Pibes (XV)

Canal Abierto continúa con la publicación de los capítulos del libro
Pibes. Memorias de la militancia estudiantil de los años setenta,
de Hernán López Echagüe.

 

XV.Hermanito, sin canuto y en pleno uso de mis facultades, sigo con mi breve y por momentos confusa historia. No se por dónde andas con la escritura de la tuya, o nuestra, seguramente mil pasos adelante, pero aquí voy. Perdona pero se me han olvidado algunas cosas, o lo que es peor, se confunden con otras.

Estoy haciendo un gran esfuerzo para contarte estas pequeñas historias. Nunca las conté a nadie, por lo que ordenar el discurso es difícil.

Edad: 20. Lugar: Compañía Comando y Servicios del Cuerpo Ejército I, en Palermo. Horas: 270 x 24. Colimba. Hago la instrucción en La Tablada. El primer día llego tarde, pero no pasa nada. El segundo día me roban el cinturón, la gorra y la cantimplora, el tercero me cambian en fusil por otro sin correa. Meses después me recupero robando a otro, a mi compañero de taquilla, pero no me siento miserable. Así son las cosas, me digo. Nos adoctrinan contra la guerrilla, nos advierten sobre las mujeres o cualquier otra cosa que tenga el pelo largo y faldas. Los guerrilleros son muy avispados y saben que a los soldados las mujeres no las ven como un peligro, etc.

Salgo en la primera baja.

Edad: 21. Lugar: un calabozo de Coordinación Federal. Hora: como las 2 de la mañana.

En el Laurak Bat, los mayores avisan que Franco va a fusilar a unos cuantos patriotas vascos. Se organiza entre todos los del grupo una pegada de carteles denunciando y pidiendo al gobierno que intervenga. Salimos tarde por la noche en unos cuantos coches. Y empezamos a pegar cerca de Plaza de Mayo. Dos Falcon frenan de golpe, me quitan el cinturón y me atan las manos por detrás. Sabemos adonde nos llevan porque escuchamos su radio. De repente el coche se para porque otro Falcon se le interpone. Se baja uno de los tipos del nuestro y del otro se bajan dos personas, una de ellas es Sabin, nuestro director de baile. Conversan con el nuestro unos minutos apoyados en el capó. Seguimos viaje y ahora estamos en el calabozo con un borrachín que duerme la mona. Casi por la mañana aparece Sabin, nos trae un cartón de cigarrillos y medialunas. Al mediodía nos viene a ver el cura Iñaki de Azpiazu, cambia impresiones con uno de nuestros carceleros sobre aspectos de la política represiva de España y Argentina, y nos saca de ahí. Al llegar al Laurak Bat, todo es alegría, han indultado a los vascos. Malena se había ido a la estancia y me había dejado las llaves de su casa. Me acuesto en su cama y duermo unas 16 horas, creo.

Edad: 21. Lugar: un café que no es el Castelar. Horas: las nocturnas, siempre.

Conozco a una mujer. Le hablo de Pushkin, etc. Se lo cree y la fulmino. Nos enganchamos y hacemos el amor en cualquier lugar, en cualquiera. Hablamos mucho, nunca he hablado tanto en mi vida con otro ser humano así, con el mismo, quiero decir. Amanecemos en El Castelar las más de las veces.

Se acaba Malena y empiezo a ver las cosas de otra forma, me impongo dos tareas: conseguir dinero, un trabajo, vamos, para pagarnos los hoteles y disfrutar del sexo en ambientes más amables y hacer algo para cambiar esa realidad, sobre todo política. Realidad que ya había sido desmenuzada con más o menos rigor en el café y la ayuda de algunos textos.

Edad: 21. Lugar: el salón comedor del departamento de Paraguay y Callao. Hora: tarde por la noche. Con una vieja y enorme máquina de escribir practico dactilografía para entrar en el Banco Nación. La máquina, mas una copia del examen del banco y el acomodo necesario para el ingreso, me lo da mi tío y padrino, El Alemán, que trabaja en el banco. Mi padre, que seguro tiene más palanca que mi tío, no me da ni bola. Entro al banco finalmente. Entra dinero y soluciona el tema hoteles alojamiento.

Edad: 21-22. Lugar: sucursal Carlos Pellegrini del Banco Nación. Hora: de 12 a 19 y de lunes a viernes. Me mandan a la mesa de Giros y Remesas. Mi jefe es Di Carli, joven y macanudo. En la mesa también están Palmieri, Carlitos Pargas, un moreno del que no me acuerdo el apellido y un personaje que llamábamos El Pajuerano. Tengo una foto.

Con Carlitos empiezo a hablar más que con otro, a veces me acompaña a la salida por Paraguay hasta Callao, donde vivo con mi pareja, mis hermanos y mi madre. Hablamos de política, cómo no. El viene de de la sucursal de La Plata del Banco. Estudiaba medicina, como su viejo, y su mujer Quequi había conseguido un puesto en el Ministerio de Educación en Buenos Aires, entonces se vinieron. Una de las primeras cosas que me dice, cuando hablo de mi vida doméstica es: hermano, tenés que casarte. Dice que la vida en pareja es algo serio, hay que asumir responsabilidades y todo eso.

Edad: 22. Lugar: Registro Civil. Hora: tres de la tarde. Me caso con mi compañera. Carlitos y Quequi son los testigos. Mi madre aparece cuando salimos del registro, desbolada como siempre. Nos vamos a tomar una copa en la Recoleta.

Pocos meses después alquilamos un sitio mínimo, en la calle Viamonte, a metros de Carlos Pellegrini, y nos vamos de la casa de mi madre.

Mucho más tarde, mucho más, me he preguntado: ¿habrá tenido algo que ver la historia de Zabalita y su huachafita de Conversación en La Catedral? ¿Una forma de pretender justificar mi desclasamiento, el repudio a mi clase social y su ideología?

Edad: 23. Lugar: mi casa en la calle Viamonte. Hora: tarde por la noche.

Escribo una carta para mi mujer que está en Tucumán, inmediatamente después de leer una suya. Desde hace unos meses estamos en contacto con gente del Movimiento Socialista de Base (MSB) de esa ciudad. Mi interés por la cuestión política crece y estoy entregado. En eso me acompaña mi mujer.

Con los del MSB leemos los libros de Harnecker, discutimos sobre socialismo, comunismo, marxismo-leninismo, peronismo, bonapartismo, y todas esas cosas necesarias.

Viene gente de Tucumán a Buenos Aires: el Queru, Carlos Valladares. Se quedan a veces en casa.

Carlos viaja con un Citroën y a veces alquila una pieza en una pensión a la vuelta de casa. Es una persona siempre inquieta, a veces su entusiasmo contagia, a veces me deja un poco turulato. Tiene las ideas muy claras y no me engaña, me dice que me va a captar para la causa y lo acepto casi como un elogio. Usa siempre camisas con bolsillos, fuma como un chivo. Y aún en los temas más serios, no pierde la sonrisa.

Hace una semana que mi mujer está en San Miguel de Tucumán en un congreso del MSB. Escribo con pasión describiendo la situación y los pasos que deben dar las personas comprometidas. En una deplorable retórica, mezclo socialismo con el amor a la patria, el hombre nuevo, la cultura burguesa, Freud, Lacan, Abelardo Ramos, etc. Me voy a dormir en paz. Cuando vuelve de Tucumán, hacemos el amor como animales y se queda embarazada.

Edad: 23. Lugar: albergue estudiantil en uno de los cerros de San Miguel de Tucumán. Hora: 10 de la noche. Hemos viajado con algunos de los chicos del Laurak Bat: Jon Arozarena, Adriana Zorrilla, Gracián, vos y algún otro.

Por primera vez en mi vida veo una nube bajo mis pies. Hay unas cocinas enormes de hotel, muchas habitaciones y salones. Hay más gente de Buenos Aires y muchos del movimiento estudiantil de Tucumán que montaron el Tucumanazo (como el Cordobazo, pero más modesto). El primo de Gracián es dirigente estudiantil, creo que le dicen El Chango, ha salido por la tele y todo.

Al llegar, me doy una ducha. Agua fría. A los diez minutos estoy vomitando y vuelo de fiebre. Me arropa una tucumana churita. Al dia siguiente nos juntamos en uno de los salones, los del otro grupo de Buenos Aires son la hostia en teoría marxista-leninista. Me siento acomplejado. El líder de ellos ha viajado con su compañera. Estamos en el salón y sólo falta esa chica. Cuando finalmente baja por las escaleras desde los dormitorios, todos la miran.

Baja como una vedette de revista musical, o solamente yo la veo así.

Pero, no soy yo solo, en el silencio que se forma se escucha gritar a Carlitos Valladares: ‘¡La Coca…!´, y casi aplaudimos.

Pienso: qué hijo de puta este Carlitos. Desde ese momento a toda gata o perra que tuve le puse ‘Coca’.

Edad: 23 o algo así, todavía Lanusse en el poder y Perón casi regresando. Lugar: una villa miseria de las afueras de Buenos Aires. Hora: como las 8 de la noche. Volvemos con dos compañeros a la parada de un colectivo que nos devuelva a la Capital. Hace pocos días hemos montado la sucursal del MSB en Buenos Aires. Estamos ya encuadrados, Jon, Adriana, mi mujer, una psicóloga tucumana, Silvia, que vive en Capital, y vos. Por ahora soy el que tiene las cosas más claras y eso me convierte en el líder del pequeño grupo.

Vamos a clases de marxismo con los otros de Buenos Aires, los de la Coca.

Me esfuerzo, pero algunas cosas como la conciencia ‘en si’ y ‘para si’, si las tengo que explicar, prefiero explicarle a mi mujer la ley del orsai. Me supera, pero lo tengo claro. Si hacemos la revolución alguien tendrá que saber ‘qué hacer’ y por qué, y confío en esos chicos.

Ha venido Chicusa, una compañera tucumana, para realizar nuestra primera captación de alguien que hasta ese momento sólo habíamos conocido por los textos: un obrero. Es tucumano también y se llama Carlitos Ferreira (me rodean los Carlitos). Es obrero de una fábrica de autopartes. Vive en un rancho miserable con su mujer y su suegra. Su mujer es muy bonita. Nos ofrece mate dulce con café y se retira. Hablamos casi dos horas. Se adhiere a la propuesta. Hay que hacer algo, y él está dispuesto. Caminamos unos minutos y la compañera de Tucumán grita ‘¡papito chiquito!’. Luego supe que era una exclamación de alegría por haber dado con un obrero y encima dispuesto a integrarse al movimiento. Ya teníamos nuestra división proletaria.

Edad: ya no lo sé muy bien, pero sigo joven. Lugar: una confitería de Santa Fe y Callao. Hora: después del trabajo. Carlitos Pargas me lleva allí porque dice que si pides un whisky te ponen unos riñoncitos al vino blanco muy buenos. Con Carlitos he seguido hablando de política, pero en términos muy generales. De acuerdo, es una dictadura, el pueblo debe tomar conciencia de su destino, el análisis marxista es apropiado para interpretar el momento, esas cosas.

Nada que vaya más allá. Tengo un cierto temor que Carlitos me esté sonsacando algo, ni borracho hablaré de mi militancia.

Las paranoias estaban dentro del aprendizaje revolucionario.

Pero Carlitos va y se sincera, está en el Ejército Revolucionario del Pueblo, su hermana también milita y está presa. Me habla con sinceridad y yo se la retribuyo. Le digo lo que estoy haciendo. Pero no puedo más que admitir lo avanzado de sus posturas. Si tengo que ser sincero, siempre me ha cautivado aquello de que ‘el poder nace de la punta del fusil’.

Continuará…

Besos y abrazos de tu hermano mayor.

 

Compañeros, lo único que nos sirve acá y a todos es la unión entre nosotros, todos los de este ámbito tenemos que estar unidos, respetar la verticalidad de la organización. Por ahí a uno no le gusta cómo es otro compañero, pero nosotros tenemos que concentrarnos en nosotros, en la agrupación, vamos, no jodamos, si empezamos a pensar que lo que hacemos es joda, una salida de socios de un club, vamos mal. Cosas de ese tono estaba diciendo Chiche con su acento puntiagudo cuando oíste las ráfagas de tiros, ruidos secos que explotaron en eco en el aire. Te quedaste mudo. Los otros bajaron el tono de voz. Faltaban minutos para las once de la noche. Treinta y uno de julio de 1974. Estaban en la confitería de la calle Arenales. Salieron a las corridas para ver qué había pasado. En Arenales y Carlos Pellegrini había autos parados, oyeron algunos gritos y en seguida dos tiros más. Levantaron la reunión y cada uno enfiló para su lado. A la mañana siguiente te enteraste de que los tiros que habías oído a poco más de cien metros de la confitería habían ido a parar al cuerpo del diputado nacional Rodolfo Ortega Peña. Ocho, en la cabeza. Lo conocías de nombre, también porque una que otra vez leías la revista Militancia, de la que él era director, semanario del Peronismo de Base. A vos te caían bien los militantes del Peronismo de Base. Uno de tus amigos en el grupo de danza vasca, Jon Arozarena, militaba con ellos. También su compañera, Adriana Zorrilla. Al final de cuentas, todos daban brazadas en el mismo río contaminado del peronismo, a la deriva, como el penado alto, flaco, sin barriga, de cara tostada y pelo negro de indio con pálidos e indignados ojos de porcelana de Faulkner, en el Mississippi.

“La responsabilidad por estos asesinatos tiene nombre y apellido: Juan Domingo Perón”, había dicho Ortega Peña semanas antes, en General Pacheco, en un acto de protesta por el asesinato de tres militantes del Partido Socialista de los Trabajadores. “Yo sé que si pudieran, también me matarían. Acá no va a haber tregua para nadie”. Y Perón les había advertido a los diputados rebeldes como Ortega Peña: “Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente”.

Pero vos ni enterado estabas de las amenazas continuas y cada día más atrevidas del gobierno. Tenías mucha prisa, excesiva prisa como para perder el tiempo en informarte, en arriesgar al menos un milímetro de tu percepción política, si es que la tenías, a reparar en lo que andaban tramando en la otra ribera del río, la que ibas a conquistar más temprano que tarde.

Entonces, o así las cosas, comenzó la rapsodia de sombras, espejismos y marcialidad. Primera semana de septiembre de 1974. ¿Será? El patio central del Pellegrini estaba repleto de pibes y pibas y banderas de la UES de los colegios de la capital. Todos los colores, todas las estaturas, todas las pieles. Pero no era un día festivo. No había cánticos. Todos sabíamos o nos figurábamos que algo muy importante iba a ocurrir. Días de rumores, de inquietud. La Triple A andaba de caza sin tomarse respiro. Desde una tarima que habían improvisado con tablones y caballetes, el Barbeta nos informó que Montoneros había resuelto retomar la lucha armada, de modo que todas las agrupaciones debían pasar a la clandestinidad. “Se han agotado todas las formas legales de continuar la lucha” y sólo nos resta “una guerra popular integral de milicias peronistas”. Objetivos de la resistencia montonera: los monopolios nacionales y extranjeros, y el gobierno administrado por López Rega y su fuerza parapolicial, la Triple A.

Sonaron algunos aplausos y voces de aprobación, primero con recato y luego con explosiones de salva. Tomé como un desliz, o una infracción del lenguaje, eso de milicias peronistas. A mi entender ya había una milicia peronista: la Triple A, joder. Me puse a dar saltos de mono y aplaudir con las manos, con los piés, con las nalgas, cuando el Barbeta (quizá fue el Pato Fellini, acaso Dumbo, que más da) dijo que a partir de ese momento todos los comunicados llevarían otra firma. ¡Al diablo el inadmisible “Perón o Muerte”! De ahora en más: “¡Patria o Muerte!”. No podía con mi cuerpo. Clandestino, secreto, encubierto. Fuera de la ley, de la ley burguesa, y ahora combatiente anónimo en un territorio inabarcable gobernado por nuestras propias leyes. Me asaltó un soplo de libertad absoluta. Ganas de celebrarlo, de echarme a correr desnudo por la ciudad.

Ya en la calle me puse a caminar hacia mi casa. De pronto sentí una manaza en el hombro y en la nuca el aliento de esa voz de carraspera, de ronquera alegre. El Pato Fellini se puso a caminar a mi lado con las manos caladas en los bolsillos de un pantalón rugoso y masticando un escarbadientes que desplazaba con la lengua a uno y otro lado de la boca.

Ahora, Enano, ahora debemos tener cuidado, protegernos, esconder más que nunca nuestra identidad, ¿entendés?

Claro, no va a ser fácil.

Se vienen tiempos jodidos, si no nos cuidamos entre nosotros estamos mal.

Por supuesto, está reclaro, Pato.

Hay que olvidarse para siempre de llamar por su nombre o apellido a cualquier compañero.

Ya sé, ya sé.

Nada de comentar dónde trabaja uno, o a qué club va, ninguna actividad, ninguna.

Me costaba prestarle atención. En mi interior se agitaba una alegría revolucionaria sin par. Al llegar a la calle Paraguay doblé hacia Riobamba.

Ah, ¿vas para el lado de Pueyrredón?

Sí.

Dale, yo también.

Caminamos unos metros y me detuve de cara al portón de vidrio y hierro forjado del edificio de Paraguay 1840.

Acá me quedo.

¿Por?

Es mi casa, segundo piso. ¿Querés subir a tomar un café?

El Pato se llevó las manos a la cintura, se mordió el labio inferior y me miró, creo, con una mezcla de disgusto y compasión, como uno mira a los chicos cuando se mandan una cagada, y siguió su camino, a lo Chaplín, sacudiendo la cabeza.

Llegué hasta el ascensor y sin motivo aparente pegué la vuelta. De nuevo la calle, pero otra, fabulosa, llena de incógnitas y misterios, una calle que ya nunca volvería a tener el favor de la hospitalidad de antes. Al final de cuentas era mi primer día en la clandestinidad y no iba a malgastarlo encerrándome en mi cuarto. A errar por ahí entonces, a caminar, caminar, caminar sin destino cierto. A examinar a la gente, a ver qué veían en mí. A los saltitos. Callao, Córdoba, Montevideo, Corrientes, el obelisco. El anonimato me infundía valor y al mismo tiempo cierto desaliento. Las personas me ignoraban, miraban hacia otra parte, hacían cola en las paradas de colectivos, aparecían y desaparecían por la boca del subte, conversaban animadamente en una esquina. Nadie parecía percibir que bajo la membrana que me envolvía había un pibe dispuesto a entregarles vida y alma, por ellos, por la liberación. Caminaba y sentía que era dueño del don del escudriñamiento. Un perfecto espía. Me sentía capaz de inquirir y examinar el interior de esos hombres sin que ellos pudieran percibirlo, y, don más preciado todavía, podía hacerlo sin temor a que descubrieran mi designio. Veía en los otros lo que los otros no lograban ver en mí.

Esa era mi revolución.

¿Qué veían en mí cuando me veían? Un pibe engominado, ordinario, corriente. Y a hurtadillas yo estaba haciendo la revolución. Para ellos, para todos. Podía ver sin ser visto. Como en el juego de las escondidas en el pasaje Bollini a la hora del crepúsculo, cuando esa calleja de adoquines y casas arruinadas se aquietaba y uno se metía en un zaguán y desde allí, oculto en la oscuridad que sitiaba un rincón, vigilaba cada uno de los movimientos del idiota que nos rastreaba; el tipo yendo de aquí para allá, buscándome, y uno sintiendo un miedo sin fundamento, aguardando el instante justo para salir disparado y poner las dos manos en la piedra.

Eso era revolucionario.

El gobierno de Isabel decretó nuestra ilegalidad. Salimos a pintar los muros y las fachadas de las casas y los edificios de la ciudad:

¡La ilegalidad se la meten en el culo!
MONTONEROS
PATRIA O MUERTE

Vivíamos en la estación del apresuramiento continuo. Una noche hicimos un acto relámpago en Rivadavia y Castro Barros: de pronto, cuatro o cinco compañeros cortaron la avenida con molotov y clavos miguelito y de inmediato, como por arte de magia, como surgidos de un hormiguero en el que alguien ha puesto un pie, decenas de compañeros que estábamos apostados en distintos lugares, próximos a la esquina y atentos a la señal, invadimos la avenida vacía y en maratón de locos corrimos doscientos metros al grito de “¡Montoneros, carajo!”. Una semana más tarde fue en el monumento al Cid, ese punto singular de la ciudad en el que se entreveran cuatro, cinco avenidas, y el tránsito de autos, colectivos y personas es inagotable. Decenas de molotov y cientos de clavos miguelitos. Incendiamos la sede de un banco, creo que el City. Mi grupo debía voltear un auto, cualquier auto, el que estuviera a mano, el más cercano a una esquina, romperle los parabrisas con una barra de hierro y prenderle fuego. En una estación de servicio compré una bolsa de cinco litros de nafta y a la hora indicada caminé a paso largo hacia la esquina. Creo recordar que fue Tony el que hizo trizas los vidrios con una barreta, o quizá Lennon. Elegimos un auto pequeño, el más liviano, un Fiat 600, no fuera que no pudiéramos voltearlo, flojos de músculos nosotros, salvo nuestro Tony Monzón. Las cinco esquinas en llamas. Un espectáculo que nunca habré de olvidar.