Por Federico Chechele | No sólo nos cuesta adecuarnos a los tiempos del feminismo y adoptar una postura que esté a la altura. También se nos escapan todas las herramientas que las mujeres nos señalan asiduamente.

Con suerte entendemos qué está bien y qué está mal, el eje de esta disputa.

En la conferencia de prensa que las Actrices Argentinas realizaron ayer donde se hizo pública la denuncia de abuso sexual realizada por Thelma Fardín contra Juan Darthés, el movilero de un canal de televisión preguntó -palabras más, palabras menos- si la persona que había golpeado la puerta mientras la joven actriz era violada podría ser un potencial testigo de la causa. El abucheo fue generalizado. El cronista, desconcertado, preguntó qué fue lo que había hecho mal. Esos son los momentos en que los varones demostramos que no estamos a la altura de los acontecimientos.

El periodista juraba haber tenido buenas intenciones que seguramente tendría, pero no tuvo la capacidad de darse cuenta de que en ese lugar las preguntas debían ser otras. Hoy lo que eligió preguntar tiene otro valor.

Decir que no entendemos nada es asumir que nos cuesta entender por y hacia dónde va este auge feminista. Porque ya no pasa por cuestiones sociales. En las clases bajas son innumerables los hechos de apropiación de mujeres, incluso por parte de la propia familia, pero en las clases altas las mujeres conviven pasivamente en el lujo del varón que trae el dinero y se ocultan los abusos. La clase media -progresista, universitaria, que interpreta- también sucumbe y se confunde ante el aluvión feminista.

El otro día, mientras cenábamos, una de mis cuatro hijas se largó con el speech feminista que asombró hasta a sus propias hermanas, quienes también revolean el pañuelo verde desde sus mochilas. La miré asombrado y orgulloso. Pensé cuánto había crecido pero me detuve en uno de sus enunciados: pregonaba que a las mujeres no les interesa que los hombres caminemos junto a ellas del lado de la calle. Hasta ese día pensé que ese gesto era una galantería. Recién ahí me di cuenta de que las mujeres no quieren que las protejamos. No quieren que las maten, que abusen de ellas, no quieren ser acosadas todo el tiempo. No quieren tener miedo.

Comúnmente, los varones tenemos un grupo de amigos y otro de trabajo. En lo que refiere al segundo, tengo la fortuna de formar parte de una organización en la que las mujeres no sólo son mayoría, sino que pelean diariamente por sus derechos. Sin embargo, cometemos errores. Chistes estúpidos que se van aplacando con el tiempo pero que aún perduran. Sabemos que estamos en un momento de transición y que dentro de unos años lo que hoy suele ser incómodo será certeza. ¿Pero se imaginan los que es el primer grupo?

No estábamos preparados, y estos colectivos de mujeres nos descolocaron. La denuncia de Fardín, la Campaña por el Aborto Legal Seguro y Gratuito, las luchas que a diario lleva adelante el movimiento de mujeres nos empujan hacia lugares desconocidos y también a preguntarnos si este avance puede prosperar sin nosotros, los varones. Sin que nos interpelemos, sin que revisemos el pasado, las acciones que hoy aparecen vergonzosas y vergonzantes pero que sosteníamos hasta ayer nomás, y que muchas veces seguimos defendiendo en la intimidad de nuestros hogares, en las conversaciones de amigos en las que nos sentimos a salvo. En los privilegios que todavía no asumimos y, sin embargo, ejercemos.

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