Por Carlos Saglul | Esta Navidad, Pablo Vaca se escandalizó en una nota de Clarín. Niños a los que su maestra le había pedido que escribieran un deseo para el año próximo y lo fijaran en una cartulina, optaron por la frase: ¡que se muera Macri!. El colega añadió que el deseo así expresado no originó reacciones entre alumnos y padres. Advirtió que muchos padres tal vez “no vivieron esa época en la que tantos le desearon la muerte a otros tantos con éxito. Cuando la grieta era de vida o muerte de verdad, no de discusiones por Facebook”.

“No entienden que lo peor de querer ver muerto a alguien simplemente porque piensa distinto es que existe el riesgo de que se cumpla”, agrega.

Vaca insiste así en la vieja teoría de los dos demonios donde supuestamente dos bandos de malos se deseaban la muerte entre sí. Alguien tendría que aclararle a Vaca, si es que él no vivió esa época, que el sindicato que más desaparecidos tuvo fue el de Prensa. Que la mayoría de esos compañeros no andaban deseando la muerte de otros sino que fueron asesinados por tener un proyecto de país distinto al de la dictadura militar y su plan neoliberal, que sirvió al enriquecimiento espectacular de empresarios como Franco Macri mientras se hundía en la miseria a la clase obrera y a la mayoría del pueblo.

La grieta que pretende hacer ver Vaca a sus lectores existe pero no es entre gente que quiere matarse entre sí mientras las mayorías miran inocentes. La división verdadera es entre una idea de país que deja afuera al ochenta por ciento de la población que debe elegir entre ser pobre ocupada o pobre desempleada y una minoría parasitaria que vive de la especulación financiera, de sus latifundios dedicados a la exportación de granos, de empresas de servicios privatizadas que cobran en tarifas dolarizadas y benefician a un puñado de sectores empresarios que no generan empleo, no pagan impuestos, y especulan a fuerza de deuda externa y fuga de capitales en una calesita siempre lista a chocar.

La anécdota sucedió en una escuela pública. Allí concurre la mayoría de los pibes cuyas familias este modelo neoliberal acorrala. En el Cardenal Newman, donde la realidad pasa de otra manera, nunca ocurriría algo así. Vaca no necesita nociones de psicoanálisis para entender el “deseo imaginario” que implica la frase “que se muera Macri”. Las escuelas públicas no son nidos de asesinos adolescentes. Movilizados, organizados en centros de estudiantes, son en todo caso parecidos a aquellos militantes de la UES, la Juventud Guevarista de los 70, jóvenes que sueñan con un país sin excluidos gracias a un proyecto al servicio de contener a todos.

La grieta que Vaca ve existe pero no la hacen ni ayer ni hoy dos bandos de la población que vivan a la muerte. En todo caso, esos pibes lo que pretenden que se muera no es Macri sino todo lo que él significa: un país que los condena a ser mano de obra barata donde el Estado ya no existe como planificador y el narcotráfico y la trata son la única industria que crece mientras la policía se entretiene engordando estadísticas de perejiles encarcelados y para lo único que se la utiliza es para reprimir y sembrar el miedo en los sectores populares.

No hay dos demonios, Vaca. No hay chicos que sueñan con asesinatos. Hay sólo un demonio, el neoliberalismo que se ha adueñado del Estado y lo utiliza para planificar el crecimiento de la miseria y el hambre que angustia a tantos hogares este fin de año.

No se equivoque, Vaca. Hay una grieta, es verdad. De un lado están los que no dejan de contar sus ganancias desde que se inició este gobierno, como lo hacían mientras los genocidas torturaban, desaparecían y asesinaban. Del otro está el pueblo, las mayorías que no quieren la Muerte sino la Vida, el derecho a una existencia digna.

Esos chicos no van a matar a nadie pero el proyecto que representa Mauricio Macri para ellos representa la Muerte, una forma de morir en vida en un país donde no tienen lugar ni futuro.

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