Redacción Canal Abierto | Gracias a las posibilidades que brindan internet y las redes sociales, Shlomo Slutsky encuentra a Mariano. La coincidencia de apellidos, profesión y origen lo motivaron a contactarlo.

En el encuentro, Shlomo descubre que Mariano es hijo de Samuel Slutzky, Sami, el primo médico de su padre. La existencia y trágico final de Sami habían permanecido innombrados en la familia desde su desaparición a manos de la dictadura cívico-militar de Argentina en 1977.

Mariano y su hermana Alejandra arribaron a Holanda como niños-refugiados con ayuda de Amnistía Internacional, mientras su familia en Buenos Aires se desentendió completamente de ellos.

En un intento de pagar esa deuda familiar, Shlomo se propuso acompañar a Mariano en el juicio a los genocidas, la persecución de un sospechoso de complicidad con el asesinato de Sami, y el “juicio” a los Slutzkys en Argentina, quienes no actuaron a la altura de las circunstancias. Así nació Disculpas por la demora.

La película fue dirigida por Shlomo y Daniel Burak, con quien comparte una amistad que se remonta a su niñez y con quien coincidió en su estadía en Israel mientras duró la última dictadura de Argentina.

“Cuando Shlomo me relató la historia, sentí la necesidad de compartirla. Más tarde, cuando Mariano, exiliado en Holanda a los 12 años, decidió regresar a la Argentina y participar en el juicio a los asesinos de su padre, a esa necesidad se le sumó la urgencia”, expresó Daniel Burak.

En un registro fílmico que va desde 2011 a 2016 se retrató lo que quedaba de una familia desmembrada por la violencia y el miedo de aquellas épocas, y la voluntad por reparar eso.

“El documental tenía un guión de 90 páginas antes de empezar  a filmar. Era una película escrita como si se desarrollara en una ficción, donde los hechos eran los que preveíamos, y después sucedieron cosas como el juicio, que no sabíamos si se iba a dar o no porque venía demorándose años y en el proceso de filmación pudimos agarrar desde la primera audiencia hasta el veredicto final”, indicó el director.

Y agregó: “Uno está acostumbrado a ver imágenes, pero cuando estás ahí sentado viendo a genocidas alegar su defensa te cambia mucho hasta la manera de pensarlos. La sensación y el convencimiento eran de justicia. Pero, verlo a Mariano testimoniar después de escuchar a los genocidas es demoledor”.

El proceso de edición permite ver cosas, gestos, cejas, desvíos de miradas, sutilezas que se pierden mientras la concentración está en la cámara.

Es ahí donde los directores pudieron observar lo que para ellos es una contradicción interesante. “Esa coraza que uno ve y toca en Mariano, a través de esta observación cercana, minuciosa, lenta y profunda que intentamos hacer, se pueden ver las rendijas en la coraza y llegar de vuelta al ser humano amoroso y contradictorio. Y uno entiende que es muy difícil pasar por eso sin armarse para sobrevivir”, explicó Daniel.

Mariano, en sus primeros 3 años de vida, vivió el exilio a Cuba. Dos años después fue el primer arresto de su padre que pasó cinco años en prisión. A esto se sumó la enfermedad degenerativa de su mamá, que los perdió y nunca más los recuperó. Mariano y Alejandra ni siquiera se enteraron de su muerte hasta muchos años después.

“Desde los 9 a los 12 tuvo un período de vida `normal´ con su padre, su madre sustituta y sus hermanos. Y de ahí, el infierno, el exilio. Por eso, de esas 90 páginas iniciales al resultado final, hay una historia que no esperábamos y que terminó por ser mucho mejor”, comentó Burak.

La película -co producida con el Espacio INCAA-  hace su estreno comercial hoy, a partir de las 19.30, en el cine Gaumont.

 

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