Pibes (Ultimo capítulo)

Canal Abierto continúa con la publicación de los capítulos del libro
Pibes. Memorias de la militancia estudiantil de los años setenta,
de Hernán López Echagüe

 

Desbandada
“Yo querría esconderme; por lo tanto yo me voy y me escondo. Mientras me voy, reflexiono dónde esconderme. Después pienso que no soy yo quien va sino que son estos pies, abajo, los que van, y que no soy yo quien piensa, sino que es mi cerebro quien piensa; porque si se tiene en cuenta que estos pies me pertenecen, que estos son mis pies, los que andan, y también el cerebro, que como cerebro mío piensa, no puedo ser lo que es mío. Yo no puedo ser el que en este caso piensa. Yo no me puedo esconder”.

Peter Handke, Los avispones

XXVI. Es madrugada, estamos despatarrados en la cama de la habitación 23 del Kentucky. Llegamos al hotel a las diez de la noche y todavía no hemos logrado pegar los ojos. Tampoco hablamos. Nuestros días y nuestros pasos son definitivamente oblicuos. Los dos sabemos que el mundo que creíamos haber alumbrado ha muerto. Una vez más el mundo ha muerto. El mundo moría de a ratos. Africa moría, de manera prolija, a cada minuto. Asia y sus hombres y mujeres morían. Todos los paisitos de América central estaban muriendo. El sur del mundo agoniza, boquea, y nosotros, encerrados en esa habitación, teniendo por toda compañía olor dulzón a desinfectante, una serie de espejos y los boleros que salen de los parlantes, somos los únicos sobrevivientes. La dictadura nos ha despojado de buena parte de lo que somos, quizá de lo que éramos: Pato, la Rusa, Barbeta, Turquito, Chamaca, Rata, Perla, Camilo, Negra, Robin, Quito, Paca…

Unos compañeros de la organización quieren hablar con vos, me dice la Chacha y se pone a examinarse las manos, la palma de las manos, los ríos que surcan sus manos de sur a norte, de este a oeste. ¿Para qué? No sé. Mañana, nueve de la noche, tenés que estar en Juan B. Justo y Cucha Cucha.

Lejos, muy lejos, en otro mundo, en un mundo de tinieblas.

Al mediodía, mientras comíamos unos panchos sentados en un banco del Jardín Botánico, las piernas abiertas, la cabeza inclinada hacia el sendero de tierra y piedritas rojas que empezó a llenarse de hormigas que se amontonaban alrededor de los hilos de mostaza y de ketchup, me dijo que no fuera a la cita. ¿Por? Tardó buenos segundos en responderme. Porque no es una cita, es una trampa, tienen dudas sobre vos, quieren comprobar si sos de los servicios. ¿Me estás jodiendo? No, ojalá. No saben cómo zafaste del allanamiento en la casa de la China, te van a levantar en la esquina en un Ford Falcon como si fuesen de la cana de civil y te van a meter en el auto y te van a interrogar tipo cana para ver cómo reaccionás. No lo puedo creer, están enfermos. Por eso te digo que no vayas. No, por eso justamente tengo que ir, para que dejen sospechar boludeces. Lo que pasa es que si en el medio de la operación se les cruza la cana o una patrulla de milicos el primero que va a caer sos vos. Claro, mis propios compañeros me van a pegar un tiro en la cabeza. Sí, es el reglamento interno. ¿Y por qué carajos la semana pasada me confiaron tres millones de pesos para que alquile un departamento con Fresco?

No fui a la cita. Me sentí como un cobarde almaenpena. Chacha les dijo que estaba decaído, gripe quizá, lo más oportuno era aplazar el encuentro para la semana siguiente. Y era gripe, nomás. También angina, las amígdalas del tamaño de una batata arremetiendo la piel del cuello como si quisieran quedar a la intemperie; fiebre, mareos, transpiración constante, los músculos reblandecidos. Dicho de otro modo: miedo. O agotamiento, desconfianza, incertidumbre, aprensión, desconsuelo, ganas de una cama en la que pudiera pasar más de una noche, ganas de un bife de chorizo con papas fritas y un flan con dulce de leche y después un buen Parissienes echado en un sillón, mirando la tele.

Miedo de verdad.

Fuimos a la guardia del hospital Fernández. La doctora me recetó antibióticos, analgésicos, gárgaras con un antiséptico, nada de cigarrillos, un baño de agua fría, reposo por una semana porque de lo contrario la infección podría extenderse y, me dijo con una sonrisa, podés morirte.

No quiero ir al Kentucky, hoy me da miedo el Kentucky.

No tenemos otro lugar adonde ir.

Tu casa.

¿Mi casa? Estás loco, no podemos ir.

Ya pasó un mes de la caída de la Negrita. Me siento muy mal, para la mierda. Necesito dormir, tomar esas cosas que me dijo la mina.

Bueno, vamos. Pero despacito, vamos a subir por la escalera.

¿Hasta el noveno piso?

Sí.

En el departamento estaba la madre de la Chacha, María Elena, revolviendo libros, sacando vajilla de un armario. Hacía unos meses que vivía en Brasil con dos de sus hijos, militantes también a los que había conseguido convencer de que se fueran del país. Una mujer linda, maravillosa. Estaba vestida con un conjunto de saco y pollera negros, el pelo rubio, ojos muy abiertos y claros. Abrazó a su hija llena de lágrimas. Me agarró de los cachetes. No sé quién sos, pero a ver si la hacés entrar en razones y se vienen los dos para Sao Paulo ya. Me metieron en una cama que estaba en un cuarto pegado a la cocina. Temblaba. Temblaba por todo. La Chacha se recostó a mi lado y se puso a acariciarme el pelo, el cuello. Desperté a la mañana con la Chacha al lado. ¿Y? Sigo para la mierda. ¿Pensaste en lo que dijo mi vieja? Sí. ¿Y? No sé, no sé, todo esto es una puta mierda. Estoy cansado, me siento mal, en este momento me iría a cualquier parte y dentro de unas horas no sé. ¿Qué no sabés? Irse o no irse. A mí me pasa lo mismo. Dejame dormir un poco más.

El pasaje de avión a Sao Paulo costaba tres millones de pesos. De la plata que me había dado la organización para alquilar un departamento con Fresco, me quedaba poco menos de dos millones. Medicinas, taxis, comidas, otros hoteles. La plata se va. Le di lo que tenía a la madre de la Chacha y ella puso el resto. Llamé a mi viejo. No podía huir así nomás. Ni centavo ni ropa. Es urgente, me tengo que ir del país, papá. Bueno, venite esta noche. Entonces él y su mujer, Marita, conocieron a la Chacha. Marita la miraba con un dejo de asco, mi viejo con apetito. ¡Años y años hablándome de la revolución y ahora te vas? ¿Encima me pedís plata para el pasaje? No te entiendo. Pero tomá, agarrá esta plata. La Chacha estaba a poco de mandarlo a la mierda cuando sonó el teléfono. Vaya uno a saber por qué, todos nos quedamos helados. Atendió mi viejo. Es para vos, me dijo. No, no quiero ni puedo hablar con nadie. Dice que es urgente, parece provinciano. El Oveja tenía un enojo de tristeza. No te podés ir, changuito; mi deber es arrestarte, lo tuyo y lo de tu compañera es una deserción. Me voy. No podés. Te mando un abrazo enorme, Oveja.

Marita me gritó ¡desagradecido! cuando la agarré de la mano a Chacha y le dije que teníamos que irnos de ahí ya, de inmediato. Bajamos corriendo los dos pisos por la escalera, la guita de mi viejo en la mano. Estábamos en la esquina de Cabildo y Virrey Olaguer y Feliú. A quince cuadras de la casa de la Chacha. Caminábamos casi en el medio de la calle, esquivando autos, asustados, sin decirnos nada, a puro pique. El Oveja apareció de pronto, desde la trompa de un auto. No se pueden ir así. No me puedo quedar, estoy mal. Sabés que los milicianos no se pueden ir sin un juicio. Me voy igual, nos vamos igual. Está todo podrido, Oveja. ¿Tienen armas? Sí, dijo la Chacha. Se las dejamos. Ya vas a volver, changuito, ya vas a volver.

A la mañana siguiente llamé a la mensajería desde un teléfono público del aeroparque. “Habla Ocampo, dígale al señor Sánchez que estoy bien, que no ha pasado nada, que me voy de viaje unos meses, que no se preocupe. Por favor, dígale que no se preocupe”.

Me fui del país con la ropa que tenía puesta: zapatillas flecha, medias de algodón blanco, vaquero desteñido, camisa a cuadros celestes y azules, canchera, de botones cromados a presión.

 

Sao Paulo, otoño de 1977. Una tarde, después de la partida de Mandrake hacia Quito, por debajo de la puerta del departamento del quinto piso de la calle Joao Lourenço asoma la punta de un sobre. Es blanco y tiene bordes celestes. Lleva una estampilla con la figura de un prócer patilludo y cara de marica. Un sobre patrio. Lo tomo y no busco el nombre del remitente. Quizá marzo, abril del setenta y siete. No me detengo a reparar en el remitente porque de antemano sé que es una carta de mamá. Voy a la cocina, me sirvo una copita de pinga, regreso al living, me tiro en el sillón y me pongo a leer. La letra de mamá está llena de imperfecciones. No es la letra de una mamá que te sirve el café con leche. Son frases enredadas, inconexas. Y ella había estudiado caligrafía, sus trazos siempre habían sido espléndidos y claros. Ahora es la letra de una mamáhija, una mamá desamparada. Una vieja con los pelos de punta. “A mi lado tengo un hombre apuntándome con una pistola a la cabeza, angelito mío. Dice esta gente que si no me envías rápidamente la dirección de Valladares, me llevarán y me harán cosas atroces. ¡Piensa en tu madre, mi ángel!”. Decía que un comando de militares vestidos como oficinistas había ocupado el segundo piso A del viejo departamento de Paraguay y Callao en el que yo había vivido. No me querían a mí, al Enano, lo querían al Oveja. El Oveja Valladares. Miembro de la conducción de Montoneros. Los milicos sabían que yo había pasado muchas noches en el departamento del Oveja. “Si no le decís a esta gente dónde vive Valladares, nos van a matar a los dos, a mí y a tu pobre hermano”. No, no, mi hermano Gonzalo no, que ya vivía en un departamento minúsculo en el centro; tampoco mi hermano Pato, del que poco se sabía porque después de hacerse médico se casó y se marchó a Comodoro Rivadavia, contratado por el hospital de YPF. Mi pobre hermano era Carlos, digo que decía mamá, que había tenido un paso fugaz por el emesebé y luego por la jotapé y en esos días estudiaba psicología y trabajaba de cajero en una sucursal del Banco Nación. Su vida andaba por otra parte. Mamá deambulaba por otra parte. ¿Matarlos? ¿A quién se le podría ocurrir semejante locura?

Me han dicho que el hijo menor siempre es el responsable del desequilibrio familiar.

 

De posdata, mamá me mandó la receta de la ambrosía, manjar de los dioses, néctar de la inmortalidad, el postre que me preparaba en cada cumpleaños.

Ella conocía al Oveja. A partir de 1974, cada vez que él venía de Tucumán y se quedaba en casa, jugaban a la generala y tomaban vino y hablaban de literatura vieja y de cine viejo; Tyrone Power, Mika Waltari, Orson Welles, Cary Grant, Dante, Rita Haywort, Balzac, ¡Honoré, mi ángel, Honoré! , me decía mamá entre sorbos de vino y eructos que le reventaban en la barriga. El Oveja reía. Era la primera cabeza a cortar en una nómina de condenados a muerte por la Triple A en Tucumán. Pero reía y echaba los dados y después se quedaba conversando conmigo en mi cuarto; él, acostado en un colchón, en el suelo. Hablábamos a oscuras. No hay como esas charlas en voz baja, sin luces que te distraigan, la nuca apoyada en un antebrazo y un pucho en la mano, la luz roja de la brasa en cada pitada; charlas que iban de la política al fútbol y del fútbol a Cortázar y de Cortázar a Sui Géneris y El dúo salteño y de la música a la necesidad absoluta de luchar y luchar hasta la construcción de un mundo nuevo. El Oveja te hacía olvidar los temores, al menos te hacía tomarlos como una contingencia de la cabeza. Todo parecía fácil porque todo lo hacíamos con alegría y seriedad, con soltura, con naturalidad. Creo que nunca lo escuché decir la palabra valentía o la palabra entrega o la palabra coraje. Palabras tramposas. Eramos los buenos, y a los buenos siempre les salen bien las cosas.

 

Los tipos lo querían a él. Lo que convertía en definitivamente patético el trance. A mi ya no me deseaban. Me sentí un idiota. Me pregunto si alguna vez esas criaturas venidas del más allá habrán querido cazarme. No, no. Me ignoraban, sólo les interesaba utilizarme como un puente que los condujera al escondite de Valladares. Me sentí doblemente idiota e inservible. Lo único que querían de mí era la delación. Por lo visto no había hecho méritos suficientes para convertirme en un enemigo de esa patria miserable que defendían, en alguien digno de ser perseguido, maniatado y ultrajado. Algo lamentable. La confirmación de mi insignificancia me desmoronó. Temblaba como un perro mojado en la calle. El desconcierto me condujo a la cocina, con la carta en la mano, y de la botella tomé cachaça hasta sentirme nuevamente un hombre libre. Durante media hora me quedé con los ojos puestos en una hoja de cuaderno en la que solamente había escrito “Querida mamá:”. Taché la frase y escribí: “Estimados señores:”. Inútilmente hice lo posible por sentir el mismo terror que seguramente sentían en ese momento mamá y Carlos. Esos hombres divinos estaban en mi casa, con mi mamá y mi hermano, y les importaba un pito mi existencia. Querían un dato, tan sólo una dirección. Y les escribí. En plural, desde luego. A ellos. ¿A quiénes? A ellos. Y les supliqué que dejaran en paz a mi mamá de la ambrosía y a mi hermano del asma y dibujé manzanas del centro de Buenos Aires y en la esquina de Marcelo T. de Alvear y Maipú planté una enorme cruz roja: aquí, escribí al pie del plano, en el octavo piso, en este edificio de fachada blanca, aquí lo tienen a Valladares. A continuación escribí mi posdata: ya les llegará la hora, hijos de una gran puta, y mis iniciales: jotao, que eran las iniciales de mi nombre de guerra en la milicia.

Nunca supe que fue de la vida del rector Quadri, el del turno noche del colegio Sarmiento, porque en ese departamento vivía él.

No recibí respuesta. Mi no mujer vomitó. Estaba embarazada de cuatro meses. Después de la última visita del cartero sin noticias, subimos a la planta alta de la casa de Geo y María, la madre de la Chacha, en la que vivíamos, y nos encerramos en el baño. Los dos, muy solos. En ese baño pequeño de azulejos violeta a morir. Echamos una toalla en el piso y nos acostamos, sin decirnos palabra. Estábamos así, acostados, con los brazos pegados al cuerpo, idos, callados, mirando el cielo raso del baño, repleto de manchas negras de humedad. El mundo se nos hizo mudo y vago, un mundo sin voces, un mundo sin cara ni recuerdos.

 

Cuando mamá vino de visita a Sao Paulo en un ómnibus de la compañía General Urquiza, semicama, cuarenta horas de viaje, en la cartera llevaba los documentos, unos pocos pesos, un lápiz labial, una petaca de whisky, un vaso Durax de vidrio marrón (lleno de costras amarillas en los bordes) y unos pañuelos de tela de algodón, color sepia, perfumados con lavanda inglesa Fulton. Y en un bolso de cuero viejo, marrón, cuarteado, un par de blusas y bombachas, unas fotos de ella a mi lado, en la barranca de Plaza Mitre, y un pantalón largo de lana verde. Mamá me relató al detalle el allanamiento. Me lo empezó a contar al amanecer, una hora después de haber llegado a la rodoviaria. Meta pinga y charla. Recién nos pusimos a llorar al mediodía, abrazándonos de una silla a la otra, a punto de desparramarnos por el piso. Mi no mujer ya se había levantado. Mamá estaba indignada por la falta de respeto y consideración de los muchachos que habían allanado su casa. Digo una señora rama de árbol genealógico intachable, señora indignada con escudos de familia colgados en las paredes del hall de su departamento de Paraguay al 1800, a un par de cuadras de Callao y Santa Fe, el centro de las buenas familias, mi ángel.

Me contó que era tarde, que había estado planchando unas blusas y unos repasadores, que se fue a dormir después de la medianoche y la despertó el olor a madera quemada. Había dejado la plancha encendida sobre la tabla. Cuando oyó los golpes en la puerta de madera maciza de la entrada, golpes raros, tipo manotazos, ella estaba en la cocina, de aquí para allá persiguiendo a las cucarachas que salían por las grietas de la tapa de hierro negro del incinerador que había en una pared de la cocina. Fue a las puteadas con el Flit y el vaso de vino blanco al hall y metió un ojo en la mirilla. Al otro lado de la puerta estaba la cara de muerto de Perico, un amigo, amigo de la familia, pibe que yo, cuando todavía no era el Enano, cuando era un adolescente sin futuro, al menos sin un futuro saturado de dramas, de fiestas, de calamidades, de mucha belleza y dolor como el que tuve, había conocido en el club vasco Laurak-Bat.

“¡Soy Perico, Beba!¡Abra, por favor!” Mamá abrió la puerta y detrás de Perico entraron en malón cinco, seis tipos armados. Perico lloraba. Carlos llegó al departamento en la madrugada. A pesar de los alaridos de mamá, lo llevaron a un cuarto y empezaron a golpearlo y Carlos a sentir el ahogo del asma, casi a desvanecerse. Esa noche, y en las posteriores, los grupos de tareas secuestraron a varios amigos del club vasco. Carlos, Pedro Greaves y Ramón Arozarena. Los torturaron en algún cuartel militar y un par de horas más tarde los dejaron de vuelta en casa. Lo único que les exigían los tipos era que entraran en razón y colaboraran en la entrega de Valladares. Todos dijeron que sí, que lo harían. Si no colaboran, les dijeron, vamos a matar a sus familias.

¿Qué otra cosa podía hacer?, me dice mi hermano Carlos.

Del destino que les tocó en suerte a Adriana Zorrilla y Jon, hermano de Ramón, nunca más se supo. A él lo secuestraron en su casa; a ella, a puro sol, en una sucursal de Bonafide, donde trabajaba.

Una semana estuvieron en la casa de mamá. Esperaban al Oveja. Esperaban que algo sucediera en ese departamento de sesenta años habitado por una señora con aire de una Rita Haywort borracha linda y malhumorada.

Entonces comenzó la cacería de Valladares. Carlos y Perico fueron la carnada.

 

A mamá los milicos le enseñaron a jugar un juego de cartas que ella me enseñó cuando vino a visitarme. Wiss, lo llamaba ella. Supe más tarde que había sido un juego de las clases nobles inglesas, que lo jugaban en la corte de Luis XIV, que lo jugaba Napoleón, que el cuarto conde de Sandwich lo jugaba sin alejarse siquiera un minuto de la mesa y por eso les pedía a sus sirvientes que le metieran cualquier feta de carne en el centro de un pan abierto al medio, y que Shakespeare hablaba de una versión anterior de ese juego en alguna de sus obritas. A los tipos mamá les gritaba en la cara: “¡Quiénes son ustedes, qué quieren!”. Minutos después les cocinaba buñuelos de arroz y acelga y les servía vino blanco frío y jugaban al wiss. Un juego que reúne intuición, suerte y un cacho de sabiduría. Juego de bazas. Todavía lo juego. Muchas veces, cuando lo juego ya borracho o fumado, ahí está mamá, en el departamento de Paraguay y Callao invadido por una banda de tipos ásperos, diría Marlowe, unos locos de cuarta que de pronto le dejan en su cama un par de fusiles y mamá Rita que entra en su cuarto y se pone a putear y tira los fusiles al suelo y dos tipos que se meten en el cuarto, a los gritos, pistola en mano, y ella (¿señora de qué edad? ¿más joven de lo que yo soy ahora?), en bombacha y corpiño negros, con una porción del culo apoyada en el borde del colchón, las piernas desnudas y abiertas en abanico, como si estuviera pelando chauchas, el vaso Durax de vidrio marrón, hasta el tope de vino blanco en una mano, y un cigarrillo Le Mans en la otra: ¿Ustedes piensan que yo puedo dormir con estas porquerías en mi cama? ¡Salgan de acá, zánganos! Los tipos, me contó mamá, agarraron los fusiles y salieron a los piques del cuarto y cerraron la puerta sin hacer ruido. Después ella les cocinó una tortilla de papas con ensalada de lechuga y tallos de acelga empanados. Y entonces vino ese asunto de las cartas y el wiss. Todos hundidos en alcohol de Peñaflor blanco y ginebra Llave, jugando al wis y escuchando a Sinatra y Tom Jobim en el tocadiscos Ken Brown que yo había comprado con mi hermano en un comercio de la Nueve de Julio y Santa Fe, en cuotas, mi padrino Failo de garante, que de garante, ya a mediados de 1976, pasó a tratarme de subversivo y en una cita que tuvimos en un banco del andén de la estación Belgrano R del ferrocarril Mitre hizo todo para entregarme a sus colegas de la dictadura, porque era su deber, me dijo, porque había sido coronel de la patria y no podía aceptar un trapo rojo y él iba a defender la bandera de Belgrano aunque tuviera que meterme, a mí, a su ahijado, en una celda.

Se me hace que el primer disco que escuché en ese tocadiscos fue Instituciones, de Sui Géneris, o quizá Joe Cocker.

Mamá y cuatro tipos de un grupo de tareas, todos borrachos, metidos en una partida de wis, o de generala, un par de pistolas sobre la mesa, esperando la llegada de un tipo al que iban a secuestrar, o, si fuera necesario, matarlo a los tiros. Y el tipo era el Oveja o algún hijo de mamá. No eran muchachos malos, me dijo mamá, eran unos zanguangos persiguiendo a zanguangos como vos y el grandulón de tu hermano Gonzalo, me dijo. Y además no hacían trampa en el juego. ¿Era verdad, mi ángel, que Valladares estaba metido en esa estupidez de la guerrilla, como me decían ellos? Nunca les creí. Si Carlos era un muchacho tan educado y agradable…

 

Después de contarme todo eso patinó en el baño y fue a dar con la pera en la tapa del inodoro. Era la primera vez que veía su sangre. Demasiado ligera, como sangre apurada. No sé por qué sentí rabia, mucha rabia, no hacia ella, no. Era rabia a todo el encadenamiento de cosas que habían hecho que yo estuviera ahí y mamá también ahí, borracha, despatarrada en el piso del baño de un departamento de mierda en la caótica Sao Paulo, al cabo de cuarenta horas de viaje, con un hilo de sangre que ya le recorría el cuello. Le limpié la herida con espuma de jabón de lavar la ropa, le puse unas gasas y ella, con un brazo apoyado en el inodoro, se puso a reír. No conseguía levantarse. Le busqué un vaso de pinga. Lo tomó en dos tragos y dejó el vaso seco sobre la tapa del inodoro. Se acomodó las mangas cortas del vestido y mientras estiraba los brazos para que yo pudiera ayudarla a levantarse, dijo que tenía ganas de amasar fideos. En casa no había palo de amasar. Llenó de agua una botella de pinga Ypioca, tipo la de ginebra Bols, le hundió un corcho en el gollete y estiró la masa con genio en un par de minutos, mientras zumbaba “yo vendo unos ojos negros/Quién me los quiere comprar…”, con un faso haciendo equilibrio entre esos labios siempre mal pintados de rojo.

 

El Oveja vino dos veces a Sao Paulo. La primera vez en el verano de 1977. La abuela renga de la Chacha me despertó clavándome un dedo en el hombro y me dijo que había una persona que preguntaba por mí, un argentino de acento pajuerano que decía llamarse Carlos. Por primera vez en esa ciudad de mierda alguien preguntaba por mí. Bajé la escalera de a dos escalones. Nunca le pregunté, y él nunca mencionó el asunto, cómo había conseguido mi dirección. Pero estaba ahí y yo en calzoncillos, descalzo, mal aliento, despeinado, todavía sin comprender si lo que estaba ocurriendo estaba ocurriendo de veras o no era más que imaginación. ¡Qué bueno verte, changuito! ¿Estás bien, sin problemas? Qué decir. Me citó a las cinco de la tarde en la Praça da Independença, centro muy centro trastornado de Sao Paulo. El iba a rodear la plaza caminando en el sentido de las agujas del reloj; yo debía hacer lo contrario. El célebre encuentro fortuito. Pero estábamos en Sao Paulo y quería creer, quería y quería y necesitaba tener la certeza de que en Brasil estaba a salvo. ¿Una cita así, a lo montonero, en Sao Paulo? Cuando nos encontramos de casualidad frente a un puesto de venta de rodajas de ananá al paso, nos abrazamos y enfilamos hacia la avenida Sao Joao. Con una mano apoyada en mi hombro dijo: secuestraron a mi vieja en Tucumán. Se la llevaron hace semanas. Son unos hijos de puta. Una vez más: qué decir. Empequeñecía, empequeñecía. A su lado yo era un sorete. El Oveja tenía todo el derecho y la autoridad para aplastarme contra la vereda sucia de la avenida Sao Joao junto a los forros rellenos, los puchos, las chapitas de cerveza, los vómitos de los encurdelaos, las gotas de sangre de los pinchudos de cocaína, las billeteras robadas y vacías. En realidad, changuito, vine a buscarte, hablé con algunos compañeros y no te van a hacer juicio por haber desertado. Necesitamos que vuelvan los buenos compañeros.Buenos compañeros, ahora sí. Sí, le digo que sí. Que entonces sí. Volveré. Acordamos vernos en un mes. También le digo que no tenga ningún tipo de comunicación con mi hermano Carlos y con Perico: están trabajando para entregarte a los milicos. No me cree. No los llames, no aparezcas por esos lugares. Te quieren entregar.

Le cuento a la Chacha lo que hablé con el Oveja, que decidí volver a Buenos Aires, no tiene sentido y es una guachada estar acá mientras están matando y secuestrando a todos nuestros compañeros. Ella llora, mucho llora, me abraza, me besa las mejillas, me aparta, vuelve a abrazarme y dice: estoy embarazada.

 

El Oveja regresó a Sao Paulo en diciembre, dos meses después del nacimiento de Verónica. Trajo talco, perfume, pañales y cositas más para mi hija. Andaba de cara ausente, los ojos no le brillaban como siempre los había visto brillar, a lo tucumano, si es que existe un brillo de ojos genuinamente tucumano. Que la pena que le había causado corroborar que mi hermano Carlos y Perico hicieron todo lo posible para entregarlo a los milicos; que los montos estaban locos. Que el naufragio de la causa. ¿Y vos qué hacés para vivir acá, changuito? El Oveja ya era Juan, miembro del Consejo Nacional Montonero, secretario de Relaciones Internacionales del Departamento América Latina. La noche de la despedida comimos una pasta a la scarparo y tomamos vino Chianti en la cantina Montecchiaro, en el barrio Bixiga, barrio de bohemios, artistas, de falsas bahianas vendiéndote acarajé en la calle y fumones echándote humo de maconha en la cara. A la mañana, bien temprano, lo acompañé al aeropuerto de Congonhas. Se perdió por una escalera mécanica con un brazo en alto. Me contaron que a la mañana siguiente, en el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, una banda de milicos argentinos y uruguayos lo apresó. Lo llevaron a la oficina de Migraciones, en el primer piso del aeropuerto. Se tiró por la ventana. Después se puso a correr, o a renguear, o a arrastrarse por el asfalto, qué importancia tiene, al grito: “¡Un montonero no se entrega ni se rinde, carajo, muere peleando!”. Y se desplomó en la vereda. Había masticado la cápsula de cianuro.

Con la muerte del Oveja se descuadernó una de las últimas piezas del rompecabezas que me quedaba en pié. Lo lloré, claro que lo lloré. Y todavía hoy, entre sueños, sigo extrañándolo.

 

Hermanito, una reflexión final. Anoche me atacó el insomnio. Para aliviarlo pesqué una edición de bolsillo de ‘El Estado y la Revolución’, de Lenin, que terminé de leer en el solitario desayuno de esta mañana.

Lo primero que tuve que admitir es que mi idea de que el imperialismo como fase superior del capitalismo era de él y no de Carlitos Marx, y lo segundo fue recuperar mi admiración por la claridad y agudeza de sus ideas y análisis de los sucesos de esa época. Lo tenía un poco olvidado, seguramente.

Me atrevo a afirmar que sigue siendo actual la descripción del papel del estado, su origen y sus fines últimos. Y como acabo de enterarme de una edición en comic-manga de El Capital, concluyo en que voy a volver a repasar a Marx, ya que sigue siendo el mejor punto de apoyo para analizar este caótico momento de la historia. Tal vez debamos esperar a otro Lenin para definir la estrategia. Eso si, esta relectura al materialismo tal vez la realice desde el cinismo, en su más puro sentido filosófico.

Porque… si tu y yo volviésemos a tener ahora la edad que teníamos en esos tiempos… ¿no sería tan legítimo pensar y actuar de la misma forma que entonces? ¿Ha cambiado algo? ¿Ha cambiado tan profundamente algo en el mundo que invalide lo que hicimos y los motivos por lo que hicimos?

Entonces… ¿por qué no encontramos en la sociedad actual esos movimientos revolucionarios? ¿Por qué son más que nunca utópicas nuestras utopías? Hay un tipo que se llama Slavoj Zizek que escribió un ensayo que creo que se llama ‘La tetera’, que no he leído aun, pero he visto una serie de tres episodios para la tele, en la que discurre sobre la influencia del cine en la (de) formación de la ideología dominante. Y puede ser parte de la explicación del por qué de este adormecimiento (tal vez de pentotal del Dr. Lotto), que no importe que nos den por el culo y encima debamos pedir perdón si gritamos muy alto.

Bueno, creo que lo que necesito es una pareja (preferentemente femenina) que escuche estos desvaríos dentro de un silencio admirativo y me recompense con una amorosa felación.

Me voy a tomar otro café. ¿Que tal las fotos que te mandé?

Besos, abrazos, carantoñas y achuchones varios para todas y todos.

 

PD: cuando termines el libro espero recibir un ejemplar con tu autógrafo y algunas palabras serias, no las gilipolleces de las que estuvimos hablando en estos meses.

 

Buenos Aires, febrero del 2014

Querido Gonzalo, supongo que el libro ya está escrito. Lo miré apenas por encima y esta tarde lo despaché a la editorial. Dicen que lo publicarán este año. Por momentos pienso que lo mejor que me podría ocurrir es que tiraran todo a la basura. Todavía no consigo amigarme mucho con lo que escribí. Y mirá que laburé, que pasé meses y meses como un enfermo pensando en el libro, que tenía que escribirlo pero al mismo tiempo no podía hacerlo. Me encerraba horas en mi estudio y nada brotaba. Nada, hermano. Estaba de cara al monitor y de pronto me ponía a pensar en Chiche, en Lennon, en Tony, en la vieja, en vos, en el Oveja, en la China, en el Enano, en Javier…, y entonces los dedos no se movían, me atacaba el pánico.

Hace unos días un amigo me mandó un correo electrónico con unas palabras de Juan Gelman, algo que dijo en alguna entrevista que le hicieron cuando recibió el Premio Cervantes:

“No sé, si uno pudiera escribir lo que quisiera… pero se escribe lo que se puede. La verdad es que me resulta muy difícil saber lo que hago, definirlo en términos críticos. Lo único que sé es que necesito hacerlo y que nunca me alcanza. Nunca, no sé si es por pereza o por virginidad fingida. Siempre recuerdo una anécdota que me contó mi vieja, una leyenda rusa. Una vez estaba una arañita ahí al borde del camino y pasa un ciempiés. Entonces, la araña le dice: “Señor ciempiés, qué complicado, ¿cómo hace para caminar? ¿Con los cincuenta pies izquierdos primero, cincuenta después de la derecha, diez y diez, uno y uno?”. Y el ciempiés se puso a pensar y no caminó nunca más”.

 

Gran abrazo, y también esas cosas de carantoñas y achuchones que no sé qué mierda quieren decir, pero te las retribuyo.

Besos y abrazos. Espero verte pronto.

Hernán, un ciempiés apurado.