Por Leo Vázquez | Solari habló. Como era de esperar, los medios que participaron de la entrevista colocaron sus declaraciones en primer plano y los demás replicaron de distintas maneras las diferentes partes de la conversación. Disco nuevo, críticas al Gobierno –duras y reiteradas-, apoyo a la lucha de las mujeres y a la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, salud, proyectos… Dos horas de una charla que, coincidiendo con la propia apreciación del autor, el nuevo CD no necesita (al menos en términos de ventas), pero que todos sus seguidores esperan y disfrutan.

En este caso la cita fue en su casa y, como los títulos ya fueron subrayados, El Ruiseñor, el amor y la muerte ya fue valorado y los nervios ya se calmaron, estas líneas harán foco en la experiencia de lo que representa para un ricotero, devenido periodista/productor radiofónico, pasar un rato con el Indio Solari.

Yo y el Indio

Cuando la noche anterior me informaron que sería de la partida, el primer impulso fue repasar letras, libros, refrescar información que mejorara mis posibilidades de interacción con el personaje en cuestión. Rápidamente concluí que los veinte años que llevaba preparándome para ese encuentro ya eran suficientes. Si bien mi misión sería exclusivamente técnica (como asistente de sonido de AM 530 Somos Radio -la Radio de Las Madres- solo tenía que garantizar una segunda grabación backup), el contexto hogareño probablemente facilitara algún intercambio directo, algún cruce mano a mano, o al menos un comentario de ocasión al momento de la selfie. Puse las pilas al grabador, formateé la tarjeta de memoria, seteé la calidad del REC, y me acosté.

Al llegar al punto, antes de entrar, lo primero que me alarmó fue ¿cómo no recordaba –si es que alguna vez lo supe- el nombre de la casa? “¿Cómo un tipo que le puso Patricio a su hijo no tiene presente semejante dato?”, me increpé. No tuve tiempo de responderme, al toque nos abrieron el portón, ingresamos y nos recibió la amabilísima Roxana, que se presentó como “secretaria de Indio”. Y a partir de allí todo fue sorpresa.

La segunda que salió al cruce fue Virginia, a quien tampoco reconocí hasta que dijo su nombre. Ahora sí que sentí que algo estaba haciendo mal, pero me resigné a reconocer que no soy un buen fanático (léase aquí la acepción más romántica del término), ni del Indio solista ni de Los Redondos. No soy de esos que saben detalles de la historia, que estudiaron el origen de cada letra, que recuerdan fechas de recitales ni datos personales de cada integrante de la banda. Nunca supe a qué colegio fue Carlos, no sé a qué edad llegó a La Plata, y me metería en problemas si alguien me desafiara a recitar la lista de temas completa y en orden de alguno de los discos. Ahora mismo no recuerdo si Tito Fargo grabó en Un Baión…, o cuándo entró Gaspar a los Fundamentalistas. Debo confesar(me) entonces que no soy fanático de él/ellos, sino de lo que él/ellos generan en mí: el trance al que me induce su música; las respuestas que encuentro en sus canciones a las dudas más íntimas; la experiencia intersensorial de las misas de las que tengo recuerdos imperdonables que me enorgullece ocultar. Aunque suene egoísta, cuando el Míster se retire lo único que extrañaré serán esas eternas procesiones hacia la felicidad más banal, porque nunca le hice marca personal a su figura, y su mística me conmociona solo en función de su arte. Soy un fiel devoto de su culto, un feligrés aceptable de las ceremonias, pero sería un pésimo monaguillo de su sacerdote. Es por eso, retomando, que no conocía la cara de su compañera, y es por eso que con su saludo recibí la primera bofetada de la jornada. Estaba ahí, con Viruta, la de “Y mientras tanto el sol se muere”, aquella balada espesa y dulce como la sangre que trajo Porco Rex, hablando de cosas, algunas de momento y otra más importantes, al menos para mí. Su simpatía y calidez, las de una señora que recibe amigos de la familia en su casa, no dan señales de que sea ella una de las personas que regula la relación del artista con la industria, tarea para la cual pareciera ser que se precisa un carácter corrosivo y un ceño pronunciadamente fruncido.

Cuando apareció Bruno no fue necesaria presentación. Supe que era él. Recordé, inmediatamente, una charla a los gritos durante un asado con amigos sobre el nacimiento del hijo del Indio, hace 18 años, y cuando cruzamos miradas durante el saludo no pude dejar de sentir que nos conocíamos hacía mucho.

A las 9.30 ingresamos unos pocos, y antes de las 10 estábamos casi todos los que participaríamos de la conversa. Nos acompañaron hasta el lugar donde sería el encuentro atravesando unos metros del jardín de la casa en los que busqué, sin éxito, algún objeto, rasgo o evidencia de que estaba en la casa de una mega estrella de rock mundial. No esperaba paredes pintadas con aerosol, gente en trajes de baño bebiendo cerveza en una piscina ni patovicas palpándonos de armas, pero capaz algo. Pensé en eso del lujo y la vulgaridad…

La pericia visual no arrojó resultados que permitieran sostener la acusación, y el (pre)juicio por excentricidades quedó en suspenso por falta de pruebas.

El Indio conmigo

Creo fervientemente que si un sujeto al que a duras penas recuerdan su familia y sus amigos –no todos- visita a otro que moviliza multitudes en todo el país, y luego el primero escribe una nota colocándose como protagonista de ese encuentro, éste debe por lo menos duplicar las sesiones semanales de terapia. Pensaba invertir mi tiempo sólo en eso. Pero el cariño de mis compañeros y compañeras me convenció de escribir esta cosa ridículamente autoreferencial, aceptando que millones hubieran querido pasar por donde yo pasé y que tal vez pudieran sentirse identificados con algo de lo que yo sentí-siento-sentiré. Ahí vamos.

Entramos al estudio. En la recepción algo para desayunar, una frigobar adornada con unos whiskys arriba, banners, algunos cuadros, puerta de vidrio hacia el parque y puerta de vidrio hacia la sala de músicos -sin instrumentos esta vez, con sillas. Y al costado la puerta que conecta al sector de consola de sonido. Nada para destacar, no supe dónde estaba hasta un rato largo después.

Mientras esperábamos allí empecé a relojear para tratar de retener en mi memoria todo lo que pareciera una pintura de puño solariano. Pero a los pocos minutos apareció.

No gastaré ahora adjetivos que lo engrandezcan ni descripciones épicas para un momento interminable, simplemente porque no hubo tal situación, pero puedo anticipar que no conseguí en ningún momento recortar distancias, humanizarlo o tratarlo de igual a igual. Cacheteó el picaporte, agarré la puerta y terminé de abrirla, y se quedó parado mirándonos como cuando se acerca al borde del escenario y escanea al público sin decir nada. Un segundo. No me animo a echarle la culpa de mis incapacidades a una pilcha, todavía, pero el hombre irrumpió con una campera que identifiqué a primera vista como la de Tandil 2016, la que quedó inmortalizada en el documental Tsunami. Ahora, comparando imágenes en la pantalla, me parece que era otra, parecida, pero ¿qué caso tiene a esta altura?

A los que ya conocía los saludó con un abrazo y un beso. A mí me extendió la mano y aquí se dio el primer desencuentro (en adelante los llamaremos “intervenciones fallidas”), producto cien por ciento de mi tara: me miró esperando a que me presentara, creo. Que le dijera mi nombre o el medio por el cual estaba allí, algo. Como no hablé, él dijo: “I don’t know”, a lo que no sé por qué respondí con una sonrisa que prefiero no imaginar.

Después de unos minutos de saludos y bienvenidas pasamos al estudio. Pasó Indio y yo atrás. Mientras el resto iba entrando lentamente, él se acomodaba la silla en la que iba a sentarse y yo, a un metro, preparaba no sé qué cosa en el grabador que ya había puesto a punto la noche anterior y revisado mil veces en el viaje. Podría haber intentado emitir algún sonido, pero nada salió de mí es esa #IntervenciónFallidaNº2. Fueron un par de minutos en los que el contexto, la situación y hasta la disposición geográfica exigían un comentario inteligente o un gesto emotivo de mi parte que todavía estoy buscando. Finalmente se empezaron a acercar lxs otrxs y se diluyó el instante posible. En esas tres horas, no pude salirme del rol de productor que estaba en ese lugar cumpliendo con una obligación laboral. Nunca pase al modo admirador. Mi comportamiento fue idéntico al que tendré si alguna vez me toca cubrir una conferencia de Ricardo Arjona: tristemente profesional.

La experiencia, el oficio, haber entrevistado o conversado con presidentes, por ejemplo, como Rafael Correa, Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Mauricio Macri, Manuel Zelaya o Fernando Lugo, entre otros y otras, de nada sirvió esta vez. O peor aún, ¡me jugó en contra!

La conferencia

De las declaraciones ya se hicieron varias notas, y en todo caso cualquiera puede escuchar el audio completo y sacar sus propias conclusiones, pero hay algunos tramos que pintan el clima por el que transcurrió la mañana del 2 de agosto de 2018 en ese rincón del oeste bonaerense.

Iban pocos minutos cuando salió el tema de las influencias, las fotos que dan vida al arte de El Ruiseñor…. Puntualmente, sobre la imagen de la tapa del disco. Teddy, del Foro Redonditos de Abajo, lanzó y dio en el blanco. El Solari todo terreno, el que abre montañas y mueve las masas, el que produce a pesar de los pesares, no pudo completar la respuesta, ni siquiera pudo empezar a hablar de su madre. La emoción lo copó. Lo salvó del conteo la campana de la siguiente pregunta y la entrevista avanzó aunque más adelante reconocería: “quedé baleado”. A corazón abierto, así comenzó, así transcurrió hasta el final.

El fuego lo había abierto Figueras, su biógrafo, en representación de FM La Patriada (la radio donde el escritor conduce un programa en el que participa el cantante), que había prometido en su nota publicada en El Cohete a la Luna preguntarle sobre Eva Perón y una referencia a su último discurso en una de las letras: “No está en la tapa porque están mis viejos”, clavó.

Francisco y Yésica de La Garganta también hicieron una por la que el Indio tuvo que detenerse por segunda vez: “¿Qué representa este disco?”. “Poder seguir haciendo en libertad, no te das cuenta del paso del tiempo. (Las canciones) me mantienen inquieto, atento, es la comida que tengo”, expresó. Hasta donde pudo hablar.

La charla entregó algunas perlas para los que se interesan por intentar adivinar hacia dónde va a la carrera musical del Indio. Un párrafo que las compile podría ser: “Me interesa la diversidad ante todo, por eso es que juego en contra de seguir trabajando de redondito de ricota. Tengo ahora 100 disparadores de canciones nuevas”. Canciones que piensa retomar rápidamente para dar forma, tal vez, a un próximo disco “de rocanroles furiosos”. Entre las músicas que lo acompañan a la hora de producir/crear mencionó a Ennio Morricone, el cante jondo español, ritmos africanos, medievales, y Los Chalchaleros.

En un momento, la conversación fue hacia “Ji Ji Ji” y el cierre de los recitales. Él insistió en que se trata de un tema sobre el cual inicialmente no había depositado muchas expectativas, algo que ya le hemos escuchado, y recordó que “en el último show, cuando terminaba arranqué con Mi Perro Dinamita”. En ese momento el ex Jefe de Gabinete Aníbal Fernández, uno de los entrevistadores en su nuevo rol de director de AM 530, agregó que en la presentación de Los Redonditos en el Chateau Carreras el bis fue “Un ángel para tu soledad”, a lo que Indió respondió: “después de Ji Ji Ji hay que tocar alguna cosa como la gente”. Ahí llegó finalmente mi tercera intervención fallida. Recordé que en Racing 1998, la primera de las dos fechas, luego de una faena con varios inconvenientes de sonido, ya con las luces prendidas y habiendo dejado atrás el pogo más grande del mundo, la banda salió al escenario nuevamente para ejecutar una versión del inoxidable “Un tal Brigitte Bardot”. Casi me animo, el ambiente distendido daba para un bocadillo de alguno de los que no protagonizábamos el diálogo. Pero no.

Luzbola y las fotos         

Ese lugar que no reconocí de entrada, en el que se dio la cita, era nada menos que el estudio en el que la dupla goleadora Solari/Beilinson gestó y dio a luz las últimas criaturas de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota; y es también la casa operativa en la que se ensambla cada bomba de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y su eventual cantante (artista invitado; Monsieur Sandoz; Caballo Loco; El Fisgón Ciego; y Protoplasman). Lo supuse en un momento, luego no recuerdo porqué deseché esa certeza, y después lo confirmé con un comentario que escuché al final. Llegué a ver cerca de diez veces a Los Redondos y unas seis a Solari y Los Fundamentalistas (sobre 18 shows hasta el momento), toda la etapa Luzbola. Con el correr de los días fui tomando dimensión de que estuvimos en un sitio que será recordado como esencial para la cultura popular de nuestro país.

En los segundos iniciales de la conversación, cuando todos acomodaban sus grabadores, sus celulares, sus micrófonos, agarre mi teléfono y registré un video de algunos segundos. Alguien me hizo notar que los otros medios no estaban tomando imágenes ya que el fotógrafo presente era el que registraría el momento para las dos revistas y las dos radios. Guardé. De todas formas me quedé tranquilo porque había oído que al final habría una foto grupal con todos los presentes. Cuando concluyó la charla el Indio no se sentía del todo bien, se retiró acompañado y volvió unos minutos más tarde para despedirse. Allí hubo algunas fotos pero sólo con un par de los periodistas. Se fue definitivamente. Saludos, despedidas, abrazos por la tarea cumplida satisfactoriamente, y encaramos la salida.

Después de más de tres horas en su casa y de varias posibilidades de hablar en las que no hablamos, me fui con el sabor amargo de no tener un registro visual de mi presencia allí ese día. Mal de época, supongo: si hubiera sucedido hace algunos años tal vez ni habría reparado en ese detalle. Lo cierto es que me alejé creyendo haber desperdiciado mi oportunidad.

Las horas fueron acomodando las sensaciones, el modo productor se fue desactivando y dando paso a la comprensión más emocional. Los nervios empezaron a llegar durante la tarde, y finalmente la explosión se dio cuando La Patriada, dos horas antes de la hora pactada para difundir en simultáneo la grabación, publicó un anuncio con una foto en la que, además del Indio y su asistente, la única persona a la que se le ve la cara soy yo. La lluvia de mensajes a mi celular comenzó y así fui ligando, por si hiciera falta comprobarlo en carne propia, que todo lo que Solari toca lo multiplica por millones, y que esos millones querían estar ahí.

“Hacete de abajo. Un pogo de 160 mil personas no es sopa”, le dedicó el Indio a Mick Jagger en la película de Pergolini. Es una expresión que suele utilizar, que utilizó el otro día. Estar en su casa no fue sopa para mí.

Los que gateamos el desierto menemista siendo adolescentes y llegamos a la orilla -algunos, con secuelas imborrables- gracias a los oasis de ricota (entre otras cosas valiosas), que fueron construyendo una salida a la apatía mortal de la nueva década infame, tuvimos como escudo antipalazos policiales a las canciones de Los Redondos. Llegar a esta burla de la historia con un Solari a prueba de balas como banda de sonido de una buena porción de la resistencia cultural, hace creer a muchos y muchas que no todo está perdido. “Las mías son canciones de combate”, dijo él, en su casa. Y “las llevaremos como bandera a la victoria”, me digo yo, mientras escribo.

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