Redacción Canal Abierto | Según el Indec, sólo entre enero y marzo de 2018 la deuda externa argentina aumentó en 19.192 millones de dólares. En total, según estimaciones, alcanzaría los 253.741 millones de dólares.

Se trata de la preocupación número uno entre analistas y economistas, eje de debate central en cafés y sobremesas, tópico omnipresente en redes sociales, portales de noticias, ascensores y taxis. Todos creemos saber todo sobre endeudamiento público, sus razones y consecuencias.

Lo cierto es que en el capitalismo contemporáneo lo financiero emerge como momento de mando y de articulación del sistema, con una particular tendencia hacia la penetración intensiva en la vida social. Es en este plano, el de la financiarización de los sectores populares, que indaga y analiza la investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de San Martín (UNSAM), autora de La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular.

“La deuda tiene una nueva forma de funcionamiento que es el endeudamiento de sectores que supuestamente se encontraban marginados, o eran periféricos del mundo asalariado. Me refiero a sectores populares, del trabajo autogestivo y sin patrón, que anteriormente ni siquiera se consideraban trabajo, pero que generan valor”, señala Verónica Gago. “Hoy las finanzas buscan penetrar y extraer valor de estos sectores”.

“La deuda organiza nuestra obediencia a futuro, pero el problema es que tradicionalmente alguien se endeudaba sabiendo qué tipo de trabajo iba a realizar a futuro. Hoy te convertís en sujeto de crédito sin siquiera tener trabajo. Eso lo vemos en formas de crédito en cadenas de supermercado, de electrodomésticos, en pequeñas cuevas de crédito donde sólo basta con presentar el DNI”, explica.

En este sentido, los estudios del equipo que integra Verónica Gago arrojan un dato tan contundente como alarmante: el 85% de los beneficiarios de planes sociales o subsidios se encuentran endeudados, ya sea a través de créditos personales o hipotecarios, con tarjetas. Algo similar ocurre con los trabajadores estatales, particularmente los provinciales, uno de los sectores que más poder adquisitivo producto de la inflación en los últimos años y la reciente devaluación del peso.

Otra rasgo de los últimos años es el cambio en los hábitos de consumo vinculados al crédito: “Durante mucho tiempo el endeudamiento servía para consumo de bienes no durables baratos (electrodomésticos, ropa, etc.) o eventos extraordinarios, como por ejemplo una fiesta de casamiento. Lo que se está viendo en los últimos meses es que el endeudamiento personal se orienta al pago de servicios básicos como la luz y el gas, o alimentos”.

En esta suerte de explotación financiera es posible trazar una íntima conexión entre el aumento de las violencias machistas y la financiarización de las economías populares. “El G-20 viene hablando de inclusión financiera de las mujeres, especialmente de los sectores humildes e informales en cuanto a lo laboral. Es decir, cómo aplicar toda la serie de dispositivos para extraer valor sobre las poblaciones, especialmente trabajadoras domésticas, de venta callejera, campesinas que trabajan por temporada”, analiza la integrante del colectivo de investigación militante Situaciones y miembro del colectivo Ni Una Menos.

“Frente a la pobreza creciente producto del ajuste y la inflación, son las mujeres quienes ponen el cuerpo a la restricción de hábitos de consumo. Es decir, para gestionar esa pobreza –o para que se note lo menos posible-, las mujeres son las primeras en restringir lo que consumen, algo que sobresale en los hábitos alimenticios”. 

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