Por Pablo Bassi | El único incidente serio de Carlos Custer al frente de la embajada argentina en el Vaticano fue cuando el entonces presidente Néstor Kirchner removió en 2005 al obispo castrense Antonio Baseotto, por haber escrito que el ministro de Salud, Ginés González, merecía que “le cuelguen una piedra de molino al cuello y lo tiren al mar”, dada su posición a favor de la despenalización del aborto.

“Fue un cimbronazo porque, como obispo, Baseotto dependía del Papa; pero como capellán militar, dependía del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Esa figura ambigua llevó a una desinteligencia seria”, recuerda Custer en conversación con Canal Abierto.

La representación diplomática lo mantuvo lejos de su Quilmes natal entre 2004 y 2007. Antes, debió migrar a Bruselas en dos períodos, al ser elegido secretario general de la Confederación Mundial del Trabajo, una de las tres centrales sindicales internacionales.

Custer hizo verdadera carrera dentro del movimiento obrero organizado: fue delegado en su fábrica, dirigente del sindicato del vidrio, fundador de la Confederación Latinoamericana y el Caribe de Trabajadores Estatales (CLATE), se dio el placer de proclamar a Raimundo Ongaro como secretario general de la CGT de los Argentinos, y de fundar ANUSATE, la agrupación que recuperó a ATE de las garras del colaboracionismo con la dictadura. También fue diputado nacional.

¿Es nuevo el protagonismo de los trabajadores organizados el día de San Cayetano?

-No, las manifestaciones de la CGT combativa de la calle Brasil, que dirigió Ubaldini durante la dictadura militar, eran muy importantes. Por aquellos años, del otro lado, estaba la CGT Azopardo de Jorge Triaca (padre del actual ministro de Trabajo), que yo llamaría colaboracionista o participacionista. Después Ubaldini siguió encabezando esas marchas, con la CGT unificada y en democracia. También habría que hablar de la peregrinación de los trabajadores de Aerolíneas, pocos años atrás. Varias veces sectores en conflicto recurrieron a esta suerte de manifestación religiosa, cívica y política.

¿Cómo caracterizás la relación de Francisco con los trabajadores de la Economía Popular?

-Francisco siempre se definió favorable a los movimientos sociales y populares, que agrupan a los más pobres y excluidos. Cuando visitó Bolivia en 2015, la CTA Autónoma fue la única central invitada, por su concepción de agrupar a los trabajadores formales y nuevos movimientos con cuentapropistas, desocupados, cooperativistas, jubilados, trabajadores de empresas recuperadas. El discurso de los movimientos populares de Francisco en ese viaje es una pieza extraordinaria.

¿Qué te atrajo de ese documento en Bolivia?

-La concepción de la prioridad del trabajo y la necesidad de que los movimientos de trabajadores puedan fortalecer su organización y solidaridad para ser alternativa al sistema liberal que azota el mundo. La única forma que tienen estos trabajadores descartados -como dice él- y los sindicalizados -que cada vez más ven perder sus conquistas- es organizarse.

El noviembre pasado, como continuidad de ese diálogo con los movimientos sociales, viajamos al Vaticano Ricardo Peidro (secretario adjunto de la CTA Autónoma), Hugo Godoy (secretario general de ATE), compañeros de la CGT como Juan Carlos Schmid, dirigentes de la CTEP, Barrios de Pie.

Algunos dirigentes sociales creen que las posiciones de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires fueron parte de una especie de táctica política…

-La consideración política de Francisco es importante, pero secundaria. Yo lo conozco hace 25 años y él siempre denunció la trata, los talleres clandestinos y el lucro en Cromagnón. Realizó misa en Constitución con chicas de la actividad sexual, siempre estuvo cerca de los cartoneros y las villas. Hoy hay 31 curas villeros. Para mí es al revés: son sus posiciones las que llegaron al Vaticano y los movimientos sociales encuentran hoy eco en la acción que trata de impulsar desde el papado de una Iglesia de los pobres y para los pobres.

Francisco adscribe a la “teología del pueblo”, ¿no?

-Sí, es uno de sus inspiradores. Y el padre Juan Carlos Scannone, su maestro jesuita, es autor de esa “teología del pueblo” que parte de una experiencia vivencial de América latina. Como católico estoy muy contento con Francisco, porque le pegó una sacudida a una Iglesia que lo necesitaba. Representa una suerte de regreso a los orígenes cristianos, evangélicos. Es un respaldo para nuestras luchas de una sociedad diferente.

¿Qué perspectivas políticas le ves al movimiento de trabajadores?

-Comparto totalmente la propuesta de la CTA. El movimiento de trabajadores tiene que confluir, aunque al sindicalismo tradicional eso le cuesta. Muchos de sus dirigentes tienen un reflejo muy corporativo, lo que explica el fraccionalismo del sindicalismo. Pero bueno, hay compañeros como Schmid que piensa como nosotros: en un movimiento solidario, autónomo en sus pensamientos pero con propuestas para un modelo de país productivo.

Es casi una expresión de deseo…

-No, yo creo que va caminando. El otro día fui al acto en Ferro de “En Marcha”, con los movimientos políticos que tienen base en los movimientos sociales. Estaba el PTP, que tiene trabajo territorial a través de la CCC; el Movimiento Evita, ligado a la CTEP; Libres del Sur, con sus referentes de Barrios de Pie; Unidad Popular y dirigentes invitados como Juan Abal Medina, Felipe Solá, Daniel Filmus, Alberto Fernández. Si el movimiento de trabajadores quiere incidir en la vida política, tiene que cohesionar lo más que pueda.

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