Redacción Canal Abierto | La presentación del Consejo de Paz, durante una ceremonia paralela al Foro Económico Mundial de Davos, reunió a una veintena de representantes de países que aceptaron sumarse a la iniciativa que impulsa Trump.
Según una copia del borrador de la carta fundacional, su objetivo declarado es “el fin a la guerra en Gaza”. Sin embargo, no son pocos los analistas que en las últimas horas presentaron el espacio como algo más, una “ONU alternativa”. Una imagen y semejanza del platinado estadounidense.
Lo cierto es que hasta ahora el organismo sólo logró la adhesión de naciones que ocupan un lugar más bien marginal a nivel geopolítico y otras acusadas por violaciones de los derechos humanos.
Entre las firmas, figuran el rey Hamad bin Isa Al Jalifa (Baréin), Nasser Bourita (ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos), Nikol Pashinyan (Armenia), Javier Milei (Argentina), Ilham Aliyev (Azerbaiyán), Rosen Zhelyazkov (Bulgaria), Viktor Orbán (Hungría), Prabowo Subianto (Indonesia), Jafar Hassan (Jordania), KassymJomart Tokayev (Kazajistán), Vjosa Osmani (Kosovo), Shehbaz Sharif (Pakistán), Santiago Peña (Paraguay), jeque Mohammed bin Abdulrahman Al Thani (Qatar), príncipe Faisal bin Farhan Al Saud (Arabia Saudita), Hakan Fidan (Turquía), Khaldoon Al Mubarak (Emiratos árabes Unidos), Shavkat Mirziyoyev (Uzbekistán) y Luvsannamsrain Oyun-Erdene (Mongolia).
En primer término, y para ser justos, el Consejo de Paz es impulsado por un presidente que durante su primer mandato retiró a Estados Unidos de acuerdos clave de desarme y derechos humanos, avaló la expansión de asentamientos ilegales en territorios ocupados y legitimó políticas de fuerza como herramienta central de la diplomacia.
El mismo que hoy amenaza y presiona a sus socios de la OTAN para quedarse con Groenlandia, y quien semanas atrás lanzó una operación ilegal sobre territorio venezolano para secuestrar a Nicolás Maduro.
Un país estuvo notablemente ausente de la ceremonia: Israel, a pesar de haber anunciado su suscripción. Ni más ni menos que la nación responsable de la destrucción del territorio que el propio organismo pretende pacificar y administrar, Gaza.
El resto de las naciones lo completan autocracias como la saudí, la marroquí, qatarí o bahreiní, todas ellas señaladas por su desprecio por la democracia y los derechos humanos.
Aliados tradicionales de los Estados Unidos e históricamente ponderados como faros democráticos de Occidente (como Francia, Alemania, Italia, Noruega, Suecia, Reino Unido o Canadá) declinaron la invitación.
De hecho, entre los europeos, sólo ingresó el gobierno ultraderechista de Hungría, muy cercano a Vladimir Putin. Por su parte, Turquía puso la firma, pero sólo a través de un funcionario menor y no de su líder Recep Tayyip Erdoğan.
El argumento entre quienes lo rechazan es bien claro y sencillo: lejos de tratarse de un organismo multilateral, es concebido como un nuevo capricho en la carrera injerencista que viene emprendiendo Donald Trump desde que asumió su segundo mandato.
Aunque cautelosos, los países que integran los BRICS (Brasil, Rusia, India y China, responsables del 40,4% de la riqueza producida en el mundo y el 51% de la población mundial) aún no dieron su “no” rotundo, pero se espera que ninguno de ellos sume su firma.
