Por Carlos Saglul | Andrés López Obrador sería –según todas las encuestas- el ganador de las próximas elecciones presidenciales en México. Es la tercera vez que el dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) se postula para ese cargo. En varios comicios, los sectores de izquierda moderada estuvieron a punto de ganar o perdieron por el fraude. López Obrador sostiene que la amplia ventaja de más de veinte puntos que obtendría no deja lugar a ninguna manipulación. Lo cierto es que la derecha no para de advertir “los serios riesgos que puede tener para la economía” su triunfo, y lo comparan con Hugo Chávez y Lula.

“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. La frase escrita por Nemesio García Naranjo y atribuida a Porfirio Díaz explica en gran parte los condicionamientos de la política mexicana. La orden del presidente Donald Trump de militarizar la frontera mexicana debería ser leída como un mensaje a todo el continente. La inmigración ilegal no es más que una excusa para guardar las formas cuando se está materializando una clara amenaza ante el posible triunfo de López Obrador.

Paralelamente, en Brasil, las mismas Fuerzas Armadas que fueron parte del operativo Cóndor junto a la CIA y practicaron la desaparición y el genocidio luego de pisotear a su antojo la democracia, advierten -primero a través de generales retirados y después oficialmente-, que darán un golpe de estado si Luiz Inácio “Lula” Da Silva gana las próximas elecciones presidenciales. Sin duda, la advertencia contribuyó a que la Corte Suprema de Justicia rechazara el habeas corpus que trataba de evitar que Lula fuera detenido en base a una causa grotesca fabricada por el juez Sergio Moro y cuyo trasfondo no es otro que evitar que el líder del Partido de los Trabajadores sea candidato y, seguramente, presidente.

La reacción de las plutocracias gobernantes en México y Brasil, siempre en relaciones carnales con los Estados Unidos,  dejan nuevamente al desnudo las contradicciones infranqueables entre el neoliberalismo y la democracia.

Los límites que han impuesto a las democracias restringidas de Latinoamérica, con sus jueces a las órdenes del poder político y sus monopolios mediáticos, no deja lugar ya ni a la más tibia reforma en beneficio de los sectores populares. No quieren gobiernos que puedan ser permeables a las demandas de los desposeídos.

Está claro que los CEO de Argentina y las administraciones corruptas que saquean Brasil y México tienden, como todo el resto del continente, a la militarización del conflicto social. La “guerra contra la pobreza” es mucho más que una metáfora. Los ejércitos ocupan las favelas brasileñas, patrullan las calles mexicanas, y se disponen a “ayudar a combatir al narcotráfico” en Argentina.

Las puertas del infierno y sus nostalgias de los setenta no se han abierto aún. Pero crujen…

La mayoría de la dirigencia política que tanto habla de la necesidad de unidad para defender a la democracia contra los embates del neoliberalismo que, otra vez, comienza a verla como un escollo para la maximización de sus ganancias, deberían tratar de ser coherentes con su discurso antes que sea tarde. El aire en el sur “huele a azufre” nuevamente.

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