Por Juan Carlos Giuliani | Don Atahualpa Yupanqui nació hace 110 años, el 31 de enero de 1908, como Héctor Roberto Chavero en el paraje Campo de la Cruz, distante 30 kilómetros de la ciudad donde lo anotaron en el Registro Civil, Pergamino. Luego de su fecunda tarea creadora es, a no dudarlo, el paradigma por excelencia del cancionero popular argentino.

La guitarra será el amor de toda la vida de quien “viene de lejanas tierras para contar algo”, tal la etimología de su nombre.

Será un reconocido y consecuente militante de la causa indigenista del Siglo XX y el primero en traducir, con nombre propio, ese compromiso en nuestro folclore. Yupanqui fue el primer músico popular en introducir la palabra “indio” en una canción.

En efecto, en 1926 escribió Camino del indio, ese “sendero coya sembra’o de piedras…que junta el valle con las estrellas”. No era mera casualidad y, mucho menos, una pose intelectual. Su padre, nativo de Loreto, Santiago del Estero, tenía sangre quechua. El indigenismo le llegó, además, a través de su preocupación por lo incaico, por la historia y el destino de la América sufriente. Pensó la reivindicación de los pueblos originarios –que en el año del Bicentenario adquirió una notoria visibilidad con la Marcha Nacional de los Pueblos Indígenas- integrándola al proyecto de la Patria Grande.

Yupanqui se identificó a través de su descomunal obra con los desamparados del sistema, más concretamente, con los trabajadores rurales que en términos étnicos tienen un fuerte componente indígena. Cuando veía trabajar a los zafreros en Tucumán, a los salitreros en Chile, a los mineros en Jujuy, a los peones de estancia en la pampa, encontraba el sujeto que habita en las 325 canciones de su autoría registradas oficialmente. En ellas, el paisaje es el contexto que sirve de telón de fondo para narrar las penurias y alegrías del paisano, de a pie o a caballo, que deja su estela vital en el valle, la montaña y la llanura.

Recorrió todos los caminos de nuestra geografía depositando su confianza en el hombre común, de carne y hueso, el obrero, el arriero, el peón. En ellos encontró la poesía que alcanzó una estatura universal a partir del testimonio de sus profundas raíces nacionales y latinoamericanas.

Don Ata murió en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992. Por su expreso deseo sus restos fueron repatriados. Hoy sus cenizas descansan en los jardines de su casa museo en la localidad cordobesa de Cerro Colorado, a la sombra de un roble, junto a las de Santiago Ayala, “El Chúcaro”, el gran bailarín.

Por tener voz propia, Atahualpa Yupanqui no recibió el favor de los gobiernos, ni de los medios masivos de comunicación. Fue uno de los tantos “malditos” de la cultura oficial a los que el pueblo venera y se reconoce con afecto y emoción en sus canciones. El poder lo miró siempre con desconfianza, como lo hace con toda expresión genuina de la cultura popular.

Su figura patriarcal y aindiada bien podría presidir las miles de experiencias que trabajan con el arte, la comunicación y la cultura en cada barrio y lugar de nuestra Argentina en la construcción de una sociedad más justa. Con el teatro, la plástica, la música, la danza, el cine y el video, la radio y la televisión comunitaria, con la murga, las culturas tradicionales y las nuevas culturas urbanas, en centros comunitarios, escuelas, plazas y barrios.

Agrupados en redes, combinan la producción estética colectiva con la organización y la gestión de circuitos culturales más solidarios e incluyentes que los del mercado formal, dando un sentido distinto al espacio público, como un lugar de encuentro para la felicidad y el aprendizaje comunitario.

Resulta un acto de estricta justicia, pues, reconocer que la vida y obra de Don Atahualpa Yupanqui ha dejado un legado histórico y cultural incomparable, que se transmite de generación en generación y anida definitivamente en el alma del pueblo.

 

Publicada en Retruco.com

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