Redacción Canal Abierto | Hoy las redes sociales se nos presentan como canales de comunicación y opinión horizontales por excelencia, con una lógica que hace años viene desbordando los medios tradicionales. Sin embargo, detrás de esta premisa se presentan riesgos que ni el novelista George Orwell, en su célebre obra Gran Hermano, supo anticipar.

Una investigación periodística develó la semana pasada que la consultora británica Cambridge Analytica utilizó datos de más de 50 millones de usuarios de Facebook para construir un programa informático destinado a predecir las decisiones de los votantes e influir en ellas.

“Los datos que compartimos en Facebook permiten generar tendencias e influir en la opinión pública, y así manipular a la sociedad a gran escala. En el caso particular de las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, Cambridge Analytica utilizó 50 millones de perfiles de Facebook para saber qué mensajes enviar a cada uno de acuerdo a sus características, segmentado los grupos”, explica en esta entrevista con Canal Abierto Esteban Magnani, licenciado en Ciencias de la Comunicación, docente, periodista y especialista en comunicación digital.

Si bien el caso tiene como epicentro los Estados Unidos y Europa –en particular por su influencia en la campaña presidencial de Donald Trump y la iniciativa a favor del Brexit-, el uso masivo de estas redes y la falta de controles acecha al mundo entero. Sin ir más lejos, la consultora se muestra como proveedora de servicios en una gran cantidad de países del mundo, entre ellos Argentina.

Tras la revelación, Facebook llegó a reconocer “errores”, sumó demandas en Estados Unidos y Europa y anunció cambios de seguridad en su plataforma. Sin embargo, la red social llegó a perder más de un 7% en la bolsa norteamericana, una caída no vista en cinco años, y arrastró a otros valores del sector tecnológico.

Redes sociales, un modelo adictivo

Tradicionalmente, un canal de televisión necesitaba generar contenidos para captar la atención del público, y así vender espacios publicitarios.

A diferencia de aquel modelo, Magnani cuenta: “ahora las redes sociales se nutren de los contenidos que producen gratuitamente sus propios usuarios. Pero cuando compiten varias redes, entonces empiezan a ver cómo mantener más tiempo enganchada la gente. Uno de los ejemplos más sencillos de estos mecanismos es que al terminar un video en youtube, este te reproduce automáticamente otro en base a los intereses que va recabando de cada usuario. Otro caso es el de Instragram, donde la red te retiene los likes generando ansiedad. Así, se estimulan partes del cerebro que son las mismas que se activan, por ejemplo, cuando jugas a una máquina tragamonedas”.

“Hay estudios neuro científicos que indican que es esa aleatoriedad la que genera adicción. Es decir, la idea de que va a pasar algo y nos va a satisfacer, y que entonces tenemos que todo el tiempo estar mirando a la espera de ese evento que es impredecible”.

Los efectos en la niñez

“Por poner un ejemplo, la Asociación Pediátrica Norteamericana está haciendo serias recomendaciones para que los niños menores de dos años no utilicen pantallas porque esto produciría retrasos en el aprendizaje del lenguaje”, asegura el especialista en Big Data, y agrega: “algo similar sucede con estudios que demuestran que la distancia entre lo que uno proyecta en una red social, con una vida maravillosa y espléndida que poco tiene que ver con la realidad. Un adolescente entonces ve una imagen falsa de que a todo el mundo le va bien, mientras él tiene una depresión que no se banca”.

Regulación

“Está claro que la salida no es individual, sobre todo cuando hablamos de corporaciones tan grandes como estas”, señala Magnani, y opnia: “Hacen falta políticas de Estado, y ahí tenemos otro problema sobre qué Estado tenemos y  queremos”.

“Si la industria farmacéutica tiene que pasar una serie de controles estatales para ofrecer un medicamento o fármaco, ¿el uso de redes no debería tener algún tipo de regulación?”.

 

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