Por Carlos Saglul | A los 16 años la metió presa la dictadura por robar pintura para escribir en los muros a favor del Ejército Revolucionario del Pueblo. Participó de los cortes que terminaron en el estallido de 2001, fue militante social, educadora popular y activista por los derechos de las lesbianas. Viviana Avendaño fue “todo lo que el Poder odia”.

Alex Oliva, licenciado en Comunicación Social, periodista de investigación, ex jefe de redacción de El Argentino, ex miembro de la conducción del Cispren (Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba), redactor de Infojus Noticias y diversos medios, fue acechado por el personaje –al que conoció en el último día de su vida, cuando cubría un corte de ruta– hasta que decidió reconstruir la biografía de esta mujer que se esmeró por ser una “revolucionaria en tiempos donde la Revolución parecía derrotada”.

-¿Cómo se conocen Viviana y vos?

-En junio de 2000, durante el gobierno nacional de Fernando de la Rúa y provincial de José Manuel de la Sota, recrudece el conflicto social en Cruz del Eje y los desocupados cortan la ruta. Viviana Avendaño vivía por entonces en el pueblo vecino de San Marcos, se incorporó y terminó liderando esa protesta, que luego de la represión policial se convirtió en una “pueblada” en la que cuatro mil personas coparon la ruta y obligaron al gobierno a abrir una mesa de concertación y liberar los presos del día anterior.

Yo cubría esa protesta y a Viviana la alcancé a ver –no puedo decir que la llegué a conocer– ese día en que fue amenazada por la policía. Al día siguiente, murió junto a su compañera en un choque sumamente sospechoso.

Así comenzó esta historia, con el propósito de investigar el misterio de esa muerte y denunciar a sus responsables. Con el tiempo, el dato de que había sido la presa política más joven de la dictadura en Córdoba me hizo entender por qué el aparato de inteligencia policial en torno al corte de ruta se focalizó en ella y le puso el rótulo de “infiltrada”. Pero también me reveló una tremenda historia de vida que desembocó en esta historia con el más que justificado título de “Todo lo que el poder odia”.

-¿Qué contacto hay entre ella y el proyecto derrotado por el genocidio de los ‘70? Porque a veces la memoria no brota en una rebelión sino que se arrastra en pequeños ríos subterráneos.

-Justamente el título alude a un recorrido que arranca en los años ‘70, con su militancia adolescente que la lleva a la cárcel entre octubre del ‘75 y abril del ‘81, la desaparición de su hermana mayor Juana del Carmen y su cuñado Guillermo Gómez, la pérdida de amigos y compañeros y su barrio Villa El Libertador, azotado por la represión y la política económica de la dictadura. Al salir, en ese escenario de derrota, ella retorna a la militancia y le termina dando la razón a quienes la calificaron como “irrecuperable”, en el contexto del “Proyecto de recuperación de pensionistas” que quiso aplicar la dictadura en la cárcel de Villa Devoto. O sea, fue de las que no escarmentaron y ya en democracia sus luchas políticas se despliegan como un abanico: militante comunista, lesbiana feminista, educadora popular, activista piquetera. Todo eso llevaba en la mochila cuando el poder volvió a posar su mirada sobre ella durante aquel conflicto social.

-Hablemos de su militancia en el ERP. Es casi una niña cuando cae detenida.

-Paradójicamente su militancia comienza en la parroquia de un cura tercermundista vinculado a Montoneros. De ahí, al marxismo leninismo: la Juventud Guevarista del Partido Revolucionario de los Trabajadores, en que conformó una célula que se declaró como “grupo de apoyo al Ejército Revolucionario del Pueblo” y en una acción digamos pre-guerrillera (asaltan una pinturería y se llevan sólo cuatro tarros para hacer pintadas en homenaje al Che Guevara) va a parar a la cárcel con 16 años. Era como una hermanita menor de las demás prisioneras y la cárcel fue para ella una escuela revolucionaria.

-Es curioso: luego con la democracia milita en el PC. Viaja a Moscú. ¿Qué pasa en esa etapa?

-Sí, a pesar del encono de los militantes de las organizaciones político militares contra el Partido Comunista por su actitud por lo menos ambigua frente a la dictadura, ella se suma en el contexto del “viraje revolucionario” del XVI congreso del PC. Y como todavía era joven lo hace en la Fede (Federación Juvenil Comunista) y en 1987 la envían por seis meses a la escuela de Juventudes Comunistas del Komsomol en Moscú, donde alcanzó a advertir los primeros síntomas de la crisis del comunismo ruso. Y después se traslada a Buenos Aires y se incorpora a la estructura central de la Fede y el partido, con tareas de propaganda, seguridad y militancia territorial. Esta etapa es interesante porque ahí hay otra derrota, y doble: en el plano mundial, la disolución de la Unión Soviética. En el local, el neoliberalismo menemista. Y sin embargo, ella sigue en el partido por lo menos hasta fines de los ‘90.

-La conociste en un corte de ruta en Cruz del Eje en el año 2000. ¿Cómo llega hasta allí?

-Hacia 1998 se había cansado de la ciudad y del partido y con su pareja se van a vivir a San Marcos Sierras, una comunidad de gran riqueza natural y diversidad cultural. Ahí encontró su “lugar en el mundo”, pero como seguía siendo guevarista en eso de “sentir en lo más hondo cualquier injusticia”, apenas se inició el conflicto en Cruz del Eje se sumó y se comprometió a fondo. Hay quienes dicen que “la mandó el PC”, pero en realidad fue su motor político interno.

-¿Qué reclama en la protesta?

-En campaña De la Sota había prometido 300 puestos de trabajo en el Estado provincial, que nunca cumplió. A lo que se sumó la caída de los planes de empleo generados en otra gran protesta de 1997. En el corte del 2000, se da la experiencia inédita de la represión policial, por orden de un fiscal provincial que le debía algunos favores al poder político. Fue como apagar el fuego con nafta, porque eso multiplicó la protesta por diez.

-¿Cómo muere? ¿Fue un accidente?

-Varias personas que participaron en el corte de ruta sostienen que en esos días la policía tenía identificado su Renault Express y la seguía, y que el propio jefe de policía la llamó en dos ocasiones para hacerle “advertencias”. Esto sucedió 24 horas antes de su muerte, cuando saliendo de Cruz del Eje hacia San Marcos se salió de su carril en plena subida y con doble línea amarilla, y chocó de frente contra un camión. El abogado del chofer del camión la describió como una “maniobra suicida”, pero ella lejos de querer suicidarse estaba en el mejor momento de su vida. Hay toda una serie de indicios que llevan a pensar que fue un choque provocado (un paisano vio una moto que venía detrás de su vehículo e “hizo una maniobra rara”), por lo menos con la intención de darle un susto que derivó en la tragedia.

-En ese momento de la historia, y aún en la militancia su elección sexual, ¿plantea una rebelión dentro de otra rebelión?

-Sí, para mí esa cuestión fue un gran dilema, resuelta al advertir que su identidad sexual no se circunscribía al ámbito de lo privado, sino que siempre tuvo una carga política: ella tiene su primera pareja en la cárcel, después se asume como lesbiana públicamente y suma la lucha por la diversidad sexual a sus militancias, asumiendo los costos y discriminaciones que eso le deparaba aun en el seno de un partido de izquierda. Y en los últimos días de su vida, el poder político y la policía también le pusieron el rótulo de “tortillera”, para tratar de minar el liderazgo que tenía entre esos hombres y mujeres desocupados que iban a la ruta con la imagen de la Virgen del Valle, a quienes eso no les importaba en lo más mínimo y todavía hoy la recuerdan como una hermana de lucha.

-¿La vida de Viviana es de repetidas derrotas o esconde una gran victoria? En ningún momento se quiebra, su esperanza la mantiene en la lucha.

-Fue otro de mis dilemas. Rescatar esta historia tan dramática, ¿paraliza o moviliza? Creo haberlo resuelto al advertir y resaltar esa capacidad de resistir y –aun con contradicciones- reinventarse a sí misma ante cada derrota política y cada revés de la vida. Eso que ahora se llama resiliencia, pero en un sentido político. El símbolo de esto es una foto que se sacó el mismo día que salió de la cárcel, en plena dictadura, subida al monumento del Quijote en Avenida de Mayo y 9 de Julio. Esa foto les llegó unos días después a sus ex compañeras de celda y para ellas fue una transfusión de alegría y esperanza. La que me contó esa historia decía: “Ella nunca se bajó de ese caballo y siguió siendo un Quijote”.

-Toda historia fuerte te modifica. ¿Qué paso con vos?

-A mí me cambió la vida. Yo ni soñaba con con que iba a terminar escribiendo un libro de 450 páginas, cuyo primer combustible fue el dolor –empático y propio– y la sensación de injusticia por la muerte de esa mujer que, en esos días, fue como la del cuadro La Libertad guiando al pueblo. Después vino un largo laburo, casi obsesivo, de reconstruir esta historia de la forma lo más rigurosa y digna posible. A esto se sumaba el compromiso de algún día entregarle el libro terminado a su madre, que hoy tiene 86 años y recién hace un año, con la sentencia de la Megacausa La Perla, tuvo por fin justicia para su hija mayor, pero que todavía sigue reclamando por la menor, por Viviana.

-¿Cómo vive Viviana dentro tuyo?

-Esta búsqueda fue para mí como una caverna en la que viví como ermitaño durante mucho tiempo. Ahora que salió a la luz, la vida de Viviana Avendaño le interesa a mucha gente y esto se acrecienta por el contexto político actual, con tanto dejávu de miseria planificada, criminalización de la protesta, censura y hasta un desaparecido. Entonces, recuperar su historia puede ser un aporte a las resistencias de hoy. Eso es gratificante, porque de alguna manera la rescata del olvido. Sin embargo, para mí seguirá siendo una obsesión periodística el tratar de arrojar luz sobre las circunstancias de su muerte. Y en lo personal, más que “biógrafo” creo que mi periplo fue el de quien busca las huellas de una hermana mayor a la que no pudo conocer en vida. A esto lo alimenta algo muy loco que tira abajo mi supuesta racionalidad: los dos cumplimos años el 29 de noviembre y somos sagitarianos de manual.

Alexis Oliva, periodista y docente universitario.

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