No es la droga, estúpido 

La muerte de un profesional reabre el debate sobre el uso de fármacos como el fentanilo y el propofol. Un médico toxicólogo advierte que el problema no radica solo en las sustancias, sino en la relación —singular y muchas veces invisible— que se establece con ellas.
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Por Fabricio J. Castellano* | La frase que titula esta columna no busca provocar gratuitamente. Es un guiño deliberado a aquella célebre expresión acuñada por James Carville en la campaña de Bill Clinton en 1992 —“¡Es la economía, estúpido!”—, que condensaba en pocas palabras una verdad incómoda. Tal vez toda época necesite su propia versión de esa frase. La nuestra, sospecho, podría ser esta: no es la droga. O mejor dicho, no es solamente la droga, aunque insistamos en creerlo.

La reciente muerte de un profesional de la salud, vinculada al uso de fármacos como el fentanilo y el propofol fuera del ámbito hospitalario, volvió a instalar un debate que, como tantos otros, parece repetirse sin resolverse del todo. Cambian los nombres, cambian los escenarios, pero el núcleo permanece intacto, como si estuviéramos condenados a rodear el problema sin mirarlo de frente.

Como médico toxicólogo, mi postura es clara, aunque no necesariamente tranquilizadora. El problema no radica exclusivamente en las sustancias, ni en profesionales de salud que las utiliza, sino en la relación —siempre singular— que las personas establecen con ellas. En la práctica clínica, el llamado “uso recreacional” suele presentarse como una categoría inocente, casi ingenua, cuando en realidad muchas veces funciona como un eufemismo que encubre otra cosa: una forma incipiente, y a veces silenciosa, de consumo problemático.

El cuerpo humano, a diferencia de nuestros discursos, no reconoce esas distinciones. No sabe de recreación ni de terapia. Responde a dosis, a combinaciones, a vulnerabilidades. El fentanilo, un opioide de altísima potencia, y el propofol, un hipnótico de uso anestésico, son herramientas precisas, cuando se utilizan en el contexto adecuado. Fuera de él, esa misma precisión puede volverse implacable. La línea entre el efecto buscado y el desenlace fatal no siempre es visible, pero siempre está ahí, sostenida por un rango terapéutico estrecho donde la dosis eficaz y la dosis tóxica apenas se separan.

Sería tentador, entonces, culpar a la sustancia. Convertirla en el centro del problema, en una suerte de objeto maldito. Pero esa operación, aunque comprensible, es también una forma de alivio. Nos permite creer que, eliminando o señalando el objeto, resolvemos la cuestión. Sin embargo, la pregunta persiste, casi obstinada: ¿por qué alguien necesita recurrir a esa sustancia?. Y esa pregunta, a diferencia de la anterior, no tiene una respuesta sencilla ni inmediata.

En este contexto, el señalamiento hacia una especialidad médica en particular introduce otra ilusión: la de que el problema pertenece a un grupo específico, identificable, casi ajeno. La anestesiología, como tantas otras áreas de la medicina, está conformada por profesionales altamente capacitados, que trabajan en un equilibrio delicado sosteniendo la vida del paciente bajo los efectos de sustancias necesarias en la cirugía. Que algunos casos los involucren no los define; más bien nos recuerda algo menos cómodo, que no hay profesiones inmunes a las fragilidades humanas.

La disponibilidad o el acceso a determinadas sustancias puede ser un factor, pero no es la causa. Y sí, la trazabilidad del medicamento importa; para eso existe la justicia, que deberá investigar quién tenía el fármaco, de dónde salió y si hubo responsabilidades. Pero si como sociedad nos detenemos únicamente en ese punto, corremos el riesgo de tranquilizarnos demasiado rápido. Mientras discutimos circuitos, responsables y controles, se nos escapa lo esencial. El consumo problemático, que no distingue títulos ni ámbitos, queda intacto.

Podemos ordenar lo administrativo y, sin embargo, dejar intacto aquello que verdaderamente sostiene el problema: ese motivo silencioso, persistente, que empuja a alguien a consumir incluso cuando conoce el riesgo.

Tal vez esa sea la verdadera paradoja. Nos obsesionamos con aquello que podemos medir, controlar o señalar, y dejamos en segundo plano aquello que realmente explica lo que ocurre. No es la droga. O no del todo. Es lo que buscamos en ella, aun cuando no sepamos —o no queramos saber— exactamente qué es.

*Dr Fabricio J. Castellano: Médico especialista en Toxicologia del Htal Gral de Agudos J.A Fernandez y docente de la 1ra Catedra de Toxicologia de la UBA (MN 159985)

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