Por Federico Chechele | Desde hace unos años, las redes sociales nos han dado el derecho de opinar sobre todo. Un escenario que a simple vista tiene ribetes de libertad, aunque nos ha puesto en tensión con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Hasta ahí, la vida misma con un poco más de exposición. El problema fue la aparición de los trolls, un ejército de fantasmas que entienden el trabajo con conocimientos básicos.

En nuestro país aparecieron durante la última etapa del kirchnerismo, pero confundían: se mezclaban entre el fanatismo ideológico (nada para reprochar más allá del significado propio de fanatismo) y la verdadera función del troll, un trabajo para manipular y desprestigiar al otro.

Como era de suponer, el macrismo lo transformó en un negocio. Mucho antes de ganar las elecciones presidenciales, miles de opinadores aparecieron para retrucar cualquier dicho o decisión política del gobierno anterior. Ya en el poder, los trolls oficialistas bombardean a discreción. Empalagan. No hay una defensa genuina hacia el gobierno, es la realidad virtual en su máxima expresión: se sabe que el macrismo no cuenta con adeptos (sí votos) ni para disfrazar una actividad presidencial.

Un informe reciente de la Universidad de Oxford define a los trolls como “un fenómeno organizado, con gobiernos y partidos políticos que dedican recursos importantes al uso de las redes sociales para la manipulación de la opinión pública“. Y agrega: “los ciberejércitos son equipos que integran las organizaciones oficiales como el Departamento de Educación y Propaganda de Vietnam o la Brigada 77 de los militares británicos. En Argentina y en Ecuador han sido vinculadas con la oficina presidencial”.

¿Qué función cumplen los trolls? Atacan de manera sistemática y prolongada, aunque difícilmente se la agarren con un ciudadano común, salvo en los casos en que éste posea muchos seguidores en las redes sociales. Básicamente manipulan la opinión pública y apuntan a conquistar o destruir el Trending Topic: salen a cruzar declaraciones de dirigentes opositores, defienden cualquier postura del gobierno y opinan en los medios de mayor alcance para desestimar e insultar la opinión del otro. Buscan un golpe de efecto para que los demás lo repliquen. Además instalan noticias falsas y usan su anonimato para discriminar sin piedad.

Hasta ahí, un trabajo más –engañoso, por cierto- en esta nueva aldea global que expone con horrores la diferencia entre lo cuantitativo y lo cualitativo. La primera opción: en cantidad, son muchos; un ejército pago. La segunda: que Dios resguarde a nuestro rey. La calidad de los trolls llega a instancias inusitadas: detenernos en las faltas de ortografías sería perder el tiempo en algo menor. Vayamos a lo importante. Los saberes: la falta de conocimiento de la política, de los acuerdos entre sectores, de la historia reciente y de la economía es alarmante. Tan alarmante que quitan las ganas de responderles, y pareciera que ellos, los trolls, ganaron esa partida.

Pero cuando decimos que empalagan intentamos explicar que, a pesar de la maquinaria que ponen en funcionamiento a diario, su brutalidad no les permite verse triunfadores, sólo están trabajando. A nosotros nos queda mordernos el labio inferior y mirar para arriba, aunque suena a poco en esta era digital.

Pero, cuál es su objetivo. Ante la presencia de un gobierno perverso como el actual que endeuda al país, despide trabajadores, aumenta la pobreza, potencia el gatillo fácil y beneficia a las grandes empresas, el aporte de los trolls es minimizar el impacto de estas políticas. ¿Alcanza? En el Gobierno se jactan del gran trabajo que realizan los empleados del jefe de Gabinete, pero a la larga es escupir para arriba.

Existen varias posturas que se oponen a que tanto Facebook como Twitter “se han convertido en herramientas de control social”, lo que sí es cierto es que la intervención de los trolls ha desechado discusiones honestas.

Más allá de todo este contexto, nada se compara con la vida misma: cuando el pan está caro, está caro.

 

 

 

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