Redacción Canal Abierto | A 50 años del golpe cívico-militar, la obra Potestad de Eduardo «Tato» Pavlovsky vuelve a escena en una versión dirigida por Norman Briski. Será el viernes 20 a las 20 en el anfiteatro Eva Perón de la sede de ATE (Belgrano 2527, CABA), con la actuación de Eduardo Misch. La pieza fue estrenada en 1985 y desde quienes llevan adelante la puesta hoy, buscan que adquiera una nueva dimensión: ya no habla solo de la dictadura, sino de las complicidades del presente.
Escrita en los albores de la democracia, la obra aborda el secuestro de niños y la apropiación de identidades durante el terrorismo de Estado, pero también explora la banalidad del mal y la capacidad de autoconvencimiento de quienes participaron de aquella maquinaria siniestra. Con una prosa afilada y un clima que oscila entre lo cotidiano y lo siniestro, Pavlovsky construye un texto que interpela tanto al pasado como al presente.
El actor Eduardo Misch tiene una larga trayectoria en el teatro independiente. También una relación profunda con esta obra: primero como espectador al momento de su estreno, luego como asistente de dirección durante más de 15 años y como actor de un papel secundario en la versión cinematográfica. Ahora, de la mano de Norman Briski, se mete en la piel de un golfista que, junto a su caddy, despliega el monólogo con un costado más naturalista pero igual de inquietante.
En los albores de la recuperación institucional tras la larga noche de la dictadura, la obra de Pavlovsky no pudo pasar desapercibida. Rozando lo repulsivo, el final da vuelta la empatía con el personaje y cambia de manera total el sentido de lo que se vio hasta entonces. No es de las obras más cómodas para el espectador.
“La elección de la obra no vino por algo en particular. Esta obra no solo habla de la época de la dictadura, también habla de un presente en el que todavía faltan 300 niños por descubrir dónde están. Y si bien esos chicos fueron secuestrados en la última dictadura cívico-militar, la obra habla de ese presente, y de un presente más avasallante que el de aquella época: la complicidad. En la obra se ve claramente que el cómplice no es un monstruo identificable en la vía pública. El cómplice es el que está al lado”, señala Misch en diálogo con Canal Abierto.
“Entrás a una panadería y la mitad son cómplices de lo que nos está pasando hoy. En aquella época estaba el `no te metas´, nadie decía nada, de alguna manera estaba encubierto. Hoy, con la bajada de línea que tenemos del Presidente, todo lo que sea complicidad es obsceno. La violencia parece estar avalada. Da menos vergüenza decir que te gustaría matar al otro. De eso habla la obra también”, acota el actor.
Y subraya que “la obra es de poco tiempo después del estreno, de la salida a la democracia, con el juicio a las Juntas, donde todo estaba más claro. Había cosas que hoy se dicen y en ese momento eran impensables”.
Misch sostiene que la obra adquiere hoy una resignificación a partir de lo transcurrido en los últimos 40 años hasta llegar a nuestro presente. “Lo que significaba entonces lo dice Pavlovsky en el final de la obra: `muy pronto vamos a estar juntos otra vez los tres´, muy pronto estas dictaduras van a venir de otra manera. También lo dice en Galíndez, otra obra que trata sobre el tema. No pensamos en cómo resignificarlo. Simplemente la obra muestra el terror en el que uno está metido hoy. Cuando la gente la ve, no habla de aquella época, dice: `Claro, esto es lo que nos está pasando ahora´”, lamenta.
Misch tuvo una larga relación tanto con Pavlovsky como con Briski, director de la puesta de 1985. Fue el director quien le sugirió cambiar al rugbier de la puesta original por un golfista que dialoga con su caddy.
“A partir de ahí empezamos a trabajar. Lo que se ve claramente es el nivel social que se pone en escena, muy superior al del rugbier de Tato. Él jugaba al rugby, yo digo que siempre jugué al golf. Ahí ya hay un sector social identificable como cómplice: es un médico que juega al golf y le cuenta esto a su caddy. Ese sector social hoy toma mucho más protagonismo en su complicidad, ahora puede salir a hablarlo abiertamente. Está como más entonado”, explica sobre esta decisión.
Misch remarca que, por su relación ya sea como espectador, asistente o actor en la versión cinematográfica dirigida por Luis César D’Angiolillo, “es una obra que no tuve que estudiar, ya la sabía. Mi trabajo actoral fue despegarme de la memoria que tenía de lo que hacía Tato para buscar algo más mío, acercarlo a mí. Ser golfista es también acercarlo a mí, es el invento de Norman. Yo no quería tener cuerpo de rugby”.
Esta nueva puesta se estrenó en 2024 en el Teatro Payró. Luego tuvo continuidad a fines de ese año en el Teatro Calibán. Y durante 2025 tuvo su recorrido por distintas provincias. Allí se encontró con públicos variados. “Hay gente que vivió la dictadura, que vio a Tato y quiere ver de qué se trata ahora. Y hay mucha gente joven. Estamos recorriendo universidades. Los estudiantes no van al teatro, hoy la gente ve muy poco teatro. A veces me enfrento con gente que nunca vio una obra de teatro. Lo primero que ven es esto y quedan flasheados. O han visto algo comercial y no se acercan al circuito independiente”, describe Misch.
Y cuenta que “casi siempre, al final, abro el diálogo para el que quiera decir algo, una reflexión. Hablamos de lo que estamos pasando como sociedad, de cómo seguir adelante. Me encanta tener ese ida y vuelta. La gente agradece mucho lo que pasa después de la obra, no solo la obra en sí. Como dice Briski: `si el teatro no se vuelve asamblea, no sirve para nada”. Esa es la idea´”.

