Por Estefanía Santoro / Revista Cítrica | “Si tocan a una saltamos todas” es un lema que atraviesa fronteras y territorios y se ha escuchado en todas las movilizaciones feministas a nivel mundial ¿Qué mecanismos se desactivaron en la sociedad para que hoy se tomen en serio las declaraciones de una víctima de abuso, violación o violencia machista? ¿Cómo se logró perder el miedo a denunciar? ¿Qué papel juega la sororidad en esa victoria? ¿Tiene límites esa sororidad? Sobre estas cuestiones reflexionamos con Claudia Korol, Marlene Wayar, Adriana Guzmán y Dora Barrancos, referentes que desde hace tiempo debaten y generan herramientas para pensar la fuerza del movimiento.

En 2014, Juanse, cantante de los Ratones Paranoicos, fue denunciado por abusar de una mujer durante una gira. El caso, quedó en la nada. Hace dos años Calu Rivero denunció a Juan Darthés, y casi nadie le creyó. En 2010 Ariell denunció a Cristian Aldana, líder del grupo El Otro yo, recién en 2016 logró ser escuchada y se fueron sumando más denuncias penales que terminaron con el músico en la cárcel. Ese año también conocimos a Mailén por denunciar públicamente un abuso sexual por parte de José Miguel de Pópolo, integrante de La Ola que quería ser Chau. El video rápidamente se viralizó, junto a una indignación generalizada que (re)abrió espacios desde donde surgieron grupos con consignas de repudio y denuncia hacia otros músicos. A mediados de 2016, Julieta Petracca, ex pareja del politólogo y docente Dante Palma, lo denunció por violencia de género; y a esta denuncia le siguieron otras mujeres que habían sido sus alumnas. En octubre pasado, ex alumnas del colegio Nacional Buenos Aires denunciaron a profesores y preceptores por acoso dentro de la institución, lo hicieron durante el acto de egreso de la promoción 2016/17. Por solo nombrar algunos casos, la lista es larga.

Las primeras denuncias fueron el puntapié inicial para lo que estamos viviendo hoy. La teatrista, aRtivista feminista Clodet García reflexiona sobre los efectos que generaron las primeras denuncias públicas: “La solidaridad es una respuesta humana y política, es fruto de acciones y pensamientos colectivos y del hacer de muchas compañeras que se la jugaron en soledad o con el apoyo de pocas. Pienso en Ariell Carolina Fernández, que no sólo denunció, sino que acuñó la frase “ya no nos callamos más” y el blog con ese nombre, circulando herramientas para todas. La mayoría de nosotras sufrió abusos y violencias. El feminismo permitió la activación necesaria para reconocer que ese episodio personal no es individual y esto deviene un estar nosotras para nosotras. No sé si todas las que denunciamos perdimos el miedo. Lo que importa es que si hay miedo ya no nos paraliza. Muchas veces el miedo se pierde en el mismo acto de denunciar. Saber que hay otras, otrxs, nos permite hacer arder el miedo y accionar. Es una decisión personal y una coyuntura colectiva la que nos transforma y nos fortalece”.

El acompañamiento a las víctimas, las denuncias colectivas, sin dudas, hicieron que nos animemos a hablar. Claudia Korol, educadora popular feminista explica: “Creo que no perdimos el miedo a denunciar de modo literal, sino que aprendimos a enfrentarlo colectivamente. Lo que estamos rompiendo es la soledad, que es el primer factor que genera miedo, y la vergüenza a ser estigmatizadas y juzgadas. Acciones colectivas puntuales, como el escrache o la denuncia a los violentos, nos permitieron generar modos de cuidado entre nosotras, de alerta a las compañeras, que des-encubren la fuerza de ellos basada en pactos machistas y en nuestro silencio. Algo que los grandes medios y algunas interpretaciones de ciertos feminismos académicos pretenden criminalizar a través de figuras horrendas como las de feminismo punitivista, carcelario, y otras estigmatizaciones que nos buscan poner en el lugar de las ‘locas’, las ‘irresponsables’ y en definitiva disciplinarnos y volvernos a las peregrinaciones silenciosas en los tribunales patriarcales que históricamente nos condenaron. La revolución feminista, que sentimos en nuestros Encuentros, en nuestras movilizaciones, no volverá a ser acallada a través de la estigmatización y el miedo que se genera desde el poder patriarcal encarnado en muchas voces que nos exigen buenos modales. Como dijeron las y los zapatistas el 1° de enero de 1984: “Disculpen las molestias. Esto es una revolución”.

La consigna “Si tocan a una saltamos todas” es la expresión que mejor resume la solidaridad entre mujeres, lesbianas, travestis y trans, perdiendo la individualidad, creyendo en la fuerza de la acción colectiva. La socióloga e historiadora feminista Dora Barrancos explica: “La solidaridad se interpreta por la común experiencia de sobre hostilidad, por haber sido más severamente hostigadas por nuestra sociedad. Los lazos se estrecharon entre las diversas agencias y se ha tendido a la defensa común. El miedo cedió gracias a los cambios traídos por la acción feminista en el que se hospeda el Ni Una Menos. El contexto social cambió notablemente y se conquistaron más derechos como la ley 26485.”

La frase “La sororidad mató al macho” comenzó a replicarse en algunas paredes de Rosario durante el 31° Encuentro de Nacional de Mujeres en 2016 y muchxs se escandalizaron. Pero tranquilxs, no estamos pidiendo el exterminio de los varones. Matar al macho significa desarmar los mandatos de la masculinidad, desmontar las dinámicas de poder desiguales de los hombres sobre las mujeres, lesbianas, travestis y trans, y no naturalizar actos de misoginia. Matar al macho con madres y padres que no reproduzcan crianzas patriarcales. Matar al macho también es una tarea de los varones: renunciar a sus privilegios, correrse de los lugares protagónicos para dar espacio a las feminidades en ambientes a los que solo ellos tienen acceso. Matar al macho que hay dentro de cada varón, ese que reproduce la desigualdad y la violencia.

¿Qué es la sororidad?

Y entonces muchxs se preguntarán ¿qué es la sororidad?, que parece tan fundamental. En palabras de la antropóloga e investigadora feminista mexicana Marcela Lagarde, sororidad es: “La alianza feminista entre las mujeres para cambiar la vida y el mundo con un sentido justo y libertario. Es una experiencia que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política con otras mujeres para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer.”

¿Y por qué decimos “la sororidad mató al macho”? Porque la hermandad, la solidaridad entre nosotras cambió las formas de relacionarnos para hacerle frente a los distintos tipos de violencia machista estructural y sistemática que existen desde hace siglos. Korol, asegura: “Hay un recorrido y una experiencia acumulada del movimiento de mujeres, de las disidencias sexuales, de los feminismos, que permitió ir reconociéndonos mutuamente, que creó conciencia de que somos de distintos modos afectadxs por el patriarcado, y que nos permitió ir asumiendo que el patriarcado es un sistema de dominación estructural, fuertemente entrelazado con otras dominaciones también estructurales, como las que promueven el capitalismo, el colonialismo y el imperialismo. Nos fuimos reconociendo en nuestras opresiones, pero también en nuestra capacidad de resistencia y de solidaridad. Fuimos creando colectivamente estrategias de respuesta que fueron eficaces en muchos momentos, y que siempre se basaron en la puesta en la calle de nuestras demandas, dolores, nuestra disposición a romper con las trampas del sistema que nos inmoviliza: la invisibilidad, el silencio, la vergüenza, los pactos familiares o corporativos, los miedos. La cultura de la solidaridad, de la vida, de la presencia colectiva de nuestros cuerpos, frente a la cultura de la violación, de la muerte, del sálvese quien pueda, tuvo un recorrido pedagógico, político y comunicacional que se catalizó en algunas situaciones especiales como el Ni Una Menos, el No Nos Callamos Más, el derecho al aborto, y el Mirá Cómo nos Ponemos”.

Las mujeres, travas, trans, maricas, tortas, todas en algún momento de nuestra vida experimentamos una situación de violencia por mera portación de una corporalidad feminizada. En el ámbito privado, público o institucional, situaciones donde el pudor, el miedo, el asco o el terror, se apodera de nosotras.

Adriana Guzmán -referente del Movimiento Feminista Antipatriarcal de Bolivia- explica: “El sistema patriarcal, capitalista, neoliberal colonial y racista se recicla, se profundiza y busca perfeccionar sus formas de dominación y explotación. Esto sería imposible sin la violencia hacia las mujeres. Dentro de nuestras comunidades nos han dicho que no podíamos ser feministas, que nuestra naturaleza es la dualidad con los hombres, y sí con los hombres que sean compañeros, con los que no sean violentos ni violadores, con los que entiendan que la dualidad no es hetero obligatoria ni matrimoniada. Las luchas de las mujeres, de nuestras ancestras, abuelas, de las feministas todas, han hecho un camino de reconstitución política de nuestros cuerpos. Desde esas memorias hoy podemos escucharnos y creernos sin dudar porque sabemos que el sistema patriarcal es universal, que vivimos un genocidio acallado, invisibilizado e impune hace siglos y que para construir otro mundo donde podamos vivir con dignidad hace falta creernos”.

Los episodios de violencia machista no siempre son contados, porque el miedo paraliza, la vergüenza nos obliga a ocultar, porque es muy probable que no nos crean, porque nuestra palabra vale menos que la de los acusados y porque hasta hace un tiempo no muy lejano la regla era callar dentro de un régimen dominante que nos sitúa en un lugar de inferioridad. “En un mundo patriarcal – analiza Guzmán- el principio no debería ser de inocencia sino de culpabilidad y que demuestren su inocencia para la sociedad fuera de la justicia colonial y patriarcal. No creo que hayamos perdido el miedo a denunciar, hemos reaprendido a acuerparnos, a abrazarnos. Frente a un individualismo capitalista profundizado por el neoliberalismo que ha atentado y fragmentado la comunidad en todos los territorios, hemos vueltos a sentirnos, a necesitarnos, a saber que denunciar es posible porque somos muchas y no lo hacemos solas, aunque no nos conozcamos, aunque estemos del otro lado del Abya Yala. Denunciar hoy, gritar, hablar, escrachar no significa que hayamos perdido el miedo, significa que sabemos que denunciar es un acto de responsabilidad conmigo y con las otras, para alertarlas, prevenirlas, denunciar es un acto de sobrevivencia que nos rencuentra y nos devuelve a la comunidad sin impunidad para nadie, donde el miedo se ha convertido en una fuerza articuladora”.

“Nos están matando a todas por igual”

Dentro de los feminismos también hay desafíos: contrarrestar el discurso de los medios masivos de comunicación, que son formadores de opinión pública y que a través de sus coberturas irresponsables perpetúan la cultura de la violación. Cada vez que aparece un nuevo caso de violencia machista, los medios privilegian algunos por sobre otros, un travesticidio pocas veces es noticia, o realizan coberturas estableciendo conjeturas sobre la vida privada de las personas y sus comportamientos. Este tipo de tratamiento periodístico responsabiliza a la propia víctima, tal como lo expresó Clarín el 1° de enero sobre la violación en manada a una menor de 14 años en Miramar: “Una chica de 14 años que no debió estas allí”. Sobre esto, la activista travesti y psicóloga social Marlene Wayar reflexiona: “Creo que se ha logrado ir perdiendo el miedo a denunciar precisamente por la insistencia de quienes hacemos activismo político desde las disidencias, el movimiento de mujeres y el feminismo para quitarle a las víctimas cualquier tipo de sospechas sobre sus prácticas en su vida. Estamos pidiendo vivir; que nos dejen vivir; que dejen de cometer violencias; que dejen de sostener pedagogías del odio donde el crimen y la cosificación son matrices de aprendizaje que habilitan a que unos tengan la potestad del abuso del poder sobre otras”.

Por otro lado, se presentan como desafíos preguntarse si la sororidad, esa alianza que nos llevó a empoderarnos, posee límites, romper con ellos y crear una red infinita realmente inclusiva que ayude no solo a las mujeres sino a todas las corporalidades que son afectadas por la sociedad machista. A propósito Wayar explica: “Centrándome en la realidad no veo una solidaridad igual para todas, el caso del travesticidio de Diana Sacayán ha sido el único más acompañado por la marea verde y aun así no fue de carácter masivo, es consigna de la disidencia y la juventud activista, luego se cuela en todos los documentos como una cuestión de corrección política, pero en la calle no se traduce en movimiento masivo. Observo que la solidaridad cuesta, aún con todo el trabajo que viene realizando el movimiento de mujeres, el movimiento feminista y el de las disidencias, y en esta enumeración hay además una jerarquía implícita, donde opera la empatía, muchas mujeres empatizan con un cuerpo como el suyo avasallado, violado o asesinado por ser mujer, parte de estos cuerpos ya no empatizan tanto si hay discurso feminista o un cruce étnico y finalmente se les hace mucho más difícil empatizar con lo disidente, travesti, marica o lesbiano. ¿Qué sucede si las asesinadas no tiene el currículum de la Sacayán? Me parece que tiene que ver con la palabra mujer el hecho de que el movimiento feminista se piense mujer por más enumeración de mujeres, travestis, transexuales que se le imprima y el de otros cuerpos disidentes y no binarios. El crimen de odio es crimen mas allá de la víctima y su identidad, mujer, marica, lesbiana, travesti.  Los perpetradores nos están asesinando a una y a otras y esto nos debe conmover a pesar de las diferencias que existan”.

La batalla no comenzó hace tres años ni diez, llevamos siglos desarrollando herramientas de defensa y de cuidados para enfrentarnos a un mundo hostil que poco a poco lo estamos cambiando.

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