a sus propios intereses y trayectorias. Como si la escuela de Sarmiento fuera imparcial y objetiva. Como si la educación que conocemos no fuera parte de un proyecto político. Parece que les falta estudio, o les sobra cinismo.

Pero no van a poder. Simplemente no van a poder. Porque a lo largo de la Historia ninguna posible sanción o intimidación de ningún gobierno o dictadura logró acallar la voz crítica que pretende que un aula sea un lugar para dudar, cuestionar y pensar de manera independiente, libre y soberana.

#DóndeEstáSantiago

 

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