Pibes (XXII)

Canal Abierto continúa con la publicación de los capítulos del libro
Pibes. Memorias de la militancia estudiantil de los años setenta,
de Hernán López Echagüe.

XXII. Encontré un ejemplar de La resaca en una librería de viejo de avenida de Mayo, en una mesa de saldos, a dos pesos. No está mal. Pena que en el lomo dice La Resca. De algunas cosas que el Enano cuenta en ese libro quiero hablar con vos.

-¿Es en buen libro? Nunca lo leí.

-Me habías dicho que tenías uno y que lo perdiste en el asiento de un taxi.

-Sí, eso te dije y así fue. A veces lo llevaba a pasear pero nunca lo abrí. Quería tenerlo a mano, algo así como que nadie se lo llevara. Ya sabía de antemano todo lo que decía el Enano en ese libro, o me lo figuraba-

-El monólogo del protagonista está situado en un boteco de Sao Paulo y vos pasaste el exilio allá.

-No, yo no. El Enano tal vez, quizá Javier. Como dicen los españoles, eres duro de entendederas.

-¿Te molesta que te lea un pasaje?

-Como quieras. A estas alturas, ya no huelo nada que me pueda molestar.

 

Ya se qué es la muerte, de modo que me parece ridículo continuar con esta tara. Le regalo mi uniforme. ¿Sabe una cosa? Éramos un hervidero de cachorros. Ladrábamos hasta desgañitarnos. Por lo visto, nadie nos oía. O sí. Y corrían espantados. La revolución nocturna. Todos nuestros pensamientos y movimientos estaban cargados de perfumes y colores nocturnos, cuando la imaginación escapa y el ánimo vuela; cuando la vida auténtica transcurre en el silencio de las horas de sueño, y en la atmósfera callejera confluyen todos los olores de la noche para alumbrar sólo uno, seductor, y entonces se respira libertad y factibilidad y gratitud. Esa embriaguez reanima pasajeramente los nervios. En aquel tiempo el amor era el tema. Profesar amor y demostrarlo. Pruebas de amor los besos y las lágrimas, el dolor por la muerte de un compañero y el contento, expresado a través de ruidosos aletazos, frente a la justa muerte de un enemigo. Prueba de amor valedera el desvelo cotidiano y la satisfacción que solamente puede proporcionar un operativo bien ejecutado. Pruebas de amor y fortaleza, también, la constante privación de los placeres burgueses.

-¿Y qué pensás de este párrafo del libro del Enano?

-Yo qué sé. Bien, supongo que está bien eso que me leíste. ¿Y qué?

-¿No sentís, no escuchás cosas tuyas en esas palabras?

-Nunca podría escribir esas mersadas. No se puede escribir con franqueza y calor cuando las convicciones naufragan y uno, como un pelotudo, cree que está bien con el mundo. Porque necesita un soplo de paz. No hay mejor aguijonazo para escribir que un desencuentro firme y profundo con el estado de las cosas que hacen de este mundo una cloaca. La satisfacción empequeñece el blanco, lo reduce a un punto gris sobre una pared gris; no hay a qué ni a quién dispararle. Para escribir alguna cosita por lo menos mediana es necesario sentir un poco de asco por la medianía. Sentirse más allá de todo, no por encima, nada de eso, simplemente más allá, al otro lado de la medianía. Sumergido en una medianía de otra naturaleza. En una mediocridad única, propia, a salvo del lugar común de la mediocridad y del discurso que totaliza y nos arranca la singularidad. Esto que me acabás de leer me sonó a impostura de sentimiento.

 

El mundo en el que había aprendido a sentir aprecio por otras cosas que no fueran mis libros, mis contados amigos, el fútbol y las partidas de póquer y las copas de coñac en casa de alguno de los vascos, se cayó a pedazos. Sin la China no había aliento posible. Ni ganas de militancia y entrega y compromiso y todo ese encadenamiento de pulsiones de mierda. De pronto la vida se había ido a otro lugar, a uno que jamás me había figurado. Buena parte de mis convicciones se fueron con la China en esos días, o quedaron aplastadas debajo del sofá, en la moqueta del living de la casa de ella en esa terrible mañana. ¿Qué era desaparecer? ¿Dónde te escondían? ¿Qué pasaba en el interior de ese lugar sin nombre ni geografía puntual? ¿Desaparecer? Nadie podía desaparecer. No tenía sentido. Las personas no desaparecían así nomás. Estaban presas, o en un hospital, a veces volvían a aparecer y pedían disculpas y a veces estaban muertas. Pero no se traspapelaban en el aire.

La China no daba señales de vida. Me dicen que por las dudas debo guardarme en algún lugar. Voy a Castelar, al rancho. Solo. No puedo invitar a nadie porque nadie debe saber dónde estoy. Latas de atún, de caballa, de corned beef, mayonesa, pan lactal y el tomo uno de la correspondencia Perón-Cooke que disimulo sacándole las cubiertas originales y pegando en su lugar las cubiertas de Una excursión a los indios ranqueles. Me la paso de lágrima en lágrima, tomando tragos de caña y vasos de vino tinto espeso y dulzón en el bar del almacén El Burro, a dos kilómetros del rancho, conversando con viejos lugareños que fueron compinches de mi tío abuelo. Cuando empieza a picar el amanecer alguno de ellos me deja de vuelta en el rancho. Una casa de habitaciones frías y desnudas. Vigilia, vigilia. La cama de hierro forjado de mi tío abuelo es mi protección hasta las ocho de la noche, cuando los pies cobran vida y empiezan a caminar a paso largo hacia El Burro. Una noche de borrachera le pido prestado el teléfono de baquelita negra al dueño del almacén y llamo a Ramón Javier, buen amigo y compañero del club vasco. A la tarde siguiente aparece por entre las sombras de los sauces. Lo abrazo, lloriqueo un poco. Trae comida, cerveza. Anda en un viejo Ford Falcon verde oscuro del padre que alguna vez nos prestó para alguna operación. Regreso a la capital con él. Me cuenta que su hermano Jon abandonó la militancia, quiere casarse con su compañera, Adriana Zorrilla, pero después de recibirse de ingeniero. Ceremonia y gran fiesta a mediados de 1977 si todo sale como lo han planeado. Vas a venir, ¿no? Por supuesto, Ramón, por supuesto.