Por Federico Chechele | Toda una paradoja. El lugar que eligió el Presidente para iniciar su carrera política es dónde hoy más se lo critica. En realidad se lo cuestiona en los lugares de trabajo, en las miles de luchas que se libran en todo el país contra los despidos y el ajuste; pero es en los estadios de fútbol donde muchos compatriotas alertan con su grito de guerra.

Empezó la hinchada de San Lorenzo, la siguió la de River, después All Boys, Huracán, Lanús, Independiente, Vélez, Chacarita y sigue la lista. Desde la Casa Rosada hicieron trascender que esos insultos están monitoreados y que no expresan el verdadero sentir de la gente.

Lo piensan y analizan desde ese lugar porque, justamente, en la cancha de Boca no sólo no se escuchó ningún grito en contra del Presidente sino que además será difícil que suceda. Es más, Carlos Tévez, al que denominan el “jugador del pueblo”, en su función de amigo presidencial y capitán de Boca no dudó un segundo en salir a defenderlo: “Se metieron con el Presidente de la Nación en un partido de fútbol. Vos decís ‘estamos todos mal de la cabeza'”.

Se puede suponer que el primer ensayo en el estadio de San Lorenzo tiene que ver con los fallos en contra que recibió el equipo contra Boca y la furia se desató hacia Mauricio Macri. Que en la cancha de River, la rivalidad es un escenario natural para que las tribunas exploten contra el primer mandatario. O que en el último fin de semana Independiente haya sido impulsado por la disputa que hoy mantiene Hugo Moyano con la Casa Rosada.

Se pueden suponer cientos de cosas, pero cualquier análisis se detiene en su propia lógica: el pueblo está cansado y busca un lugar (de masas) para descargar su bronca.

Estos insultos no son ninguna novedad. En las decenas de movilizaciones que se realizaron contra el Gobierno desde que asumió, allá por diciembre de 2015, se escucharon miles de voces y cánticos contra las políticas de ajuste y despidos. Pero el fútbol le da otro marco: masividad concentrada y la sorpresa ante quienes siguen depositando confianza en el Presidente.

Antes de largarse a la política y de comandar Boca Juniors, el insultado Mauricio tuvo otro sueño, más parecido a sí mismo que al berrinche de un empresario millonario: intentó comprar Deportivo Español. Pero el 20 de junio del 1993 la asamblea de socios votó en contra del plan de Macri y Francisco Ríos Seoane. Aquel millonario de bigotes se tuvo que guardar los 15 millones de dólares y la idea de Mar del Plata Fútbol Club.

Por ese entonces, su intención era copiar a los grandes magnates mundiales y ser la puntada inicial de la privatización del fútbol argentino. La idea se le cayó a pedazos hasta que ahora, en su rol de primer mandatario, intentará mejor suerte para imponer a los clubes de fútbol como sociedades anónimas.

En la última semana, el tema se instaló en la agenda mediática a partir de la investigación del sitio dobleamarilla.com, que refleja la situación actual y da cuenta de la primera reunión concreta entre empresarios y representantes del Gobierno: Fernando de Andreis, secretario general de Presidencia; el asesor y ex director de Fútbol Para Todos Fernando Marín; Daniel Angelici, presidente de Boca; y el inefable Fernando Niembro.

Es más, ya se mencionaron “cuatro casos testigos” en ciudades importantes del interior: Racing de Córdoba, Tiro Federal de Rosario, Gimnasia y Tiro de Salta y Gimnasia de Mendoza.

Como se dice siempre, es la economía la que timonea el termómetro de la gente. Hoy salvo el sector financiero, todos tienen algo para reprocharle al Gobierno más allá de las simpatías políticas. El tiempo dirá si el fútbol -el trampolín presidencial – se acomodará al espíritu de la Rosada o hará retumbar, aún más, el descontento popular.

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