Las palabras y las cosas (I)

Por Hernán López Echagüe

Uno

No, no, de modo alguno. En el principio no fue el verbo, y mucho menos la palabra. En el principio fue la cosa; después, quizá de inmediato, quizá al cabo de horas, días o semanas, afloró la palabra que nombraba y denominaba a la cosa, la palabra que le dio vida y significación a la cosa. La cosa inmóvil, la cosa viva, la cosa cercana y la cosa lejana, la cosa encontrada y la cosa perdida, la cosa abstracta y la cosa concreta, el animal que vuela y el que no, el llanto y la risa, la claridad y la ceguera, el sonido y el silencio, la valentía y la cobardía, el sosiego y la angustia, la lluvia y la sequía, el amanecer y el crepúsculo, el odio y el afecto, el dolor y el alivio… Todo marchaba con un salvajismo irreprochable hasta que algún ganso todopoderoso cometió la macana de llamar bien a algo que no sabemos qué cosa es, y mal a otra cosa que tampoco sabemos qué es. Y entonces empezó este profundo y desagradable malentendido que está descuartizando a la sociedad: esto es bueno, aquello es malo; esto no es malo ni bueno, por lo tanto es más sensato no hacerse malasangre y pasarlo por alto.

 

Dos

O quizá no fue así. A fin de cuentas qué sabe uno. Pero convengamos que suena por lo menos caprichoso figurarse esta situación: estamos en el principio del principio; dos tipos, dos principiantes, digamos, intercambian gruñidos y sonidos guturales a la sombra de un árbol de copa frondosa. De pronto, se les aparece caminando por ahí una cosa de carne, de cuatro patas, rabo firulete y nariz redonda y chata. Es la primera vez que ven una cosa así. Uno de ellos se rasca la pera y dice: “¿Qué hace ese cerdo por acá?”. El otro le dice: “Raro, sí. Para mí que es un cerdo salvaje”. Después de un corto silencio, dicen al unísono: “¡Un jabalí!”, y, tras chocar los cinco: “¡Qué manera de ponerle nombre a dos cosas nunca vistas en un toque, campeón!”.

 

Tres

El presidente, o, mejor dicho, el gerente de este bazar del sur del mundo que antes fue un país, discurre y conversa con los subgerentes del bazar y actúa al compás de esa taxonomía que Borges cita de las páginas de una enciclopedia china apócrifa, y que inspiró a Foucault a escribir Las palabras y las cosas.

La clasificación de los animales según Borges: “a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”.

Reí mucho la primera vez que lo leí. Ahora, definitivamente convertido en el ectoplasma de un libertario, luego de haberlo leído muchos años más tarde, y con cierto detenimiento, no me causa la menor gracia. Ocurre que me figuro que esa taxonomía de los animales de Borges es la que mueve cada uno de los pasos de este gobierno. De modo más noble, claro: “La sociedad argentina se divide en: a) Los que no comen porque nunca movieron siquiera un dedo para llevarse algo a la boca; b) Los que son capaces de hacer cualquier sacrificio para mantener su empleo; c) Los que les importa todo un bledo; d) Los vagos que no han sabido forjarse un futuro; d) Las mujeres complacientes; e) Las mujeres que no entienden que siempre serán mujeres; f) Irrecuperables; g) Los que escupen en la vereda; h) Mis amigos; i) Los que se agitan como locos; j) Los que leen y se ponen a pensar en lo que leyeron; k) Los que me votan; l) Los que no me votan; m) Muy irrecuperables; n) Bienaventurados; ñ) Condenados por el destino; o) Los que tienen agua; p) Los que no la tienen; q) Blancos y rubios; r) Los de color inclasificable; s) Amaestrados; t) Los que viven metidos en el barro del pasado; u) Los jóvenes emprendedores que tienen al futuro como punto focal y del pasado una sensación de creciente hastío; v) Chupamedias de toda naturaleza; W) Troskistas; x) Los que trabajan en equipo; y) Los vagos; z) Los etcétera”.

La taxonomía de la sociedad que aviva la lengua y los pasos y las firmas del gerente del bazar continúa con el alfabeto griego, pero eso ya veremos.

 

Cuatro

Mundo gobernado por categorías y clasificaciones cuyos nombres y denominaciones el correr del tiempo ha corroído y desnaturalizado. Palabras que han perdido por completo su significación primera.

En el capítulo Los filósofos podan el árbol del conocimiento, de su libro La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, escribe Robert Darnton:

“(…) Considérese el ejemplo de la enciclopedia china, imaginada por Borges: Foucault afirma que es significativa debido a la evidente imposibilidad de concebirlo. Nos expone a la arbitrariedad de la manera como clasificamos las cosas. Ordenamos el mundo de acuerdo con las categorías que damos por supuestas, sencillamente porque están dadas. Ocupan un espacio epistemológico que es anterior al pensamiento. Clasificamos en una misma categoría a un perro pequinés y a un gran danés como perros, aunque el pequinés podría tener más en común con un gato y el gran danés con un pony.

Clasificar, por consiguiente, es ejercer el poder.”

 

Cinco

Hay cosas a las que alguien les puso nombre hace decenas y decenas de años y todo indica que sería oportuno abolir ese nombre y buscarle otro. Palabras que ya murieron, o quizá andan de bastón, víctimas de la polisemia, pero de una polisemia artera, obra tal vez del gobierno del borrón y cuenta nueva, con el amparo, claro, de los borroneros y desconocidos de siempre.

Es que ahora estamos metidos en el medio de una cosa enorme, una cosa como una ciénaga insondable a la que todavía no sabemos qué nombre ponerle. Por decir, ¿cómo denominar a esta situación de oscurantismo, miseria, desamparo y angustia en la que estamos viviendo? ¿Democracia? Al decir de mi diccionario Jackson, no: “Democracia: 1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”.

No, no, no.

¿Dictadura? Al decir de lo que hemos vivido desde marzo de 1976 hasta diciembre de 1983, y de las personas con balbuceo existencial que los militares supieron engendrar en esos años, y hoy nos gobiernan, tampoco. Cosa de locos: uno ya no sabe a ciencia cierta si está viviendo en una democracia o en una dictadura. Uno ya no sabe.

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