Redacción Canal Abierto | En medio de una pandemia que golpea fuerte a las personas travesti trans, el Congreso sostiene el debate sobre el acceso laboral para este colectivo. La Ley Diana Sacayán o Cupo Trans se discute en la comisión de Mujeres y Diversidad con proyectos presentados en los dos últimos años.

Tanto funcionarias de las distintas áreas de género y diversidad del país como referentas de organizaciones sociales se refirieron a la necesidad de impulsar esta norma. Para el dictamen es necesario que esta comisión y la de Legislación del Trabajo, convoquen a un debate en conjunto.

Una de las voceras en estas reuniones informativas fue Paula Arraigada, activista trans, quien dialogó con Canal Abierto sobre esta nueva ley en puerta, la lucha que sostienen hace tantos años, las realidades del colectivo, y lo que queda por resolver como sociedad.

¿Qué significa este avance para vos como militante del cupo trans?

– Esta lucha se visibiliza ahora pero viene ya de larga data donde todas andábamos con los cartelitos de “Yo banco el cupo laboral trans” y así conseguimos que Cristina Fernández de Kirchner lo avalara, y a través de eso empezaron a respaldar la lucha muchas organizaciones del campo popular.

Esto es el principio. El final va a ser cuando se sancione la ley de cupo, se reglamente y se cumpla. En Diputados es el principio de una larga lucha, un anhelo que tenemos las personas trans, travestis, sobre todos las feminidades que hace muchísimo tiempo se ven excluidas del trabajo formal. En ese orden, la verdad que lo vivimos con mucha emoción y alegría.

Imaginate que ha sido tanto el tiempo en que hemos ido de despacho en despacho, de acto en acto buscando poder conciliar las partes y generar conciencia en las personas que toman decisiones para establecer que las personas trans han sufrido una matanza, que fue lo que el Estado hizo con nuestras identidades.

¿Sentís que hubo una discriminación a nivel Estado hacia ustedes?

-Sí. Desde el aparato enorme de las fuerzas de seguridad, el educativo excluyéndonos del sistema, el de salud donde nosotras en otro tiempo no podíamos acceder, no solo por no tener el nombre en el DNI de acuerdo a nuestra identidad autopercibida, sino por el maltrato que nos daban cuando íbamos a atendernos y la violencia con la que a veces los médicos se referían a nosotras, sobre todo si alguna iba con algún caso de infección por la silicona líquida.

¿Por qué el hincapié en la silicona líquida?

– Porque ha sido durante muchísimas décadas lo que ha permitido que nosotras podamos tener el cuerpo que necesitábamos ver reflejado en el espejo. Solamente una masculinidad o feminidad trans puede hablar de la necesidad de mirarse en el espejo y ver lo que una desea. No es un capricho ni una cuestión solamente formalista sino que tiene que ver con la autopercepción, con el deseo de verse en el espejo tal cual una sueña.

¿Y en este sentido pensás que no hubo cambios?

-La Ley de Identidad de Género permitió que en las nuevas generaciones la adecuación de sus cuerpos pase con el “acompañamiento” del Estado. Si bien está en el marco de la ley, el Estado es el mayor incumplidor de estas leyes. En este caso incumple porque en las grandes ciudades está la hormonización pero eso no llega a todos los pueblos. En el interior hay compañeras que tienen que viajar a una ciudad grande para poder tener las hormonas. Ni hablar de las cirugías. Hay varones y mujeres trans que quieren adecuar sus cuerpos mediante cirugías pero eso es posible solamente en las grandes ciudades –y no en todas tampoco-. Entonces esto que marca la ley, aquí, todavía no se cumple.

Estamos hablando de algo que se promulgó hace ocho años y todavía se incumple. Imaginate con algo que todavía no se promulgó y de lo cual todavía no se habla como lo es la posibilidad de que las compañeras, que en su mayoría están dentro de la economía social, puedan tener un trabajo registrado.

¿El trabajo no formal cómo las afecta?

–  Afecta más que nada a las feminidades porque el patriarcado está presente no sólo para las personas cis. Nosotras somos las que más sufrimos la violencia por cuestiones de género. En un informe que presentó la federación el año pasado se evidencia que el 56% de los casos de violencia general lo sufren las feminidades trans, el 28% los gays, maricas o como se quieran denominar, las lesbianas un 7% y los varones trans un 6%. Incluyendo todas las identidades de la diversidad no llegan a contener lo que sufren las mujeres trans.

Estamos hablando de una violencia que hay que tratar de parar y quizás el principio para poder parar esto es generar un trabajo registrado porque lo que va a permitir es que esas compañeras puedan generar otras instancias de supervivencia.

¿Qué cambio en tu vida al poder ingresar al mercado laboral formal?

– Hasta ese momento en mi conciencia rondaba el cómo comer todos los días, cómo pagar los remedios si me enfermaba, cómo descansar porque si no trabajabas no había ingresos. Cuando entras al mercado laboral formal, al registrado, al que te permite tener un aguinaldo y una obra social, al que te protege si te enfermas, se abre algo que hasta ese momento estaba limitado, que era la esperanza, los sueños, poder proyectar.

Esto que hacen todas las personas, nosotras no lo podíamos hacer. Abre todo un paraguas donde vos poder decir “si me engripo me quedo en casa porque no me puedo mover por la fiebre”, y eso antes no podíamos. Yo he ido a trabajar con úlceras y flebitis porque no quedaba otra, y eso le pasa a cualquier trabajador de la economía popular.

Cuando vos tenés un trabajo registrado se abre un cosmos que antes no existía. Podés tener 15 días en los que podés ir a conocer lugares que antes no pensabas. Eso también abre todo un deseo de persistir, de vivir, de disfrutar que antes existía pero porque nosotras tenemos folclore muy cercano al optimismo, a esas ganas de siempre llevarse la vida por delante, pero también la realidad es algo que tenemos en frente: la vida es limitada, los lugares a los que podemos acceder son limitados y los sueños sabemos que también se quedan truncos.

¿El trabajo es la esperanza de una vida digna?

– En los años en los que ejercía el trabajo sexual mi conciencia me decía que iba a vivir hasta los 33 o 35 años porque era lo que veía alrededor. Entonces todo estaba limitado, todo era una premura de vivir rápido porque sabía que el tiempo era contado. Tuve la suerte de tener una vida un poco más extensa, pero ahora, a los 47 años pude empezar a trabajar de forma registrada pude también valorar lo que es eso. Quizás por eso es mi afán de que el resto de las compañeras lo vivan, lo puedan disfrutar y puedan elegir en qué trabajo quieren estar.

Eso también lo que hace es que ese deseo que tienen todas las personas de querer formarse, de querer mejorar, porque eso implica acceder a un ascenso y eso a la vez lleva a cobrar más dinero y poder darte más gustos crezca. Porque pareciera que las personas pobres solamente tienen que trabajar para comer y las personas de clase media y alta pueden hacerlo para comer y para darse gustos, viajar, comprarse ropa. En cambio cuando se te empiezan a abrir esos deseos de querer progresar también querés darte el lujo de ese ocio recreativo del que nosotras hemos estado exentas.

¿Cómo afecta la pandemia al colectivo? ¿Evidencia más las desigualdades?

– Es tan importante que hoy las diputadas y diputados empezaran a tomar en cuenta esto y que lo hayan puesto en agenda en un tiempo donde el país vive una cuarentena, donde nuestras compañeras pasan necesidades. En los barrios populares, las compañeras trans y cis cumplen la cuarentena que a su vez les trae más privaciones. Hay muchas que están siendo desalojadas o tienen que estar resistiendo para que no lo hagan y eso es una situación muy violenta y dolorosa. Están recibiendo bolsones del Ministerio de Desarrollo Social o de las organizaciones, lo cual también es una cuestión dolorosa porque nadie quiere recibir limosna de nadie. También están recibiendo un plan social, que sigue siendo una ayuda y las compañeras necesitamos trabajo.

Para quienes somos peronistas, lo tomamos como una bandera porque el peronismo siempre ha sido creador de fuentes de trabajo. Entonces, tal cual nos marca nuestra bandera partidaria, invocamos el primer artículo de los derechos del trabajador que es el derecho a trabajar para que nuestras compañeras accedan a un trabajo formal y a todo lo que nos han quitado solamente por nuestra definición identitaria.

Es acceder a ser una más, porque lo que tienen algunos y no lo tienen todos, si lo tienen pocos es un privilegio. Para nosotras, algunas que hemos accedido al trabajo registrado somos privilegiadas por más que vivamos el hostigamiento o la precariedad en algunas situaciones en el mercado laboral.

¿Esta ley marcaría un cambio estructural entonces?

– La ley es un reconocimiento, una forma de reparar el daño ocasionado, y eso es algo que emociona porque es que el Estado empiece a ver e incluir a tus compañeras. Eso es una alegría enorme en este momento de tanta angustia. La sensación hoy es de mucha esperanza porque es probable que este año salga la ley, que la vida de muchas mejore y que la vida de otras haya tenido un sentido. Muchas hemos militado y acompañado esta causa porque creemos que es lo mínimo que tenemos que hacer por las que hoy pasan necesidades.

La batalla no termina con la sanción de la ley. Con ella empieza. Después hay que hacerlo reglamentar y al entrar en vigencia hacerlo cumplir. Hay un largo camino para la incorporación de las compañeras al mercado laboral. Pero en esta primera instancia, en medio de una pandemia, que ya se esté hablando marca que hay algo que debe cambiar y una vez que termine todo esto tenemos que construir un país más justo.

Dentro de esa justicia, que las compañeras empiecen a trabajar responde a lo que el Presidente dijo cuando abrió el período legislativo sobre empezar por los últimos para terminar con todos, y claramente nosotras somos las últimas. Si tenemos un promedio de vida de 35 años es porque realmente estamos fuera de cualquier sistema.

Y después, ¿qué sigue?

– Hay que pensar en todo lo que fue negado. Hay un sistema educativo que sigue siendo binario, muchas leyes para mujeres sin hablar de todos los géneros, que la palabra mujer tiene una connotación que lleva solamente a hablar de las mujeres cis sin nombrar las particularidades que viven las identidades trans. Cuando se habla de violencia o la agenda de cuidados nunca se habla de las mujeres trans. Esta ley abriría un paradigma para empezar nuevas discusiones que pueden lograr que se transversalice mucho mejor la perspectiva de género porque hasta ahora las agendas están direccionadas hacia las mujeres blancas de clase media y no se piensa demasiado en las otras feminidades que viven en los barrios populares y que también sufren violencias.

En una lógica impuesta por un feminismo que es clasista, que es más hegemónico que popular esta ley va a insertar no solamente el derecho de las personas travestis, trans y no binarias sino también discutir los de otras feminidades e identidades que hasta ahora no se han discutido.

Por ejemplo, no se habla de las violencias que sufren las personas sordas o ciegas. Están mucho más vulneradas que las mujeres cis que pueden oír y ver. Una mujer ciega que sufra acoso no va a poder reconocer a la persona para denunciarla. Eso no está en ningún protocolo. Por eso esta ley es una gran puerta, pero después vienen muchas discusiones en las cuales nosotras vamos a acompañar a las compañeras de los colectivos que todavía no han llegado a la agenda. Vamos a estar en la primera línea batallando para que las que todavía no son visibilizadas sean visibles.

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