Arrebatos

Por Hernán López Echagüe

Uno

La cuestión, aunque a primera vista nos parezca compleja, y hasta estrafalaria, es muy sencilla. Ocurre que Macri se acostó con Menem, que se acostó con Duhalde, que se acostó con Felipe Solá, que se acostó con De la Rúa, que se acostó con Chacho Alvarez, que se acostó con Elisa Carrió, que se acostó con Néstor, que se acostó con Magnetto, que se acostó con Josecito López, que se acostó con Pontaquarto, que se acostó con Hugo Moyano, que se acostó con Mirtha Legrand, que se acostó con Balbín, que se acostó con José Ignacio Rucci, que se acostó con Prat Gay, que se acostó con Alberto Albamonte, que se acostó con Bussi, que se acostó con Lanata, que se acostó con Massa, que se acostó con De Vido, que se acostó con Miguel Del Sel, que se acostó con Patricia Bullrich, que se acostó con D`Elía, que se acostó con Aranguren, que se acostó con Aníbal Fernández, que se acostó con Los Leuco, que se acostaron con Leopoldo Moreau, que se acostó con Scioli, que se acostó con Cavallo, que se acostó con Rodríguez Saá, que se acostó con Cristina, que se acostó con Monsanto, que se acostó con Luis Barrionuevo, que se acostó con Binner, que se acostó con Milani, que se acostó con Gerardo Morales, que se acostó con Susana Giménez, que se acostó con Emilio Monzó, que se acostó con Boudou, que se acostó con Massot, que se acostó con el triunvirato de la cegeté, que se acostó con Ruckauf…, que se acostó con la puta madre que los parió a todos. Por favor, al menos usen forro.

Dos

Que conste en los registros futuros de cómo era la vida de los humanos en esta época: con infinita alegría y frenesí habían inventado, creado, prohibido, aprobado, enterrado, avivado, censurado y, por sobre todas las cosas, enajenado, mercantilizado y estupidizado la auténtica comunicación entre las personas, es decir, el contacto de veras entre las personas, el sonido de la palabra, el favor de los ojos, de la mirada, del apretón de manos, de la sonrisa, de la sorpresa, de la tristeza y del enojo y de la satisfacción cuando afloran en la cara que uno está mirando, que el otro te está mirando. Y lo hicieron de un modo tan drástico que a la larga causó una epidemia de soterramiento de la personalidad y de la identidad de la que nadie logró escapar con vida propia. Salvo, desde luego, millones de adminículos que quedaron desperdigados por todas partes, agonizando, a la espera de que algún dedo les devolviera la vida, su razón de ser, su cáustica luminosidad.

Tres

Fragmento de El desbarrancadero, de Fernando Vallejo

“Hijo: hazte nombrar y valoriza el puesto. Que nada pase con tu firma sin tu coima, que el mundo es de los vivos y el cielo de los pendejos. No des sin que te den y si no te dan que esperen, que la prisa es de ellos: ellos tienen la siderúrgica prendida y no pueden esperar: tú sí, tú tienes sueldo. ¿Industrias? ¿Cultivos? ¿Trabajo para los desempleados? Que las abran ellos, que cultiven ellos, que les den trabajo ellos que son los explotadores: tú no, tú eres santo. Y ten presente que funcionario que deja el puesto ya no es: fue. Por eso les dicen «el ex ministro», «el ex presidente», con una equis lastimera. En esa equis radica la diferencia entre el ser y el no ser. Así que no sueltes puesto sin tener otro mejor preparado. A tus inferiores humíllalos, a tus superiores cepíllalos, y cuando tus superiores caigan, dales con el cepillo en la cabeza que la lealtad es vicio de traidores. ¡Cómo vas a traicionar tus intereses por un ex jefe! Un ex ya no es. Y sube, sube, sube que mientras más subas tú tu país más baja. Nadie está arriba si nadie está abajo. En las entrevistas no te des, que tú no eres mujer enamorada, y no olvides que hoy día todo lo graban; di que si pero que no, enturbia el agua que no se pesca en río transparente. Masturba al pueblo, adula a los poderosos, llora con los damnificados, y a todos promételes, promételes, promételes, y una vez elegido proclama a los cuatro vientos tu amor a tu país pero si te lo compran véndelo, y si no hipotécalo que las generaciones venideras pagan: el futuro es de los jóvenes. Las casas, las calles, las escuelas, los hospitales, las universidades, las carreteras que prometiste déjalas como los puentes: en el aire, pendientes, entre una orilla y la otra de la nada. Absurdo sería gastarte en lugares comunes suntuarios lo que es para tus gastos: tus mansiones, tus aviones, tus palacios, tus palacetes, tus islas, tus playas, tus yates, tus putas, tus delicatessen. Y al irte, si es que te vas, recuerda que lo que dejes se lo lleva el próximo viento: dinero en arca pública es volátil cual espíritu de trementina. Eso, eso, eso es lo que le aconsejaría yo a un hijo si lo tuviera. Pero ay, yo no practico la cópula con las hijas de Eva, y la existencia por lo visto no se da sin causa agente. ¿Honraditos a mi? ¡Honrado el Papa, Su Santidad! Y trabajador además: echa azadón de sol a sol”.

Cuatro

Estoy a favor del voto calificado. Me opongo a brindarle la posibilidad de votar a cualquier persona, tenga dieciséis, treinta o cincuenta años, que no sepa hacerse un huevo frito o un plato de fideos, que no sepa cambiar una lamparita, lavarse los calzones, plancharse una camisa, lavar el inodoro, buscar el salero, encontrar su propia ropa, tender la mesa y su propia cama, lavar los platos, aplastar una cucaracha, armarse un porro, barrer, clavar un clavo, etcétera, etcétera, y, cosa ya digna de una patada en el trasero, que encima se crea astuto (mueca de porteño vivo, guiño, hombros encogidos) por no saber hacer, o no querer hacer, nada de eso. La consigna de esta gente, es delegar, delegar y delegar. Así nos va.

Cinco

Texto de Antonio Gramsci publicado el 11 de febrero de 1917, a poco de haber cumplido 27 años, en La città futura, revista de la Federación Juvenil Piamontesa del Partido Socialista.

Odio a los indiferentes. Creo que “vivir significa tomar partido”. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a los asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica. La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos. Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, dejar subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar.

La fatalidad que parece dominar la historia no es otra que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos, sin ningún tipo de control, que tejen la trama de la vida colectiva, y la masa ignora, porque no se preocupa. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa. Pero los hechos que han madurado llegan a confluir, pero la tela tejida en la sombra llega a buen término: y entonces parece ser la fatalidad la que lo arrolla todo y a todos, parece que la historia no sea más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, quien lo sabía y quien no lo sabía, quien había estado activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que el no quería, que el no es el responsable. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas ¿habría ocurrido lo que paso? Pero nadie o muy pocos culpan a su propia indiferencia, a su escepticismo, a no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien. La mayoría de ellos, sin embargo, pasados los acontecimientos, prefiere hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente en ruinas y de otras lindezas similares. Recomienzan así su rechazo de cualquier responsabilidad. Y no es que ya no vean las cosas claras, y que a veces no sean capaces de pensar en hermosas soluciones a los problemas más urgentes o que, si bien requieren una gran preparación y tiempo, sin embargo, son igualmente urgentes. Pero estas soluciones resultan bellamente infecundas, y esa contribución a la vida colectiva no está motivada por ninguna luz moral; es producto de la curiosidad intelectual, no de un fuerte sentido de la responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida, que no admite agnosticismos e indiferencias de ningún género.

Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lagrimas. Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio; y el que aun hoy está en la ventana, al acecho, quiere sacar provecho de lo poco bueno que las actividades de los pocos procuran, y desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento.

Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes. 

Seis

Hay que reinsertar. Reinsertar en la sociedad a los presos. Pero con prudencia y un toque de distinción. No vaya a ser que a un juez torcido se le ocurra reinsertar a un asesino, al pibe que se afanó una ristra de chorizos de la carnicería de la esquina de su casa, al que le robó una cartera a una señora en la calle o al que rompió los vidrios de un escaparate y se abrigó con esa bufanda y después se sentó al borde de la vereda a chupar vino de un tetra. Tipos, en fin, que deberíamos mandar a la horca. Presos que en realidad son las presas que los ciudadanos de conciencia limpia necesitan tener encerrados para eludir y disfrazar sus delitos diarios: la codicia a todo precio, la infidelidad bien vista, el atropello con sus autos de miles de dólares, sus vidrios a prueba de miradas, sus jardines ocultos, sus parroquias privadas, sus asesinatos decentes, sus dólares de origen sucio, su complicidad taciturna con el gatillo fácil y sus arreglos y desarreglos con el poder político y con el poder económico, que no es lo mismo pero es igual.

Todos los estúpidos de hoy hablan de esa estupidez en estos días: ojo con el tema de la reinserción de los presos. A pesar de que el verbo reinsertar no existe, nuestros gobernantes y los políticos que no gobiernan y los medios de comunicación que no informan nos han dicho que sí, y, al parecer, el término reinserción está destinado por completo a los presos. Hay que reinsertarlos en la sociedad. ¿En esta sociedad? ¿Qué preso, preso por cualquier delito, puede caer en la ingenuidad de desear ser devuelto, hecho un trapo, a una sociedad que lo discrimina, persigue, cataloga, asesina, aparta, subyuga, culea, maltrata, sopapea, denuncia, escupe, patea, putea, oprime, descuaderna, relega, infama, estropea y, digamos, no le deja otra alternativa que sublevarse o resistir a ese estado deprimente de las/sus cosas? A tipos que, como él, cayeron en la heroica y desesperada desgracia de actuar de una manera que las leyes del sistema prohíben, o, en algunos casos, en la sabiduría de rebelarse contra un sistema que los convirtió en cosa, en una cosa digna de ser apaleada, torturada y luego encerrada. Me refiero a la pobreza, al sometimiento, a la explotación, a la ausencia de derechos y la preponderancia de un vendaval de obligaciones de imposible satisfacción, si no ha quedado claro.

Si el asunto es el afán de ponerse a reinsertar, se me hace que hay una pandilla de tipos que, en todo caso, debemos reinsertar en la sociedad. Si es que nosotros, los irrecuperables, resolvemos que vale la pena hacerlo, claro. Son los que han hecho y hacen de esta sociedad una pocilga, un desván, un paisaje de mala muerte. Nombrarlos me suena a ejercicio vano. Me refiero a todos los nombres que cada mañana repletan las portadas de diarios y revistas y llenan con su voz afectada los programas de radio. Gobernantes, peronistas de toda clase, radicales de toda clase, socialistas de toda clase. Periodistas venales. Todos hacedores, parteros y paridos por este sistema de silencioso abatimiento, todos unidos para que el sistema continúe pero con algún maquillaje.

Sobre ellos tendríamos que discutir si vale la pena brindarles una suerte de salida temporaria. Creo que un encierro domiciliario sería en extremo amable. Pero, bueh, lo podríamos aceptar. Y, por lo demás, una prohibición para hablar. Por algunos meses, al menos.