Por Pablo Volkind * | Estas reflexiones surgen a pocos días del 24 de marzo, cuando se conmemorarán los 50 años de un proceso que impuso una profunda transformación regresiva en la estructura económica, social, política y cultural de Argentina. Dicho proyecto, que atentó contra los intereses de las mayorías populares, sólo pudo sostenerse mediante el terrorismo de Estado aplicado a sangre y fuego.
Los debates necesarios
En el escenario actual, el principal debate que debemos abordar a escala social es contra las corrientes negacionistas del terror estatal y reivindicatorias del accionar de la dictadura presentando a sus ejecutores como héroes que libraron una “guerra”; insisten, de este modo, en la vieja teoría “de los dos demonios”, y justifican la violación sistemática de los derechos humanos y el Terrorismo de Estado. Asimismo, es necesario confrontar a quienes cuestionan la cifra de 30000 desaparecidos para minimizar el terror estatal y sus objetivos.
No obstante, también existen polémicas entre quienes condenamos el golpe. Estas discusiones sobre los objetivos, protagonistas y la transición a la democracia no son menores, ya que inciden directamente en cómo analizamos lo sucedido, comprendemos sus causas profundas y en cómo proyectamos la transformación de nuestro presente y futuro. Resulta imperativo reflexionar sobre las interpretaciones que hoy predominan en el ámbito académico, editorial y educativo porque sus afirmaciones y conclusiones tienen una resonancia directa en el presente, tanto en términos políticos como historiográficos. Al respecto, estos desafíos, cuestionamientos y reflexiones podrían sintetizarse en cinco problemas fundamentales.
Cinco ejes para repensar la dictadura
1. ¿Para qué y quiénes impusieron la dictadura a partir del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976? ¿Qué se proponían?
Con respecto a este problema se suele enfatizar que los militares tomaron el poder para cerrar el ciclo de violencia política que se vivía en Argentina y que al mismo tiempo venían a modificar el entramado institucional, el funcionamiento de los partidos y la refundación de la clase dirigente argentina. Si bien estos eran parte de sus objetivos, se secundariza que el principal propósito de aquel golpe de Estado estuvo vinculado con la necesidad de cerrar el ciclo que luchas que estaba abierto en Argentina y garantizar condiciones de acumulación de capital para los grandes empresarios locales y extranjeros que operaban en nuestro país (incluso es necesario enfatizar que las organizaciones político-armadas prácticamente habían sido desarticuladas al momento del golpe).
Innumerables investigaciones han demostrado que este fue uno de los principales objetivos –sino el principal–, aunque hoy algunos lo desestimen y busquen relativizar estas perspectivas. El crecimiento exponencial de las ganancias de los grupos económicos como Bunge y Born, Soldati, Acindar, Techint, Perez Companc, Aluar, Celulosa Argentina, Ledesma, Arcor, Garovaglio & Zorraquín, o la Sociedad Macri, así como la estatización de su deuda privada con el exterior son indiscutibles evidencias de este fenómeno.
Este propósito nos permite comprender por qué el mismo 24 de marzo la dictadura intervino la CGT y una elevada proporción de los sindicatos, anularon gran parte de los derechos laborales, impusieron el terror dentro de las fábricas, iniciaron una feroz represión con blanco en el movimiento obrero y a lo largo de siete años garantizaron un marcado incremento de la productividad, una significativa reducción del salario, la eliminación de miles de pequeñas y medianas empresas y una desocupación que presionó sobre quienes tenían trabajo. Al respecto, dado que resulta una referencia ineludible, sugiero leer o releer la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar escrita por Rodolfo Walsh en 1977. 1
2. ¿Fue una dictadura dirigida sólo por militares? ¿Quiénes fueron los principales beneficiarios?
Esta pregunta está estrechamente relacionada con la anterior. Si no se comprende la interdependencia entre transformación de la estructura económico-social y terrorismo de Estado, se refuerza la tesis de que ésta fue una dictadura casi exclusivamente militar. De ese modo, parece que fueron los militares los principales interesados y beneficiados por el golpe.
Se estudian sus documentos, se verifica que la mayor parte de los cargos de gobierno fueron ocupados por militares y así se concluye que fue una dictadura militar con colaboración de civiles en diversos planos. Resulta llamativo que se siga afirmando esta idea en diversos libros y artículos publicados en los últimos años, dado que se desarrollaron profundas y muy fundamentadas investigaciones a lo largo de todo el país que demuestran la responsabilidad empresarial en los crímenes de lesa humanidad. Lo que nos permite comprender la inescindible relación entre poder estatal, clases dominantes y accionar de las fuerzas armadas.
Al ubicar a los militares prácticamente como los únicos responsables de lo sucedido, se dificulta la comprensión del proceso histórico y se acota la mirada dado que lo más relevante no es quién ocupó tal o cual cargo sino en función de qué intereses y para qué lo hizo. En este sentido, resulta muy llamativo que algunos sostengan que la denominación de golpe cívico-militar-eclesiástico y empresarial es una construcción social que poco se ajusta a los “datos históricos”.
3. ¿Cuándo se inicia la política económica y represiva?
Se suele enfatizar que la política económica de la dictadura en realidad se inicia con el Rodrigazo de 1975 y el Terrorismo de Estado a partir del decreto firmado por Isabel, que permitió el despliegue del Ejército por la provincia de Tucumán. Entonces: ¿qué recordamos el 24 de marzo de 2026? ¿50 años de qué?
Diferenciar un plan de ajuste brutal como el que se impone a mediados de 1975 y el inicio de prácticas represivas como la instalación del primer centro clandestino de detención del país no puede hacer perder de vista que a partir del 24 de marzo de 1976 se produjo un cambio cuantitativo que implicó un salto cualitativo en estos dos planos con respecto al período anterior.
Para dar cuenta de dichos cambios, resulta imprescindible ligar –nuevamente– proyecto económico y terrorismo de estado. El proceso de desindustrialización relativa y reprimarización de la economía sentó las bases de la Argentina que vivimos hasta el presente. La dictadura tenía claro que esa política económica generaría una elevada conflictividad social y por eso el conjunto de las fuerzas represivas participó en los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones que tuvieron foco en la clase obrera y fue desplegada en los más de 800 centros clandestinos de detención que crearon a lo largo de todo el país.
4. ¿Cómo incidieron las disputas entre las potencias mundiales durante este período? ¿Es posible analizar la dinámica interna de un país dependiente como la Argentina sin contemplar ese plano?
Resulta llamativo que en la mayoría de los análisis sobre la última dictadura se secundariza o directamente se elimina la dimensión de las “relaciones internacionales”, que resultan un tópico fundamental para comprender los momentos que transita la dictadura y las tensiones internas en un país dependiente, donde dicho rasgo fundamental opera como un factor externo e interno.
Salvo el papel del Plan Condor o la influencia de la escuela francesa en el adiestramiento a las Fuerzas Armadas locales sobre métodos de tortura, no se integra la incidencia de la Guerra Fría, las vinculaciones de los grandes grupos empresariales y las cúpulas militares con determinadas potencias. Tampoco suele contemplarse la incidencia que tuvo esa dinámica internacional en las tensiones internas y los cambios en las Juntas.
Al respecto, las muy serias investigaciones desarrolladas sobre esta problemática permiten explicar por qué el presidente norteamericano Carter condenó las violaciones a los derechos humanos en Argentina pero no en Chile, alentó la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la Argentina en 1979, o por qué la dictadura firmó un convenio con la URSS en 1977; por qué esta potencia se opuso a la sanción de la Argentina en la ONU y, en 1981,se transformó en el principal comprador de las exportaciones de nuestro país a pesar del embargo cerealero norteamericano.
5. ¿Por qué terminó la dictadura? ¿Fue sólo por los conflictos existentes al interior de las Fuerzas Armadas y la derrota en Malvinas? ¿No tuvo ningún papel la resistencia y la lucha de diversos sectores populares? ¿Fue derrumbe, o derrota?
Lamentablemente la gran mayoría de las interpretaciones que se suelen escuchar o leer retoman y “pagan tributo” a la tesis que popularizaron Novaro y Palermo, en la que se preocupan por enfatizar que “la de 1982-83 no era una transición arrancada por luchas y movilizaciones populares contra la dictadura”.
Esto luego se combinó con la teoría del colapso, del derrumbe y otras interpretaciones que buscan explicar lo sucedido sólo por las tensiones internas y eliminan del registro la lucha del movimiento obrero que resistió y se opuso a la dictadura, la lucha de los organismos de derechos humanos y particularmente de la Madres de Plaza de Mayo, la resistencia de las comunidades eclesiales de base y de la iglesia tercermundista, de algunos partidos de izquierda que a pesar de las amenazas, persecuciones, torturas y desapariciones se quedaron en Argentina y aportaron a la resistencia, la lucha de miles y miles de jóvenes que elaboraron diversos mecanismos para mantener el contacto y enfrentar la dictadura.
El paro de los obreros mecánicos de Córdoba el propio 24 de marzo de 1976 y los conflictos protagonizados por telefónicos, Luz y Fuerza, metalúrgicos y textiles ese mismo año evidencian que el conflicto nunca desapareció, y que con el correr del tiempo cobró mayor envergadura y visibilidad. Las rondas de las Madres, los paros generales y la lucha estudiantil constituyen otros ejemplos en el mismo sentido. También sobre estas problemáticas contamos con excelentes trabajos, resulta sorprendente que se desconozcan u omitan.
En definitiva, si no se recupera e integra en el análisis el papel protagónico de la lucha popular resulta imposible comprender las causas profundas que explican la finalización de ese gobierno. Esto no es sólo un problema de interpretación del pasado, sino que fundamentalmente es un problema del presente y del futuro. Esas visiones refuerzan la idea de que las cosas sólo “caen” por su propio peso, y que el accionar, la agencia de los sectores populares poco tiene para incidir en el decurso de la historia. Alientan el quietismo y la resignación, al tiempo que proponen una lectura de los procesos históricos que sólo contempla lo que sucede “por arriba”. Si las diversas corrientes o sectores de las clases dominantes se pelean y debilitan es porque en alguna medida, los de abajo los tensionan y no dejan que desplieguen sus políticas sin oposición.
Junto a estas problemáticas, también sería importante repensar por qué algunos pretenden enfatizar el inmovilismo y responsabilizar a la sociedad en su conjunto por lo sucedido al tiempo que corren el foco de atención de aquellas clases y sectores que fueron los principales beneficiarios de la dictadura.
A modo de cierre
A 50 años de la última dictadura, y frente al desafío de difundir lo ocurrido, explicar por qué fue posible y convocar a las y los jóvenes –quienes muchas veces lo perciben como un proceso lejano–, la Historia vuelve a ser un instrumento fundamental. Nos permite comprender por qué se produjo el golpe, qué intereses buscaba garantizar y cómo se logró forzar su salida.
De este modo, no sólo contribuimos a mantener viva la memoria, sino también a entender cómo y para qué se desarticularon las organizaciones populares y se asesinó a sus líderes más combativos, así como a dimensionar el impacto que ello tuvo en la profunda transformación regresiva de la estructura económica y social que se proyecta hasta el presente y se refuerza día a día con la política que despliega el actual gobierno. Asimismo, aportamos a la búsqueda de nuevos caminos que permitan avanzar en transformaciones profundas en favor de las grandes mayorías.
Notas:
1. Ver https://www.educ.ar/recursos/fullscreen/show/22840
*Pablo Volkind es Historiador, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires.
Artículo publicado originalmente en Revista La Marea

