Por Pablo Bassi | A lo largo de 2025, Matías Cambiaggi realizó una serie de conversatorios con sobre una nueva estatalidad: una consigna que dice expresar un malestar social que fluye por abajo, encerrado también en otras consignas “hijas de una época de fastidio sin horizonte a la vista”: las nuevas canciones y la casta tiene miedo.
Cambiaggi nació en 1976, es sociólogo egresado de la UBA, trabaja e investiga sobre los movimientos sociales y políticos de la Argentina. Integró la Corriente Patria Libre y, a partir de 2005, se incorporó a la gestión del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación como parte de los movimientos sociales. Es autor de El aguante, la militancia en los noventa y Generación 2001, entre otros libros.
Sobre esas consignas, las experiencias políticas que afloran y los debates en el movimiento nacional conversamos en esta nota.
¿Cómo nacieron estos encuentros para hablar sobre una nueva estatalidad?
—Nacieron con la idea de profundizar sobre una consigna que lanzó Cristina Kirchner, buscando conversar sobre un malestar social que fluye por abajo, que es el mismo que dio lugar a otras consignas: “las nuevas canciones”, de Axel, y “la casta tiene miedo”, de Milei. Todas son hijas de una época de fastidio sin horizontes a la vista. En ese río revuelto, la de Milei pegó primero y pegó dos veces, y es aún la más clara, la más radical y la que tiene la pretensión de hablarle a una mayoría social. La de Cristina y Axel, en cambio, son más crípticas y acotadas, porque le hablan a un colectivo en retroceso y a la defensiva. La de Axel pareciera que busca entablar una conexión anímica más que propositiva con sectores internos del movimiento nacional descontentos con la conducción. La de Cristina le habla más o menos al mismo colectivo, pero haciendo eje en el Estado como referencia, asumiendo que parte del movimiento coincide con algunos planteos de Milei. Pero todo transcurre en modo Indio Solari: la propuesta hasta ahora son imágenes y hay que construirse la historia y esto no es un giro poético, sino una debilidad política que no es solo de los dirigentes, sino del campo popular en su conjunto.
Todo esto se relaciona con otro hecho notable de la época que es la extensión que tomó la crítica al kirchnerismo con infinidad de animadores, desde Pablo Semán a Alejandro Horowitz, pasando por la revista Panamá como aglutinadora de distintas voces. ¿Pero hay alguna idea que nuclee a estas voces? No es la intención criticar a estos compañeros muy valiosos, con aportes interesantes, sino pensar en el espacio que tienen en los streaming, por ejemplo, porque evidentemente contactan con algo por abajo. Esta amplia recepción nos dice algo para pensar, como también hay que pensar en la heterogeneidad que se pasa por alto. En este género con infinidad de voces se articulan críticas interesantes y profundas, un componente alto de catarsis y una condena cultural o de formas, pero en general muy poco de propuestas militantes, porque la búsqueda de un supuesto peronismo del interior de Panamá no tiene nada que ver con las expectativas de Horowitz, por ejemplo. Me parece que todas estas críticas subestiman factores estructurales, internacionales y los del propio campo popular del que se nutrió más o menos el kirchnerismo.
¿El límite del kirchnerismo fue su dedismo? ¿Su supuesta deriva “progre”? ¿Su discurso radical sin radicalización? El límite de estas lecturas es el mismo que tuvo el kirchnerismo y es que pedaleamos en el aire sin saber cómo ni por dónde, porque no hay ninguna ruta trazada de antemano. Por eso el péguele al kirchnerismo funciona como un escudo para no hacernos cargo de nuestros propios límites como militantes populares. Para decirlo más claro, no creo que ni la CGT ni los movimientos sociales ni ningún otro espacio haya tenido ninguna idea mucho mejor que nos hubiera salvado de un Milei. En todo caso, lo que había fue una tradición propia de los noventa sobre cómo se entendía la militancia, idea que se fue perdiendo o abandonando para abrazar lo que conocemos. Pero esa es otra historia. Eso sí hubiera hecho una diferencia para encarar la resistencia a todo esto de mejor forma. Y eso hoy no está. Esa cultura del compañerismo, de la ética militante está un poco maltrecha. No se trata de evitarle responsabilidades al kirchnerismo, sino de hacernos cargo de que esas críticas llevan demasiados años y hay que cambiar de pantalla. Cambiar el eje y poner las expectativas en lo que surja como nuevo. No es que sean cuestiones contradictorias con la crítica al kirchnerismo, pero en todo caso sí las orientaría a profundizar en los condicionantes fuertes para que la crítica aporte nuevas herramientas de organización, nuevas demandas, otros compromisos.
¿Qué salió de esos encuentros?
—El kirchnerismo tenía un plan: que el propio motor económico generase una nueva formalización de trabajadores, algo que no ocurría (y no ocurrió) y por eso a partir de 2010 hubo un fuerte desarrollo de políticas de tipo asistencial como el Argentina Trabaja o la Asignación Universal, a la vez que se abandonó el trabajo territorial estatal. Por un lado, la política social se volcó a la ANSES y los cajeros automáticos, y por otro lado, lo que quedó se tercerizó en los movimientos sociales. Esta política se profundizó con Macri y después con Alberto. Y más allá de que en algún un momento algunos dirigentes sociales fueron funcionarios del Estado, la tendencia fue esa. Y aunque muchos compañeros lo vivieron como un avance o un crecimiento de los movimientos, el final de la película dejó en claro que la historia iba por otro lado. Que el Estado haya abandonado una herramienta importante e interesante para construir comunidad, como la territorialidad, profundizó la ruptura de los lazos que sostenían esos vínculos. Con el tiempo, esa ruptura se presentó como “casta” y fue el tsunami que le pasó por arriba no solo al Estado como institución, a sus agentes y a los movimientos sociales, sino también a los compañeros que recibían cualquier mínima ayuda del Estado apenas para sobrevivir. Nos partió al medio. Llegados a este punto, que es en el que estamos, con la idea de “casta” sobrevolando la cabeza de todos, me parece que tenemos que cambiar el orden de los factores y en vez de pensar qué es lo que pide “la gente”, la militancia popular tendría que asumir una perspectiva crítica sobre el sentido común actual, porque sino, no hay futuro posible. No es un problema de políticas sociales ni de eficiencia, sino de hacernos cargo de que estamos partidos por varios costados distintos. Hay un corte etario, hay un corte en las formas laborales y hay un corte entre los que están adentro y los que están afuera. Despedazados por mil partes, como decía La Renga. Reconstituir un nosotros, una idea propuesta de comunidad, en mi opinión, es el grado cero de todo esto y el objetivo principal de las organizaciones sociales y políticas y de una nueva estatalidad.
De la mano de eso, pensar formas de distribución desde el Estado, que sean no solo transparentes, sino fáciles de explicar para toda la sociedad, para romper de lleno con el concepto de “casta” y que se vean los beneficios de esas políticas para el conjunto social. Eso implica universalizar políticas concretas, tal vez, pero no sólo eso. También profundidad en cada área del Estado, cómo se transparenta y se legitima el recurso del Estado llegando al territorio, a las comunidades, a las organizaciones que lo necesitan. La otra cuestión vinculada a la transparencia, que también es para pensar, es cómo el Estado se piensa en el territorio, y eso implica pensar una política territorial con trabajadores territoriales que den respuestas concretas. No se puede pensar un proyecto de construcción comunitaria sin trabajadores territoriales que aporten y articulen y apuntalen la construcción de comunidad, ni tampoco sin movimientos sociales, así se llamen movimiento de desocupados o curas villeros. Los cajeros automáticos no te escuchan ni te dan un abrazo cuando lo necesitás. Entonces transparencia, territorialidad y protagonismo de las comunidades con sus organizaciones, esas son por lo menos tres de las puntas para pensar un Estado que se plantee transformador en una nueva etapa política. Estos son los medios, el objetivo es reconstituir la idea de comunidad y el funcionamiento de la comunidad trabajando por sus propios objetivos.
¿Coincidís en que hubo un corrimiento nocivo de cuadros técnicos por cuadros políticos durante el kirchnerismo y que eso fue un parte aguas?
—No. Además me parece otro debate viejo que hace de un aspecto secundario un aspecto central. El mejor momento de la gestión del kirchnerismo fue el encuentro de los militantes políticos con los técnicos, pero ojo, no cualquier técnico, sino los técnicos que amasaron su mirada sobre lo social, articulando con los movimientos cuando todavía no eran gobierno. Esto es lo importante. Si el proceso dejó de funcionar, no tuvo que ver con los perfiles de trabajo, de eso estoy seguro, sino con un proceso económico que no se verificó. Y en un segundo lugar, con la definición de políticas equivocadas. Como pasa en el fútbol, las piñas en los vestuarios suceden cuando los equipos pierden, no cuando ganan. Y perdimos porque el proyecto tocó sus propios límites. Pero esto no significa que se corran esos límites sólo diciéndolo. Y eso tampoco significa que no haya pasado nada interesante durante los últimos años. En todo caso, el problema vuelve a hacer la incapacidad, tal vez, del colectivo social para asumir y profundizar en estas experiencias. Una de éstas fue la oleada feminista. La otra, una de las políticas más interesantes en los últimos años, que nació en el gobierno de Macri de una iniciativa militante, de movilización social: el ReNaBaP. Primero se logró impulsar desde la oposición al macrismo una ley en el Congreso, que después se hizo política de Estado con el aporte de técnicos y de técnicos militantes. Fue un avance y tuvo logros concretos, con el acondicionamiento de muchos barrios. Por eso también fue tan criticado en los medios hegemónicos de los sectores dominantes.
Cuando te entrevistamos sobre tu libro “Generación 2001” durante el gobierno de Alberto Fernández, dijiste, como un presagio: “Hay que repensar la práctica política en el Estado inaugurada en 2003, de lo contrario los jóvenes dirigentes pueden matar el proceso que buscan conducir”. ¿A qué práctica política hacías referencia?
—Hay una militancia que encuentra su sentido sólo en el Estado y desde el Estado, en vez de pensarla como un momento y una herramienta importante, pero no la única. La falta de ámbitos democráticos, la disputa por los carguitos, las fotos en escritorios: todo eso es cotillón. Ahí no hay nada. Es obvio decir que no queda nada de aquello. Hay que empezar otra vez de cero. No porque no sirva nada de lo que hay en el campo popular. Todo lo contrario, tenemos legisladores, referentes respetados, incluso una base de votos importante, pero el sustento de todo esto tiene que pensarse de nuevo porque cambió todo, las subjetividades, las formas del trabajo, las demandas. Y porque el Estado no puede ser un fin en sí mismo. El Estado funciona como una aspiradora de la energía social. No es al revés. Esto no significa abandonar el Estado, sino tener en cuenta que tiende a comerte por sus propios mecanismos de reproducción, no porque cobrés un salario todos los meses.
¿Qué experiencias de la militancia política del último tiempo te parecen interesantes?
—Veo cosas interesantes en Grabois, en la defensa de debates que no defiende el resto del campo político, como por ejemplo la necesidad de techo, tierra, y trabajo, y la búsqueda de fórmulas concretas para hacerla realidad. Me parece interesante la construcción de Ciudad Futura en Rosario, como representantes que buscan contactar con otros debates desarrollando experiencias concretas sin esperar nada de nadie.Y para ser coherentes con el tono de lo que venimos hablando, que es valorizar un poco contra corriente lo que tenemos, me parece importante decir que si bien tanta gente desde el sillón le dice a Cristina que no enfrentó lo que debía enfrentar o que no cambió la matriz productiva, ella está detenida, justamente, por enfrentarse a algunos poderes reales. También es importante destacar la gestión de Axel contra viento y marea y la labor de los movimientos sociales: a pesar de todos sus errores, no vas a encontrar a un solo dirigente enriquecido. Eso no es poco. Y me parece también importante, a pesar de que no está de moda, reivindicar al militante.
No se hace política destruyendo lo que hay, ni a ella ni a Axel, sino a partir de eso aportar debates para mejorar lo que hay. Construimos a partir de las identidades y los avances que pudimos dar. Me parece que parte de la solución es ver lo nuevo y alentarlo. Otra parte es volver a valorar.
Desde algunos sectores del movimiento nacional se critica el ambacentrismo peronista. ¿Qué pensás?
—Es un problema el ambacentrismo, pero ¿cuál es la solución? ¿Cuáles son las condiciones estructurales para que surja algo de las provincias del interior? No se resuelve desde la voluntad, sino desde la construcción política con voluntad y capacidad de articular. ¿Cómo construimos un proyecto nacional desde Chubut, desde Neuquén, que están preocupadas en conseguir más proyectos mineros para el desarrollo de la provincia? Yo creo que no va a venir Quintela montando un burro, como Menem. El peronismo, ya se dijo tantas veces, es una federación de intereses particulares. ¿De una provincia minera va a surgir la necesidad de nacionalizar los recursos naturales? ¿El proyecto sería todos atrás y la soja de nueve? No sé.
¿Y de la multiplicación de los nacionalismos?
—Hay que recuperar un discurso en clave latinoamericana y popular, buscando el desarrollo real de nuestro país. Hasta ahora lo que tenemos son discursos falsamente nacionalistas, como el de Moreno que se alegró con la invasión a Venezuela y milita prácticamente la anexión de Argentina a Estados Unidos. Y hay toda una movida antimontonerista o antisetentista que termina fortaleciendo a los sectores dominantes, porque no contiene ninguna estrategia de poder. Pienso en los chicos que arman las Rucci Fest, o en los militantes que hablan como Schargrodsky, postulando un justo medio, una moderación que te hace envejecer hasta la internación en un geriátrico. La generación de los setenta tenía un proyecto de poder y fue fundamental para el regreso de Perón. Eso es política concreta, después discutamos mil cosas. Nosotros, la generación de los 90, echamos cinco presidentes en una semana con pocas ideas pero mucha decisión. Es desde ahí que hay que buscar la superación. No criticando la voluntad de ir al frente, por ejemplo. No buscando hablarle a todos para no hablarle a nadie en realidad.
Lo que falta no va a salir de los stream, como no salió tampoco de los escritorios del Estado, sino de los barrios más pobres del país. De nuestros descamisados y descamisadas. Quién te dice, también de los rappi que se juntan en una esquina a charlar cómo viene la cosa, aunque hayan votado a Milei, porque ellos tampoco están a salvo de la realidad y porque los que trabajan en la calle, hay que recordar, estuvieron en la primera línea en 2001. ¿Cómo nos cuesta olvidarnos de 2001, no? ¿Será que todavía tiene algo para decir?
Ilustración: Marcelo Spotti
