Por Carlos Fanjul | Escribió hace un tiempo nuestro compañero Carlos Del Frade:

“José Alfredo Martínez de Hoz se murió sin responder una sola vez ante la justicia federal por los casi setenta desaparecidos que él pagó como gerente de Acindar cuando el 20 de marzo de 1975 impulsó la invasión a Villa Constitución para aplastar a la UOM de aquella ciudad del sur santafesino, que no tenía nada que ver con la burocracia ni con las patronales.

Martínez de Hoz era el gerente de Acindar y pagó 200 dólares por cabeza a cada uno de los cuatro mil integrantes de los grupos de tareas que llegaron aquella madrugada y que secuestraron 200 delegados de fábricas muchos de los cuales fueron torturados en el albergue de solteros de la empresa. Casi 70 están hoy desaparecidos. Un año después, Martínez de Hoz se convertía en el ministro de economía de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla.

El problema había sido el triunfo de la lista marrón el 16 de marzo de 1974 y la posterior solidaridad del pueblo de la ciudad para que se reconociera aquella conducción liderada por Alberto Piccinini. Jornadas históricas que pasaron a la historia con el nombre del el Villazo”.

Sí, así de clarito: el terror que causó en las clases dominantes que una lista combativa ganara en el gremio de los metalúrgicos y sacara del medio a quienes hasta ahí negociaban sin pudor con la patronal para entregar los derechos laborales, fue capaz de decidir que había que poner plata para eliminar trabajadores.

El nefasto ministro de Economía de la dictadura genocida no tuvo demasiados problemas morales para llevarlo adelante. Sin llegar a tanto, tampoco hoy lo tienen los patrones del norte azucarero para vaciarse a sí mismos los ingenios y eludir de esa manera pagar lo que tienen que pagarle al laburante.

El mecanismo es siempre el mismo en esto del capitalismo: si para ganar más de lo que debo tengo que hacer que vos pierdas más de lo que deberías, ese es el camino elegido.

Pero en aquellos tiempos en los que la cosa se resolvía quitándote la vida, el Orejón Malvado mostró sin culpas el camino de dolor que se aprestaba a llegar en estas tierras.

Repasemos un poco más la historia, para que todos entiendan el contexto.

Ya desde los 60, con las políticas de ajuste de las dictaduras de Onganía, Levingston y Lanusse; y con las tibias mejoras momentáneas de los gobiernos democráticos de Perón, primero, e Isabel Perón, a su muerte, los bolsillos de los trabajadores sufrían, como sufren hoy, los resultados de la lógica del capitalismo, más salvaje o más amable según el caso pero siempre desfavorable a la intención de parar la olla.

Hay que hacer notar también que el poder económico observaba con preocupación el antecedente dejado por la lucha popular del Cordobazo y el Rosariazo. Los trabajadores ya no se dejaban arriar así nomás. Y las calles, como puede observarse hoy mismo, hacían escuchar sus reclamos.

Arde Villa Constitución

Durante 1970 la burocracia sindical había intervenido la revoltosa seccional Villa Constitución de la UOM para mantener su afilada relación con las patronales de Acindar y otras industrias. La respuesta fue la organización trabajadora para enfrentar a los gremialistas traidores y así nació el GOCA (Grupo de Obreros Combativos de Acindar), al principio en forma clandestina.

Con el tiempo, y cuando en el 74 los combativos ganaron la Comisión Interna de Acindar, el “gordo” Lorenzo Miguel cortó por lo sano: anuló la elección y mandó un nuevo interventor, quien expulsó a los vencedores con el apoyo de la patronal que no los reconocía como representantes de los obreros.

Asambleas por doquier, exigencia de democracia sindical y medidas de fuerza cada vez más ruidosas, fueron la respuesta al acuerdo espurio entre los popes del gremio y los dueños de la fábrica.

Relató hace un tiempo Titín Moreira: “El 8 de marzo comenzó la toma de la fábrica Acindar, en donde más de 2500 obreros demandaban el levantamiento de la sanción a los miembros de la Comisión Interna y delegados, así como la inmediata convocatoria a elecciones. Al día siguiente fue ocupada Marathón, mientras que los obreros de Metcon realizaban una huelga de brazos caídos. En Acindar, los portones fueron cerrados y controlados por piquetes de obreros. El personal jerárquico no pudo abandonar la fábrica y se lo retuvo en las oficinas de relaciones industriales. Ante la posibilidad de una intervención policial, en las calles internas se hicieron barricadas para que no circularan vehículos, se utilizaron vagones para cruzarlos donde la distribución de las vías lo permitían y se construyeron barricadas con tanques conteniendo solventes preparados para prenderlos fuego en caso de ser necesario.

La huelga se extendió rápidamente a las ciudades vecinas, se adhirieron las fábricas Villber y Cilsa, los portuarios, los transportistas, los aceiteros, la Asociación del Magisterio de la provincia de Santa Fe, la Asociación Bancaria y el Centro Comercial e Industrial; llegando adhesiones de organizaciones y sindicatos de todo el país”.

El sábado 16 de marzo la huelga triunfa en todos sus puntos. La dureza de los métodos de lucha (ocupación con rehenes, etc.) y la solidaridad efectiva del resto de los gremios y sectores populares derrotaron el plan reaccionario de Perón, la burocracia y la patronal de Acindar, que tenía a Alfredo Martínez de Hoz como uno de sus gerentes.

Es más: semejante unidad en la acción de esa lucha obrera fue tomada por la población de Villa Constitución como un triunfo propio y algunas estimaciones de la época aseguran que más de 12.000 personas celebraron por la noche en una especie de carnaval callejero, que se prolongó hasta altísimas horas de la madrugada.

Ese fue el Villazo y ese resultó el contexto de lucha que se dio durante el resto del año, buscando recuperar la legitimidad puertas adentro del gremio, pero, sobre todo, peleando contra los patrones para devolverles la dignidad salarial a los trabajadores metalúrgicos que -como había quedado demostrado en el nacimiento del conflicto- resultaban casi el símbolo primario de la población toda de la Villa que no los iba a abandonar a la hora de la pelea.

Demasiadas advertencias populares como para no ser tomadas en cuenta por la principal cara civil de la dictadura genocida cívico-militar y eclesiástica que se avecinaba.

Aquel 20 de marzo de 1975, del que hoy se cumplen 43 años, Martínez de Hoz iba a dar su respuesta. Y lo hizo con un aviso contundente del dolor y la muerte que poco tiempo después nos iba a envolver a todos los argentinos.

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