Pibes (VI)

Canal Abierto continúa con la publicación de cada uno de los capítulos
del libro Pibes. Memorias de la militancia estudiantil de los años setenta,
de Hernán López Echagüe.

 

VI. Yo venía del Movimiento Socialista de Base, el emesebé, que había nacido en Tucumán. Marxistas leninistas. Toda una definición. Un estatuto. Un manual. Una regla de tres por cuatro. O un resumen Lerú de la emancipación. Algo así como la herencia ideológica que habíamos recibido de no sé muy bien de quién o de quiénes, pero a la que debíamos consagrar nuestra vida. No era fácil tener una idea clara de lo que era el marxismo leninismo, y además, cosa ya más enmarañada, usarlo de traje, tratar de sentirlo, de absorberlo como parte de uno. De encontrarle una cara divertida. Los marxistas leninistas eran personas serias, muy atormentadas por el mundo. Como Ernesto Sabato. Sobre sus espaldas debían cargar la culpa de no haber resuelto todo lo malo que ocurría cada día en cada socavón del mundo. Salvo Carlitos Valladares, el Oveja. Allá, en San Miguel de Tucumán, en la casa en que almorzaba cada día con el Oveja, cuando las delegaciones del emesebé del país se reunían en plenario abierto en la ciudad universitaria, creo que en el cerro San Javier, había un tipo que tocaba el piano de manera magistral, un tal Estrella, al que todos los compañeros tucumanos aplaudían. Estaba bueno ser marxista leninista.

La cosa empezó así:

Verano de 1973, milicos en retirada y sarta de tipos que suponen que están a un paso de la revolución. Yo era dantzari, bailarín vasco, pésimo bailarín vasco. Reunión de todos los amigos del club vasco Laurak—Bat (de todos esos vasquitos y falsos vasquitos que cada San Fermín o en fiesta de colectividades danzan en torno a un vaso de vino tinto en la playa de estacionamiento de la Nueve de Julio y Belgrano, ¡ay!, ¡qué papelón taciturno esos vascos, esos sanmigueles y ezpatadantzas y suletinos que vos también bailabas!) en una casa con jardín en un barrio de gente limpia y caucásica, stop, afirmativo, acaso en Palermo. Faltan unos meses para las elecciones de 1973. Vos no votás, no tenés edad para hacerlo, pero los otros lo harán por primera vez. Quieren saber a quién cuernos votarán. Ya invitaron y escucharon a un radical, a un peronista, a un socialista. Un domingo aparece un tal Carlos Valladares, del emesebé de Tucumán. Volvés a tu casa en colectivo (¿el 29?), con tu hermano Gonzalo. Pensás en Valladares, en el tipo de pelo casi al rape y anteojos de marco negro y grueso que minutos atrás escuchaste. No advertiste en él la impostura criolla de aquel radical y aquel socialista y aquel peronista. Había un tipo tucumano que hablaba de modo natural de cosas improbables. Como que hacer política es lo más natural en cualquier pibe de diecisiete años. ¿Qué política? Algo. Patear mesas o tobillos ¿Qué es la política? Nunca te habías preguntado lo que ese tucumano preguntó a todos antes de echarse a hablar sin respiro: por qué un chico que nace en la Recoleta va a tener mejor suerte, mejor alimentación, que uno que nace el mismo día del mismo año en un rancho de las afueras de San Miguel de Tucumán. ¿Por qué? No supiste decir nada. Le echaste una mirada de degollado. Nadie supo qué decir, o tal vez sí tu hermano, algo arrastró de la explotación y el sistema capitalista y la lucha de clases y la plusvalía. ¿Qué? La plusvalía, muchacho, la fuerza de trabajo del obrero de la que se apropia el capitalista. Los explotados del mundo. La miseria. El dolor de los miserables explotados. No sentías nada de eso, nunca habías reparado en nada de eso. Las clases sociales. Qué clases sociales. La única clase social que conocés hasta ese momento es la tuya. Tus padres, tus hermanos, tus primos, tus amigos, tus compañeros de primer año del colegio Sarmiento, turno tarde, comercial, turno de rascabolas de apellido ilustre; las partidas de ajedrez con Horacio Espósito en el Club Argentino de Ajedrez, a metros de tu casa; el bowling en un boliche de San Isidro con los hermanos Lezica; las fiestas en el living del apartamento de tu tía Lucy, con tus primas, en la calle Parera, y tu romance de uno o tres días y un beso sin beso, un beso de labios palma de mano, con Merceditas Marcó del Pont; la torta de manzana tibia con una bocha de helado de crema en The Embers; los ensayos y las fiestas vascas en Mar del Plata, Necochea, Villa María, Lomas de Zamora, Temperley; ese otro romance con la Reina de la Manzana (¿una tal Guadalupe?); el trabajo de cadete de cuatro horas por la mañana en el estudio de los arquitectos Kavanagh y Moricce, en Santa Fe y Suipacha. Clase social informe, decadente, pituca, alcohólica, desleal, rechoncha, presuntuosa, bancaria, estridente, desvariada, zángana, impostora, autocrática, perfumada, desdeñosa, acomodadiza, chirle. Clase nada social. No foto. No historia. No pulsiones. Tu clase. Bajás del colectivo, caminás pisándole los talones a tu hermano, tarde ya en esa noche de domingo (¿o era un lunes?), perdón, no caminás, a tu cuerpo flaco lo suspenden alas, te lleva un aleteo de palabras, vas, te dejás llevar por la charla interior, llegás a tu casa y tu madre, por completo borracha, siempre borracha de sabiduría, de sentido común y alcohol, te putea, te dice mocoso atrevido, en el vidrio de la ventana, opacado por el aliento acre de los muebles viejos y los retratos de familia que llenan la sala, se refleja la luz de la lámpara de pie y la uña de la luna, porción de cosa de la cosa, ahora tu madre llora, en el vidrio empañado ves el perfil arruinado de su cara, cara llena de rutas, de senderos, cara hecha de atajos, llora con la elegancia del que llora por deber y beber, echa silbidos de alcohol y tabaco por cada uno de los agujeros del botón de la luna, y te tira, el brazo izquierdo apretado al lomo derecho, la mano derecha sosteniendo un vaso Durax de color marrón sucio lleno de vino blanco Peñaflor, ¡en qué andas, en qué antro te está metiendo el grandulón de Gonzalo!, y vos, sin dirigirle la mirada, seguís camino a tu cuarto, a tu cama, en silencio, y te echás a dormir, o hacés de cuenta que lo hacés, y a la mañana siguiente, tal vez una mañana del verano de 1973, te ponés a leer los apuntes de la tal Harnecker que el tal Valladares te dejó.

“En el sistema capitalista, los obreros, para poder vivir, necesitan ir a ofrecer su fuerza de trabajo a los capitalistas; estos les pagan un determinado salario y obtienen, gracias a este trabajo, grandes ganancias, que no van a parar a manos de los trabajadores, sino a manos de los industriales. Si los obreros reclaman, el patrón les dice: “De que se quejan, yo los contraté por cuarenta pesos al día; ¿acaso no es eso lo que les estoy pagando? Yo soy el dueño de esta fábrica, y si no les gustan las condiciones de trabajo, vayan a buscar trabajo a otra parte”. Pero como los obreros saben que donde vayan les dirán lo mismo, tienen que resignarse a trabajar para que el dueño de los medios de producción se enriquezca”.

Bien, que entonces todo este malentendido es porque hay gente que se enriquece a costa del trabajo de otros. Que la vida es injusta. Que sos un pequeño burgués alienado. Que uno debe hacer algo, y hacerse cargo. Y claro que hay que hacerlo. Que ha llegado la hora, joder. Una revelación que te voltea. Te sentís de pronto miserable, que has vivido a medias tintas. Un zoquete. ¿Cómo remediarlo? Leés, leés como traga pan un chico hambriento. Ahora hay un otro nuevo, al que no invitaste a tu vida, apareció de pronto, se metió, son millones de otros, pobres, estropeados, que, creés haber descubierto, necesitan de tu ayuda. Leés.

“La explotación no es algo eterno, tiene un origen histórico bien determinado. Ella aparece cuando un grupo de individuos de la sociedad logra concentrar en sus manos los medios de producción fundamentales, despojando de ellos a la mayor parte de la población. Y ella desaparecerá cuándo desaparezca la propiedad privada de los medios de producción y éstos pasen a ser propiedad colectiva de todo el pueblo”.

 

El día del milagro, o de la mutación o de la conversión, digo, cuando ese barro de afectos y novedades desordenados se me instaló en los huesos, decidí sacarme de encima el pasado; los años vividos hasta entonces se me hicieron llenos de ruidos turbios y de escenas carentes de todo sentido. No me reconocía en ninguna fotografía, en ningún acto, en ningún recuerdo, en ninguna palabra. En ningún familiar. Era otro. Veía mi cuerpo deformado, no lograba rescatar en mis gestos ni un minuto de pertenencia. Una mañana me puse a tantear todas las cosas que había en mi cuarto. La ropa en el armario; el póster de Isadora Duncan y el de Rin—tin—tin; la colección de marquillas de cigarrillos importados con la que había tapizado partes de las puertas y las paredes del cuarto, trabajo en el que había gastado muchas horas, de visita y visita a las embajadas a manguear los paquetes de cigarrillos usados; la obra completa de Monteiro Lobato; los botines Sacachispas que había usado en la novena de River; el caballete de “hombres trabajando” que había robado de la obra de la esquina de casa y en el que dejaba mi ropa antes de echarme a dormir. Pasé la punta de los dedos por todas las cosas. Revisé el álbum de fotografías: en los brazos de mamá con fondo de crategus de frutos amarillos; en el camino bordeado de paraísos de la quinta de Castelar, haciendo equilibrio sobre una pelota de plástico enorme; en el umbral de la capilla San Roque, junto al padre Mariano, luego de haber recibido la comunión; con el número 9 en la espalda en un partido final de los chicos del Ciclón de Palermo Juniors; en una calle de arena de Villa Gesell, la cara encendida, mordiendo la punta de un barquillo. Pero el contacto fue inútil. Un yo que no era yo. Era un cuarto que veía por primera vez. Otro pibe había vivido en ese lugar, en ese espacio de tiempo, en un estado de somnolencia profunda. Un pequeñoburgués, me dije, un pequebú. Tomé los libros que mamá solía dejarme en la mesa de luz, Stevenson, Salgari, Chesterton, y los tiré al fondo del armario. Poco a poco las cosas nuevas fueron ocupando su lugar. Me sumergí en los laberintos de la revolución rusa, salté de inmediato a la fase superior del capitalismo, dormía con Mao para saber qué diablos significaba esa cosa del método. Pero de todos los autores que comencé a apilar en la mesa de luz, hubo uno que me quitó el sueño a lo largo de semanas. Marta Harnecker era, y aún lo es, un dilema que nunca jamás lograré desentrañar. Comprender ya los extraños nombres que esa mujer usaba para encabezar los capítulos de sus libros, me producía vértigo. “Vanguardia y dirección de la lucha de clases”; “Vanguardia y estrategia revolucionaria”; “Análisis concreto de la situación concreta”; “Vanguardia y sujeto social de la revolución”; “Es necesario cuidarse de los movimientos espontáneos”; “Formación de los capitanes del futuro ejército”… Recuerdo que en un escrito que esta mujer había titulado “Vanguardia no obrerista y el papel del intelectual revolucionario”, quedé empacado semanas. Es que nunca llegué a comprender qué carajos es una vanguardia, tampoco un intelectual. ¿No habrá un lugar común entre esas incomprensiones? De modo que si eliminamos esa palabra de toda la obra de esa Harnecker, nos quedaremos con un enjambre de palabras que a nada conducen. Nos quedaremos, quizá, con la retaguardia no obrerista que lucha contra los movimientos espontáneos mientras analiza concretamente la situación concreta. O cosa por el estilo.

 

Foto: Reunión del Movimiento Socialista de Base en una quinta de Castelar, año 1973. En el centro, el autor. A la derecha, de anteojos y cigarrillo en la mano, su hermano mayor. Mirando hacia la cámara, Adriana Zorrilla, detenida-desaparecida en abril de 1977.