Por Carlos Saglul | Colaboradora de La Nación, Revista Ñ, magister en Escritura Creativa de UNTREF, Verónica Boix es autora de “Libertad bajo palabra”, la historia de una joven defensora oficial que comienza a recorrer los tribunales penales bonaerenses descubriendo en las grietas del sistema que la dicotomía entre culpables e inocentes explica poco y soluciona menos. Inevitablemente autobiográfica, ya que la autora trabajó en la Justicia, “Libertad bajo palabra” explica que “en el sistema penal la mujer solo puede ser víctima”.

¿Desde qué lugar elegís narrar en “Libertad bajo palabra”?

Verónica Boix (@Verobua)

-Al principio intenté narrar la novela describiendo con precisión, sin juicios, los hechos que pudieran mostrar el sistema de justicia, que fueran parte de la historia. Pero en el proceso de escritura la narradora me llevó por dos caminos. A medida que vivía su presente en la Justicia iba apareciendo una segunda voz desde su pasado, en un tono más íntimo, que la ayudaba a recuperar cierta inocencia que veía desvanecerse caso a caso. Así seguí esas dos voces que, al final, terminan revelando un proceso de descubrimiento más personal de mi protagonista.

Trabajaste en la Justicia, ¿crees que como institución es una herramienta de transformación o por el contrario es funcional al orden establecido?

-Si soy sincera, muchas veces la Justicia sólo procura reproducir y sostener el orden existente, selecciona siempre a las mismas personas. En ese sentido es una institución que colabora con la exclusión de los más débiles y fortalece el poder. Sin embargo, es el único sistema que tenemos para procurar una convivencia pacífica y algo de igualdad, y por eso creo que hay que trabajar para reforzar el sistema de selección, terminar con la impunidad de algunos y la estigmatización de la pobreza. En el fondo, mantengo la ilusión, me gusta pensar que la justicia es capaz de transformar, que la pena cumple esa función que dice la Constitución de re socializar a las personas que incumplen con las reglas, darles otra oportunidad.

En la Justicia, como en el periodismo, siempre hay quienes tratan de hacer más bello este mundo, buscando que sea más justo. ¿Hay algún personaje que ocupe este lugar en tu relato?

-Si, la narradora es una mujer que no se rinde, se involucra con las víctimas, con los acusados, trata de acercarse a algo parecido a la verdad, descubre las distintas caras que puede tomar la injusticia. Pero eso no la frena. Si lo pienso un poco más, también sus compañeras de trabajo Ana y Luz. Cada una a su manera muestra que hay otra forma de hacer justicia, incluso en un medio adverso como el nuestro. También muestran la fortaleza de la amistad, los lazos que pueden crearse entre mujeres en un medio bastante cargado de prejuicios machistas. De alguna manera, ellas tres priorizan a las personas, tienen un criterio de justicia que va más allá de la rigidez de las leyes. Son humanas, compasivas, pero no por eso menos equitativas. En eso radica su fortaleza.

La Justicia siempre se representa como una dama vendada. ¿Qué pasa con la mujer en la Justicia, es una señora en busca de algún lazarillo? ¿Cómo se advierte el peso del patriarcado?

-Es interesante lo que decís porque precisamente esa imagen de la justicia vendada habla de una imposibilidad. Otra vez la mujer es un objeto a contemplar, tiene una balanza en las manos pero es incapaz de ver, debe basarse en pautas ajenas como si lo que juzgara fuera objetos y no personas. El sistema penal en nuestro país es un territorio eminentemente masculino, lleno de prejuicios. Pero por suerte eso está cambiando.

Tal vez la justicia penal sea la menos burocrática, lo más importante se resuelve poniendo el cuerpo. Me refiero a ponerse frente a frente a la víctima o al imputado para escucharlos, ir al lugar de un crimen, mirar cada objeto, escuchar a los testigos. Imagino que eso es crucial a la hora de ser mujer, se supone que nuestro cuerpo es frágil, vulnerable, ¿cómo exponerlo a lo más riesgoso de la sociedad?

Lo curioso es que al reconocer su cuerpo, encuentra en las sensaciones, en el deseo o el miedo, la respuesta a muchos de sus dilemas. Ella llega siempre primero con el cuerpo y después con el pensamiento. Si en la literatura la mujer es el objeto de deseo de un hombre o casi no tiene voz, en la justicia penal la mujer solo puede ser víctima. Me rebelo contra ese lugar de víctima, y eso resuena en el fondo de la historia. Recuperar el propio cuerpo es una de las formas. No es que me lo haya propuesto, pero al releerla noto que la idea de libertad de decidir más allá de los mandatos de género está presente todo el tiempo. Al mismo tiempo aparece la incomodidad de la protagonista frente a esas leyes. En el fondo, los mismos mandatos que nos encasillan a las mujeres también limitan a los hombres.

El mundo de la Justicia se parece a una novela negra, donde el bien y el mal no están tan claros como en las fabulas, y no pocas veces las criminales fueron antes víctimas. ¿Cómo aparece eso en el mundo de la Justicia?

-En la novela negra, y en definitiva la realidad social, aparece representada en un caso que el detective tiene que descifrar. En cambio, la materia de la Justicia es esa realidad social móvil, compleja, no sé, en constante transformación que intenta ordenar. No puede descifrarse lo que está en constante cambio, pero se insiste, se hace un corte puntual -digamos el momento del hecho delictivo- y se evalúa a cada participante de acuerdo a ese momento. Creo que eso me llevó a explorar una especie de suspenso existencial. No me alcanzaba con hablar de casos y de conflictos puntuales, me interesaba meterme con las transformaciones que conlleva descubrir que la frontera entre culpables e inocentes es difusa y permeable.

Es un lugar común decir que las cárceles están repletas de pobres, aquí o en los Estados Unidos. El sistema penal es puesto a resolver las injusticias que los gobernantes no han corregido y que no dejan de crecer a través de una desigual distribución de la riqueza. ¿La Justicia se puede salir de ese rol?

-Ojalá pudiera contestar esa pregunta. Me gustaría pensar que sí, que puede, pero la verdad es que no estoy segura. La media sanción a la legalización del aborto me dio cierta esperanza. Creo que ese es el camino, pensar soluciones alternativas a la pena. No es una cuestión de un gobierno, tendría que cambiar la estructura de la Justicia tal cual está pensada. Por empezar, el sistema carcelario, la pena de prisión, no funciona ni en nuestro país ni en ningún otro lado. Pero se insiste en usarlo como respuesta.

¿A quién se le ocurriría encerrar en un cuarto aislado a todos los chicos que se portan mal? Eso es, más o menos, lo que hace la cárcel. Me parece que es un gran fracaso pero todavía no se logró pensar en un sistema que pueda superarla. En el fondo, esto de ver al otro como el enemigo es el gran problema de nuestra sociedad, desde “El Matadero” hasta ahora.

Mirá, justo el rol de la justicia es una de las cuestiones que impulsan o frenan a la protagonista de Libertad bajo palabras. Ese rol público depende de la persona que lo ocupe, sí. Solo que tiene una estructura más grande que la limita. En esa tensión trata de hacer posible su idea de justicia.

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