Por Carlos Saglul | Jaime Durán Barba sabe que explicar al sufrimiento del presente como precio de un futuro que nunca llegará es una vieja “turrada” de pastor electrónico que tiene fecha de vencimiento cuando el hambre comienza a aullar en el estómago.

El publicista está convencido de que las masas no están conformadas con hombres con pasta de héroes. Que se trata de gente que se aferra a cualquier esperanza con tal de no enfrentar el miedo que trae aparejado cuestionar al Poder. “Mejor no saber”, “en algo andarán”, “yo, argentino”, resuena.

Después de la economía, lo que más preocupa a los argentinos es la inseguridad.

Tanto la inseguridad tangible como la simbólica, asociada a perder lo que se tiene: trabajo, casa, el estudio de los hijos, la obra social. Hacia allí enfiló la operación “bolsonemos a Macri”. Todo se encamina hacia un gran tiroteo electoral.

 

Matan pero nos cuidan

Los medios de comunicación andan como un barrefondo por la memoria de los argentinos. ¿Quién se acuerda ahora de la RAM, presunta célula terrorista mapuche?, ¿sus arsenales y contactos con el terrorismo internacional? Ahora optaron por meter presos a dos pibes de descendencia árabe y convertirlos en terroristas por unos días. Juntaron unas armas viejas de un pariente libanés y con eso dibujaron un arsenal terrorista para la tapa de los diarios.

También fue tapa el resucitado terrorismo anarquista con el excéntrico objetivo de hacer explotar a un represor muerto en el siglo pasado, como si fuera posible ajusticiarlo dos veces. La policía anduvo de acá para allá detonando explosivos que resultaron pollos frescos, algún olvidado bolso con ropa interior, cajas vacías dejadas por cartoneros desmemoriados. La sobre-actuación de la seguridad durante la reunión del Grupo de los 20 en Buenos Aires, recordó a La Guerra de los Mundos de Orson Welles.

Como no hay puntada sin hilo. Con la excusa de la visita de los presidentes de las naciones “más poderosas”, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich reglamentó la denominada doctrina Chocobar consistente en fusilar pobres por la espalda.

Ya no se trata de imponer el “¡roban pero hacen!”. Ahora sería como en la dictadura “Matan pero nos cuidan”.

 

Colonizados hasta el alma

“¿Quién dijo que en la villa no hay gente decente, que son todos chorros?”. La frase es generalmente expresión de la clase media, algunos de cuyos sectores adquirieron plasma, aire acondicionado en doce cuotas con los K. Después se lo compraron a Mauricio Macri, eso sí, al contado junto a sus brotes verdes del país de Nunca Jamás. Es su manera de defender la supuesta “dignidad de los pobres”. Colonizados hasta el alma, defensores ardientes de la propiedad antes que de la vida: piensan que matar se puede perdonar, robar jamás.

No es tarea fácil medir la decencia entre los pobres dedicados “al choreo” y aquellos que se enriquecen “legalmente” haciendo un infierno de la vida del prójimo. Gente que nunca pasó necesidades límites, jamás se preguntaría siquiera si es delito robar para comer o comprar remedios a un hijo. Les cuesta entender que los pibes “se bancan” el respeto por la propiedad privada hasta que el hambre se transforma en tortura. Cuando ven a los viejos morirse sin medicamentos, a las hermanas prostituirse y la única fuente de trabajo es vender droga. De a poco matar se transforma en una manera de sobrevivir. Y entonces no queda más que correr, correr y correr hasta que te fusilan por la espalda. Muchos de esos chicos ya están muertos cuando caen bajo las balas de la policía. El Estado ausente los mató dos veces. Les negó una vida digna. Los condenó a una muerte peor.

 

Armados para defenderse del otro

Organizarse. Poner la solidaridad en lugar del odio que se siembra desde el Estado. Hay esperanzas. Pero es difícil. El monstruo es grande y pisa fuerte. Tiene los medios, la policía, los jueces.

¿Quién es el criminal? ¿El chorro que afana una farmacia, o el CEO del Laboratorio que roba millones poniéndole los precios que se le antojan a los medicamentos con la complicidad de funcionarios y políticos? A ninguno de ellos le importa un bledo la existencia de aquellos cuya vida depende de esos remedios. Los fármacos son para ellos un medio para enriquecerse. No les interesa que le salven la vida a la gente. Cuantos más enfermos más ganancia, por eso, cero medicina preventiva. Medicamentos para todos… los que puedan pagarlos por supuesto. Honestidad y deshonestidad, tiene un profundo contenido de clase. Muchos propietarios creen que vale la pena perseguir y convertirse en el asesino de un “chorro” que le “afanó” la caja del día o lo intentó.

¿Qué periodista no sabe que en este país hace rato todo tipo de delito está estatizado? Los organismos del Estado administrados por muchos de los que se enriquecen con el delito resultan encargados de terminar con el delito. Es como esos casos, donde quien toma la denuncia del robo es en realidad el ladrón. ¿A quien le interesa terminar realmente con el delito?: prostitución, drogas, juego, trata de blanca, contrabando.

El chorro, piensa que el lugar donde lo arrojó el destino lo habilita a robar. Es un gran baile sangriento: chorros, pequeños propietarios, policías. Gente empobrecida que se mata entre si. El Estado cobra la entrada.

Todos deberían poder tener armas, dice Patricia Bullrich. “Todos” tenemos derecho a defendernos del otro, el vecino, el próximo.

Los funcionarios como Bullrich se sienten inalcanzables, ellos son los que se reúnen en ciudades amuralladas por verdaderos ejércitos como pasó con Buenos Aires en la reunión del Grupo de los 20. No andan por la calle, viajan en helicóptero o coches blindados.

 

Los pobres son los otros

Los periodistas progresistas dicen “la izquierda debe hacerse cargo del tema seguridad”. Y es verdad. Como también es verdad que no hay otra solución para la inseguridad que un cambio social profundo. Un modelo que arroja a la miseria a la mayoría de un país es una usina imparable de desigualdad y delito. Para la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, los pobres no van a las universidades y si algún día lo hicieron, fue seguramente una anomalía transitoria. “Los pobres gastaban demasiado gas, electricidad, la economía no da para eso”, dice una popular actriz a la prensa sincerando lo que opinan quienes manejan los hilos del poder en la Argentina.

Por más que mientan y digan lo contrario, la inseguridad no ha dejado de crecer con el actual gobierno y así seguirá, mientras la miseria se profundice.

A Durán Barba eso no le importa. El sabe que el sector al que se dirige, es una clase media empobrecida pero a la vez convencida de que “los pobres son los otros”. El comerciante que no duda en convertirse en asesino matando al pibe que intentó robarlo con un arma de juguete, no ve en el pibe tirado en un charco de sangre alguien parecido a su hijo, a los hijos de sus vecinos, sino a “otro”. Ese otro que en el fondo teme ser: un pobre más.

Le aterra “perder todo”. No hay nada más traumático que eso, cuando se pierde la propiedad y queda la vida. La pobre vida de todos, tan poca cosa, tan desesperada, tan agredida, tan igual a la de todos. Y entonces, se produce el milagro efímero de ver marchar y pelear juntos en las calles a villeros y ahorristas de clase media. Es el  “milagro” del incendio neoliberal. Su voracidad lo lleva hasta la antropofagia. El pez grande se come al chico. Nadie está seguro de que no exista un pez más grande que lo tome por su almuerzo. Es la ley de la ‘ndranhgheta* calabresa. Si alguien lo duda, que le pregunte a Paolo Rocca si aún en la peor de sus pesadillas sospechó siquiera que podría terminar preso durante el gobierno de su amigo Mauricio Macri.

 

* La ‘Ndrangheta: según Wikipedia, es un término calabrés proveniente del vocablo griego andragathía, formado por andro: ‘hombría, coraje’ y gathia, ‘virtud, bondad’) y se utiliza para denominar a una organización criminal de esa región de Italia,

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