Por Mario Santucho y Sebastián Rodríguez Mora / Revista Crisis | Jair Messias Bolsonaro ganó el balotaje con casi 58 millones de votos (55%) y es el nuevo presidente electo de Brasil. El cambio resulta tan lacerante que cuesta captar su significado y alcance. Para encontrar un antecedente de la misma magnitud aunque opuesto en su orientación ideológica, hay que remontarse al primer gobierno de Lula quien en 2002 alcanzó el 61% de los votos con un partido de origen antisistema.

Anoche escuchamos el resultado, precisamente, en el búnker del Partido de los Trabajadores (PT) en el hotel Pestana de San Pablo. Allí no solo se palpaba, entre el estupor y los sollozos, la clausura de un ciclo político; también podía olerse el comienzo de una etapa oscura cuyos efectos se sentirán en Argentina. “No tengan miedo, nosotros estaremos aquí, estaremos juntos”, intentó tranquilizar el candidato perdedor Fernando Haddad (47 millones de votos, 45%), sin restarle dramatismo al desenlace.

Lo que sigue es un intento por comprender de dónde extrae Bolsonaro su fortaleza, cuál es el nuevo mapa del poder político en Brasil y qué puede acontecer cuando el ultraderechista que ganó gracias al apoyo popular asuma la presidencia el 5 de enero de 2019. Para esbozar este análisis en tiempo real conversamos con dos diplomáticos de Itamaraty, un experimentado periodista del jornal O Globo, un dirigente de la conducción nacional del Movimiento Sin Tierra (MST), un fino analista argentino de la política internacional y decenas de brasileños de a pie.

Luz larga

Si se quiere interpretar a Bolsonaro es preciso tener en cuenta dos procesos políticos contemporáneos que crearon las condiciones para su emergencia, indica el periodista que trabaja en O Globo y pide mantener su identidad en reserva. De un lado, la “lenta, gradual y segura” (al decir del último presidente de facto Ernesto Geisel) transición a la democracia, digitada por los militares a partir de 1982 y consagrada en 1985 con la elección del emedebista José Sarney (candidato a vicepresidente de Tancredo Neves, político experimentado que enfermó gravemente muy poco antes de asumir).

Luego de dos períodos de inestabilidad, que incluyeron la irrupción y caída de otro “salvador de la patria”, el inefable Fernando Collor de Melo, emergió una gobernabilidad consistente durante los dos mandatos de Fernando Henrique Cardoso (PSDB) y su Plan Real, análogo a la Convertibilidad menemista. La gran diferencia con lo sucedido en Argentina a comienzos de siglo es que entre Cardoso y su sucesor Lula existió más una continuidad que un cisma, como el experimentado en diciembre de 2001 entre nosotros. Según una periodización recurrente entre algunos analistas brasileños, se ubica a la etapa 1995-2008 como una década virtuosa por el crecimiento económico y la redistribución de los ingresos en el marco del primado de las reglas democráticas. En esa manera de leer el pasado reciente la crisis financiera internacional funciona como bisagra para un devenir descendente que se acelera durante los gobiernos de Dilma Rousseff.

El segundo elemento clave que explica el surgimiento de la ola bolsonarista es la consolidación del PT como principal partido moderno de Brasil, el único con bases sólidas en todo el país, capaz de aglutinar a distintas corrientes de la izquierda, con densidad intelectual y un activismo surgido de muy distintos estratos sociales. Cuando Lula finalmente accede a la presidencia en 2003, el Partido de los Trabajadores “salta” (y no “asalta”) al Estado ubicando a buena parte de su militancia en las más diversas casamatas institucionales.

La estabilización del sistema político, entonces, implicó una polarización entre un partido ideológico de izquierda y un partido pragmático de centro. El dato a tener en cuenta es que la derecha ideológica permaneció excluida del juego de poder (solo hubo espacio para la derecha “fisiológica”) hasta que “la lenta, gradual y segura” crisis de la representación hizo su trabajo de zapa para asegurarle un lugar en la escena.

Las tres patas de la mesa

La serie corta del ascenso de Bolsonaro comienza con las grandes protestas callejeras de 2013, que mostraron el hartazgo de amplias masas de la población con las políticas económicas de Dilma. En noviembre de ese mismo año el Parlamento aprobó una ley que habilitó la delación premiada, eslabón clave para la apertura del Lava Jato en abril de 2014. En marzo de 2015 se inicia el impeachment contra la presidenta Rousseff, acompañado por otra ola de enormes movilizaciones a favor de la destitución que culminaran en agosto de 2016 con el golpe institucional que expulsa al PT del gobierno. Otro acontecimiento decisivo tiene lugar con el encarcelamiento de Lula en abril de 2018 y su posterior proscripción de la contienda electoral, cuando lideraba todas las encuestas de intención de votos.

En el transcurso de esta lenta agonía del ciclo progresista, las tres corrientes de la derecha ideológica que habían permanecido subterráneas convergieron en torno al candidato Bolsonaro y su poder de fuego en las redes sociales. En primer lugar, la derecha nacionalista representada por oficiales del ejército “en reserva” como el propio presidente electo. De las filas de este sector también proviene el vicepresidente de la fórmula, Antonio Hamilton Mourão. Y uno de los tres ministros nombrados por Bolsonaro durante la campaña, Augusto Heleno, quien asumirá la cartera de Defensa.

El segundo contingente es el conservadurismo religioso, tanto católico como evangélico. Vale la pena mencionar a Everaldo Pereira, líder de las Asambleas de Dios y presidente del Partido Social Cristiano, una de las formaciones que aupó a Bolsonaro en su zizagueante trayectoria; y Edir Macedo, dueño de la Iglesia Universal del Reino de Dios y de la segunda empresa mediática del país.

El tercer afluente es el neoliberalismo ortodoxo en la economía, consecuentemente crítico de los gobiernos del PSDB y del PT, por considerarlos estatistas y clientelares. Paulo Guedes, un Chicago gentleman convencido, estará a cargo del ministerio más importante del gobierno, desde donde anuncia privatizar las empresas estatales, entre ellas Petrobras.

La irrupción de esta extrema derecha conmovió el escenario y desarmó los planes del “círculo rojo”, que había apostado a desalojar al PT del gobierno para reponer al centrão en el comando. Según la explicación del jornalista consultado, la incapacidad del PSDB para entronizar un candidato competitivo y el cálculo de Lula que decidió elegir como antagonista a Bolsonaro, colaboraron para que este último se proyectara con una potencia inusitada. Como consecuencia, los partidos históricos del centro (tucanos y emedebistas) se hundieron. El resultado implica un cambio de fuste en la regla principal que estructura al sistema político, ya que a partir de ahora la polarización enfrentará a dos agrupamientos ideológicos, uno de izquierda y otro de derecha, con el recalentamiento de la conflictividad que eso implica.

Nadie sabe lo que puede un charlatán

Un axioma que circula en la intelligentzia brasilera sugiere que Bolsonaro no podrá concretar lo que su verba incendiaria anuncia. “La democracia en Brasil está siendo puesta a prueba”, admiten dos diplomáticos de la embajada en Buenos Aires que también solicitan estricto off. Pero confían en la capacidad de las corporaciones para domesticar las ínfulas antipolíticas del nuevo presidente, una vez que el candidato se “baje del palenque”. Entre ellas la propia Itamaraty. El Tribunal Supremo de Justicia. El Ministerio Público, “orgullo” de los republicanos brasileños por su carácter independiente. Y sobre todo las grandes empresas que definen los trazos gruesos del rumbo nacional, mas allá de los gobernantes de turno. En cuanto a las Fuerzas Armadas, si bien el Ejército no esconde sus simpatías por el mandamás surgido de las propias filas, es conocida la poca estima de la Armada y la relativa distancia de la Aeronáutica.

Algunos ejemplos parecen avalar la tesis del amansamiento. Bolsonaro anunció que trasladará la embajada en Tel Aviv a Jerusalén, pero eso podría complicar las cuantiosas exportaciones brasileñas al mundo árabe. También insinuó sospechas sobre las inversiones chinas en el país, lo que motivó críticas entre los hombres de negocios.

En el plano interno, las predicciones sobre un giro autoritario a “lo filipino” o “fujimorista”, dicen los vaqueanos de Palacio, suenan poco verosímiles. El razonamiento es atendible: “Brasil es un país demasiado grande y se precisa mucho poder para introducir mutaciones significativas en su estructura”. O más metafóricamente “Brasil es un transatlántico, no es tan fácil cambiarle el rumbo de un día para el otro”.

La pegajosa telaraña parlamentaria quizás funcione como otro elemento apaciguador. El presidente electo ya designó como Ministro de la Casa Civil a Onyx Lorenzoni, del partido Democrátas, nueva denominación del PFL, uno de los apoyos principales que tuvo la dictadura. Este experto en componendas fisiólogicas será el encargado de entretejer alianzas en un Congreso super atomizado. Para muestra basta un rápido repaso de la Cámara de Diputados resultante, donde el PT será la primera fuerza con 56 bancas (aunque perdió 13 representantes); muy cerca, con 52 escaños figura el PSL de Bolsonaro; el MDB, partido del saliente presidente Temer, se vino abajo al perder 32 diputados y conserva una bancada de 34; mientras el PSDB redujo su influencia a 29 asientos. Los restantes 342 legisladores se reparten entre 26 partidos chicos, muchos de ellos especializados en la rosca.

Tampoco será fácil el vínculo con los poderes regionales. En solo tres estados triunfaron gobernadores del partido de Bolsonaro: Santa Catarina, Rondônia y Roraima, aunque en Rio de Janeiro ganó un miembro del PSC que pertenece a la coalición del “Capitão”. Mientras otras diez provincias declararon su propósito de aliarse al nuevo presidente, ya sea por oportunismo o convicción, entre ellos el gobernador electo de San Pablo, Joao Doria, integrante del PSDB de Fernando Henrique. Por su parte, el PT obtuvo cuatro estados, todos en el nordeste: Ceará, Piauí, Bahía y Río Grande do Norte, donde Fátima Bezerra se convirtió en la única gobernadora mujer del país. Pernambuco, Paraíba y Espírito Santo en manos del PSB, Sergipe y Paraná a cargo del PSD, Amapá en poder del PDT de Ciro Gómez y Maranhao gobernado por el Partido Comunista do Brasil, completan el hemisferio de izquierda de la Federación.

El razonamiento de quienes diagnostican un gobierno frágil señala también las contradicciones programáticas que se explicitaron en plena campaña. Uno de los deseos más fervientes de Paulo Guedes consiste en privatizar las empresas estatales, entre las que se cuentan Petrobrás, Electrobrás, el Banco de Brasil y la minera Vale. El anuncio fue observado por el sector nacionalista militar y obligó al propio Bolsonaro a mediar en lo que se anuncia como una resonante disputa interna.

Pesimismo en la sinrazón

Gilmar Mauro es miembro de la dirección nacional del MST y advierte que ya no hay margen para el optimismo a prueba de bala que obnubiló a la izquierda brasilera en la coyuntura reciente. Su diagnóstico es que Bolsonaro está llamado a radicalizar el programa de reformas económicas impuesto por Temer, a partir del aval otorgado por las urnas. Ese detalle será aprovechado por el gran capital que exige, además de las privatizaciones, una nueva reforma previsional, el ahondamiento del ajuste fiscal y una apertura comercial sin matices. Son las medidas que se apresuró a anunciar el futuro Ministro de Economía en medio de los festejos dominicales, en la misma conferencia de prensa donde sentenció que la Argentina y el Mercosur no serán socios prioritarios del esquema a implementar.

Tampoco será fácil echar a Bolsonaro de Brasilia en caso de una pronta pérdida de apoyos, sostiene Mauro, pues el vicepresidente pertenece a la casta militar que funcionará como garante de la estabilización. No es difìcil imaginar el miedo que el ejército, las policías y las empresas de seguridad privada van a inocular en amplias capas de la población. Antes de ayer ocurrió un hecho que vale como anticipo de lo que vendrá: “Un histórico dirigente del movimiento, Jaime Amorim, fue detenido el sábado en Pernambuco mientras repartía publicidad de la fórmula Haddad-Manuela. Primero llegó un grupo de bolsonaristas y comenzó a provocar a los compañeros, lo que motivó un altercado. Entonces vino la policía y lo apresó. Luego descubrimos que los agresores eran militares y policías vestidos de civil, que hacían campaña para Bolsonaro”.

El punto clave es que la consagración de un personaje autoritario significa el estímulo de las fuerzas más retrógradas de la sociedad que van a sentirse habilitadas y saldrán empoderadas a la calle. “La izquierda siempre habló de radicalizar la lucha de clases pero no pasó del discurso, y entonces fue la derecha quién radicalizó”. Los movimientos sociales que utilizan la ocupación como parte de su repertorio de acciones (y otros métodos que rozan las fronteras de la legalidad y amenazan la propiedad privada) serán apuntados como blancos privilegiados y tendrán que extremar a su turno las medidas de seguridad. El activismo ambientalista ya comenzó a recibir serias amenazas, desde que el conglomerado victorioso se propone avanzar sobre la Amazonia luego de denunciar un complot ecologista internacional.

Desde la perspectiva geopolítica, el giro de Brasil consolida exponencialmente la influencia de Estados Unidos en el Cono Sur, en tándem con Colombia y con el beneplácito de Chile y la Argentina. Hay quienes preanuncian una intervención militar en Venezuela (el enemigo externo), amén de la intensificación de la “guerra civil” que ubica al narcotráfico como objetivo interno y se cobra más de 60 mil asesinatos por año, la mayoría de ellos jóvenes de las periferias. Para el investigador Juan Gabriel Tokatlián, se trata de un desplazamiento que ya está transcurriendo y puede intensificarse: “por primera vez el año pasado se hizo una maniobra militar conjunta en el Amazonas, entre las fuerzas armadas de los Estados Unidos, Brasil, Perú y Colombia. Es un cambio considerable si tenemos en cuenta que la Amazonía era el epítome de la zona de exclusión para los norteamericanos. Estimo que Bolsonaro va a reforzar los lazos con el Comando Sur y en general con Washington”.

Un asunto más inquieta a Tokatlián: “Es qué sucederá con la política nuclear de Brasil. Hasta ahora mantenemos un protocolo de compromisos compartidos y tenemos un mecanismo que es la Agencia Brasilero-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC), con la cual nos inspeccionamos mutuamente. Si Brasil modifica algo en la materia, puede convertirse en un dolor de cabeza para la Argentina. En ese punto seguramente van a jugar las restricciones que el propio Estados Unidos le imponga”.

La noche de los progresistas

El PT resistió como pudo la feroz embestida que padeció en los últimos años y será el principal partido de la oposición. Pero no es seguro que consiga recuperar la iniciativa y alumbrar un nuevo horizonte de poder. Para relanzarse necesita resolver al menos tres entuertos que lo inmovilizan y le amputan alcance estratégico: la proscripción del líder, que quizás continúe en la cárcel por varios años (¿refulguirá su estrella si “al mito” le queda grande el Planalto? ); la sombra de la corrupción, que es el núcleo duro de sentido en torno al cuál se organiza un antipetismo mayoritario; y la asociación de los gobiernos de Dilma con una política económica defectuosa de efectos negativos para los sectores populares.

En su seno ya se debate si convocar a un Frente Amplio para coordinar la resistencia y alimentar el reformateo de una izquierda que permanece desorientada (como propone “desde afuera” Guilherme Boulos, candidato a presidente del PSOL); o encarar la construcción de una fuerza de defensa de la democracia, que implicaría más pragmatismo y menos ideología, además de un corrimiento hacia el centro del espectro político.

Lo cierto es que la resistencia a la derechización feroz ya comenzó en las calles de Brasil y durante los últimos días se expresó con una vitalidad alentadora. Son las nuevas sujetividades que desbordan las estructuras cupulares y están creando una narrativa de rechazo visceral, sobre la base de valores y afectos de otro orden. Pero no hay lugar para la esperanza retórica ni tiene sentido inflar los globos de un optimismo de circunstancia. Brasil da miedo. Y es muy posible que todavía no hayamos visto lo peor.

 

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