Apuntes sobre el gran malentendido de las cosas

Por Hernán lópez Echagüe

I. Hace tiempo que buena parte de las voces que uno escucha o lee caen en el disparate de brindarle a la consecuencia el grado de principio absoluto de las cosas. Les importa un bledo ponerse a indagar en la causa. Como si las cosas fueran un laberinto continuo, sin explicación o alumbramiento posibles. Hay cosas que ocurren porque sí, de pronto, acaso fruto del azar. Y hay cosas que ocurren porque hay un encadenamiento de cosas a veces subterráneas que llevan a que ocurra una cosa cada vez más enorme. Dicho de otro modo: una cosa es que te parta un rayo en plena tormenta, y cosa muy diferente es que un policía te parta la cabeza de un bastonazo. Se me hace que son cosas que no responden a una misma causa.

Y todos se quedan en discutir y meta hablar y conjeturar sobre las cositas, pero no sobre la cosa primera, la que dio lugar a todas las cositas y cosas que edificaron esa cosa enorme de la que ahora cuesta mucho zafar.

Se gasta el tiempo y la palabra en la deliberación sobre las consecuencias como si las consecuencias fueran la causa. La causalidad, que tiene muchos tentáculos y nombres y apellidos, celebra el malentendido. Es que sobrevive gracias al malentendido. Se alimenta de los malentendidos en los que tantos caen en eso de tomar el estandarte de la consecuencia como si fuera la causa. Los hacedores y guardianes de la causalidad aplauden con las nalgas porque cayeron en la cuenta de que a muy pocos todavía los mueve la suspicacia, la necesidad, el deseo vehemente de ponerse a escarbar en las causas.

 

II.Pero vayamos al grano de la cosa: acusar y responsabilizar a Benetton, Lewis y la cofradía de patronos foráneos por todo lo que ocurre en la Patagonia, no sólo es un enorme desacierto, es hacer punto focal en una cuestión por completo aleatoria que en definitiva no hace más que tergiversar el origen de las cosas. Digo, la complicidad de los distintos gobiernos, a partir de leyes y decretos, en la entrega de esas tierras.

En las inversiones de Benetton no hay nada de ilegal. Fueron gobiernos y sus leyes y decretos los que auspiciaron tanta obsequiosidad. A menos, claro, que lleguemos a la fabulosa alquimia de considerar ilegales a los gobiernos que hicieron posible el despropósito. Porque no fueron dictaduras. Fueron, y son, enjambres de personas desprovistas de todo escrúpulo que recibieron un voto de confianza. Los eligieron. Podríamos decir que cada voto a esos gobiernos ha sido equivalente, digamos, a un metro cuadrado del territorio. Háganse cargo.

En el mejor de los casos, a Benetton, Lewis, y la cofradía de patronos foráneos que no hicieron más que aprovechar el remate de tierras, lo único que alguien puede solicitarles es un tantico de comprensión y generosidad.

 

III. Y pensar que el origen, el principio de todas las cosas, está a la vista. Siempre lo estuvo. Me atrevo a creer que la búsqueda del por qué de las cosas conduce, sin remedio, al humus de las causas, o sea, al poder, por lo visto un poder que sumerge en el embelesamiento, en la modorra, y convierte en subversiva y digna de un cachetazo toda reflexión.

 

IV. En una de sus Aguafuertes porteñas, titulada ¿Quiere ser usted diputado?, Roberto Arlt proponía a los candidatos un arquetipo de discurso eficaz:

 

(…) Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, no lo duden, señores. En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, señores. Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino “evolutivamente”. Me permito el lujo de inventar el término que será un sustitutivo de traición, sobre todo necesario en estos tiempos en que vender el país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo entendido, caballeros, que nuestra posición, es decir, la posición del país no encuentra postor ni por un plato de lentejas en el actual momento histórico y trascendental. Y créanme, señores, yo seré un ladrón, pero antes de vender el país por un plato de lentejas, créanlo…, prefiero ser honrado. Abarquen la magnitud de mi sacrificio, y se darán cuenta de que soy un perfecto candidato a diputado.

Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado están enjutas, es decir, que no tienen un mal cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, yo remataré al país en cien mensualidades, de Ushuaia hasta el Chaco boliviano. Y no sólo traficaré al Estado, sino que me acomodaré con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas inofensivas para el Estado (…) ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar, renuncio ipso facto a mi candidatura (…) Verán ustedes que soy el único, entre todos estos hipócritas que quieren salvar al país, el absolutamente único que puede rematar hasta la última pulgada de tierra argentina… Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar un conventillo o casa de departamento en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad, es que no hay justicia, señores…”.

Con este discurso, lo matan, o lo eligen presidente de la República.