Por Leo Vázquez | Para los argentinos, Enrico Calamai será conocido eternamente como “el cónsul de los desaparecidos”. Algunos lo catalogan como “un héroe sin capa” y otros lo apodan el “Schindler de Buenos Aires”, categorías que él mismo objeta.
El hombre estuvo a cargo del consulado de Italia en nuestro país durante la primera etapa de la dictadura y estampó su firma en la memoria de la lucha contra el genocidio ayudando a escapar de la tortura y la muerte a más de 300 perseguidos políticos que se refugiaron en la sede diplomática.
Como si fuera poco, su peliculesca empresa humanitaria fue desplegada en dos países: había llegado a la Argentina en 1970 como vicecónsul. Tras el golpe en Chile fue enviado a Santiago y, como Roma no reconoció a la dictadura pinochetista, más de 200 personas se asilaron en la embajada. De allí logró sacarlos. Luego del 24 de marzo de 1976 regresó a Argentina utilizó esa experiencia para saltar los cercos de la represión de Videla.
Con dos colaboradores, el periodista y corresponsal en Argentina Giangiacomo Foá y el representante de los sindicatos italianos Filippo Di Benedetto, armó un circuito semiclandestino que incluía estrategias diversas, creatividad, capacidad de improvisación y audacia para llegar con los apuntados por el terrorismo de Estado al otro lado del océano.
Enterados de su tarea, los militares presionaron a Italia para lograr su retiro.
En el marco de las actividades por los 50 años del inicio de la dictadura genocida, Calamai volverá al país para participar de una serie de homenajes. Uno de ellos será el miércoles 25 en el Hotel Quagliaro de ATE, en donde estará acompañado de los máximos dirigentes del sindicato estatal y de la CTA Autónoma. También se proyectará el documental Una vita per i diritti umani, con presencia del director.
Antes de eso, Enrico dialogó con Canal Abierto en una charla en la que rememoró su etapa porteña, analizó la actualidad global y advirtió sobre los riesgos que afronta la humanidad.
“Era mi deber defender a los derechos humanos. Tenía un contrato con un sujeto de derecho internacional que es el Estado italiano cuya constitución reconoce los derechos humanos, por lo tanto yo tenía la posibilidad de dar una mano y el deber de hacerlo”, destaca.
¿Cuánto hace que no viene a la Argentina?
-La última vez que estuve fue en 2007, me emociona mucho volver porque Buenos Aires ha cambiado mucho políticamente, económicamente y físicamente, va a ser muy emocionante.
Aquella vez fui porque la Secretaria de Derechos Humanos había traducido un libro mío cuyo título en español es Razón de Estado: Perseguidos políticos argentinos sin refugioy los distribuía gratis, eso es muy bonito.
Ha cambiado mucho desde entonces y ese tipo de iniciativas ya no son comunes…
-Ya me lo imagino…
También recibió la Orden de San Martín en 2004, una distinción importante…
-Si, en la embajada aquí en Roma, fue muy importante…
¿Qué siente al recibir este tipo de reconocimientos como los que va a recibir este año en Buenos Aires?
-Me parece increíble que después de 50 años alguien se acuerde de mí, y no me parece merecer nada, pero me emociona mucho, claro que si…
¿A qué reflexiones lo lleva este aniversario del golpe?
-Mis reflexiones no son positivas, no tanto por la Argentina porque no sé más que lo que dicen los periódicos, pero por la situación mundial. El Juicio a las Juntas terminó con “nunca más”, pero la verdad es que la actuación de los militares argentinos no fue más que un anillo en la cadena de horrores de lo que es la cultura occidental, nuestro mundo, el mundo en que vivimos y la crueldad con la que nos movemos, hablo por el occidente avanzado que intenta explotar a todo el mundo y es evidente que no solo es inmoral, no solo es ilegal, es además absurdo, ya no es posible, históricamente se acabó y el riesgo real es de una tercera guerra mundial, y tenemos que acordarnos como termino la segunda con la bomba atómica, estamos a riesgo de destruir la vida humana, sino toda la vida en el planeta.
Este análisis se enmarca en el resurgimiento o fortalecimiento de las derechas y las ultraderechas, como en Argentina e Italia, por ejemplo…
-Sí, yo creo que la ultraderecha está financiada por Estados Unidos, la explicación básica es esa: si tú pones mucho dinero en una fuerza política, la fuerza política crece. Es la política que está siguiendo Estados Unidos, una política que puede tener éxito, desgraciadamente, pero es muy peligrosa, para el mundo entero, además de Europa y los demás países.
Europa ya con una guerra importante en su territorio inclusive…
-¡Una guerra absurda! Se ha creado una situación en la cual la guerra, empezada y buscada por Estados Unidos, que ya ha comprendido que es una guerra perdida, seguimos combatiéndola nosotros los europeos, una situación de locura cuya explicación sería la existencia de una clase política europea esclava y subordinada a Estados Unidos, que no sabe y no quiere ser independiente.
Con esto se relaciona su preocupación y su activismo por la situación de las personas migrantes, a quienes ha definido como los nuevos desaparecidos…
-Yo hablo de nuevos desaparecidos porque son gente desesperada, gente que no tiene más remedio que huir por su vida, de países destrozados por el mundo occidental, con guerras, dictaduras, desastres climáticos, explotación feroz, que intentan venir hacia la única zona de paz cerca que tenemos nosotros en Europa, pero como la que tenemos hoy es una Europa neoliberista, que no quiere gastar dinero en lo social, pues los hacemos desaparecer, en el vacio mediático, cuanto más lejos, más posible, a las fronteras, al desierto africano, a Libia, al Mediterráneo, ahí tienen que morir antes de llegar, pero sin que la opinión pública europea se emocione. Era un poco lo que pasaba en Buenos Aires, donde la gente desaparecía pero la vida continuaba como todos los días. Yo recuerdo calle Corrientes, Florida, 9 de Julio, el trafico, los teatros, los cines, los restoranes llenos, y sin embargo la gente muere, los subversivos, porque exigen gasto social, cambian el orden que el poder quiere imponer, que es un orden de restricción en el gasto social para gastar lo más posible en armas, en lo militar.
Esto es lo que usted suele comentar como “las dos realidades” que se vivían en Argentina en esa época
-Sí, para mí era terrible, yo no alcanzaba a comprender, eran dos realidades opuestas y sin embargo coexistían, la realidad que me contaban los chicos que venían al consulado a pedir ayuda, y que yo sabía que era verdad, yo sabía que había tortura y había muertes, pero sin embargo yo salía de mi oficina y la vida era la de siempre, tranquila, agradable, alegre, entonces no comprendía como podía ser una cosa así.
¿Cómo siguió su carrera después de Buenos Aires?
-Yo pedí quedarme en Roma, porque mi idea era dejar el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero no pude por razones económicas y terminé siendo enviado a Nepal, que fue un país de gran importancia para la política exterior italiana, pero muy bonito y me permitió conocer un poco de Asia. De ahí fui a Kabul en los últimos dos años de la invasión soviética, fue muy duro también, incluso peligroso porque caían bombas, pero también me permitió estar por mi cuenta sin ser parte de una cadena jerárquica difícil de soportar. Y luego volví al ministerio en Roma y en el 97 pude dejar.
Hace pocos años se involucró en política, fue candidato
-Sí pero fue una cosa más que nada de amistad, afectuosa, un partido en el que yo creía pero no tenia posibilidad de ser elegido. Era dar una mano a compañeros serios, buena gente, lo hice con mucho gusto.
¿Volvió a tener contacto con alguna de las personas que ayudó a escapar de la dictadura en Argentina y Chile?
-Sí, en Roma hay varios argentinos que pasaron por el consulado y se quedaron a vivir aquí a la vuelta de la democracia, y nos vemos de vez en cuando, tenemos relaciones de amistad, es muy importante para mí y creo que también para ellos.
Hay algunas películas, muchas notas, libros, que cuentan de su historia y su labor humanitaria, pero a usted, personalmente, ¿cómo le gusta que lo recuerden? En muchos casos lo mencionan como el “Schindler de Buenos Aires”…
-Yo no me identifico con Schindler, él era un hombre de negocios, yo era un funcionario de un Estado democrático cuya constitución reconoce la importancia de los derechos humanos, por lo tanto era mi deber, deontológicamente, defender a los derechos humanos. Yo lo que hice, lo poco que pude hacer, lo hice porque sentía que era mi deber, mi deber contractual, tenía un contrato con un sujeto de derecho internacional que es el Estado italiano cuya esencia legal, la constitución, reconoce los derechos humanos, por lo tanto yo tenía la posibilidad de dar una mano y el deber de hacerlo.
Se cuentan muchas hazañas o estrategias dentro de esta acción que usted llevó adelante, desde falsificar documentos, mover contactos, viajes diplomáticos…
-No generalicemos, eso de falsificar documentos suena muy mal… algún caso hubo francamente, pero muy pocos…
¿Pero cual era la manera, o lo más arriesgado que ha llegado a hacer?
-Lo voy a contar, teníamos en el consulado dos chicos que se habían quedado sin documento de identidad, no podían salir del país, para los cuales habíamos pedido que nos dieran los documentos y no llegaban, pero no podían seguir ahí, estuvieron como tres meses, se estaban volviendo locos, entonces les di un documento con un nombre que ellos se habían procurado… pero era un pasaporte que no podía ser renovado automáticamente, servía solo para llegar a Italia…
Usted lo cuenta con cierto reparo pero es algo que reivindicaría cualquiera que haya participado de una lucha alguna vez…
No sé, francamente uno vive esas situaciones y hay que hacer cualquier cosa para superar el momento…
Por último, ¿qué mensaje le daría a las nuevas generaciones, a la militancia, al activismo, sectores con los que usted tuvo un vínculo tan fuerte en tiempos difíciles?
-Yo creo que hoy en día los jóvenes primero tienen que recuperar confianza en sí mismos, como generación y como componente de la opinión publica, la opinión publica puede cambiar la realidad política de un país pero para hacerlo necesita una organización, un sujeto, tipo un partido, y se necesita aprender, y esto es lo difícil, a comprender lo que la información mediática deforma y esconde. Siempre hay algo que viene hecho desaparecer, hay que intentar comprender la realidad de las cosas y sobre todo teniendo en cuenta su propia capacidad de reacción: cada uno de nosotros puede encontrar una manera de reaccionar, y todos juntos mucho más.
Se me ocurre recordar lo que los comuneros españoles al principio del 1.500 le dijeron a Carlos I de España y V de Alemania: “Nosotros, cada uno como vos; todos juntos más que vos”. Yo creo que si se consigue un movimiento popular estructurado políticamente se pueden cambiar las cosas, pero para eso hay que aprender a leer lo que la información mediática nos esconde, y aprender a criticar, y eso es muy difícil.
No deja de ser un mensaje optimista…
-Si claro, yo soy optimista en esto, pero tengo mucho miedo en esta situación con el actual presidente de Estados Unidos, que exhibe su violencia con arrogancia y se complace de utilizar muertes de civiles para ganar una guerra, lo que ocurrió con el colegio de niñas en Irán, es lo que se llama double tap, o sea, una primera bomba y cuando van a ayudar donde ha caído la primera bomba, otra bomba… es una cosa monstruosa, la negación total del derecho internacional. Lo que se llama el derecho de guerra, o sea el derecho humanitario, que el primer deber de las partes en guerra es asegurar la protección de los civiles, y en cambio los están matando.
Enrico Calamai será homenajeado el miércoles 25 de marzo desde las 17.30 en el auditorio del Hotel Héctor Quagliaro, en Moreno 2654, CABA, en una actividad junto a Hugo “Cachorro” Godoy, titular de la CTA Autónoma, Rodolfo Aguiar, secretario General de ATE Nacional, y Enrico Blatti, director del documental Una vita per i diritti umani (Una vida por los derechos humanos), que será proyectado durante la jornada.

