Por Federico Chechele | Cada vez que la Selección Argentina de fútbol gana un partido o un torneo importante, el festejo se replica, de manera casi paralela, en Bangladesh. Miles de personas salen a las calles como si se tratara de una provincia más: saltan, cantan y colman los colectivos en celebraciones multitudinarias. Esta última imagen se multiplicó durante esta semana en todo el AMBA, pero no había nada que celebrar. Más bien, todo lo contrario.
Los trabajadores, que dependen a diario de colectivos y trenes, tuvieron que soportar largas esperas y múltiples inconvenientes para llegar a sus trabajos y regresar a sus casas. La reducción de frecuencias en numerosas líneas de la capital y el conurbano bonaerense agravó aún más una situación ya difícil. Las empresas de transporte denunciaron atrasos en el pago de subsidios, mientras que los trabajadores, ante la falta de fondos para cobrar sus salarios, recurrieron a retención de tareas. En el medio, los usuarios, cansados y frustrados, descargaron su bronca contra los choferes. Así se repitió una escena injusta de sectores populares enfrentados entre sí. Pobres contra pobres.
Mientras tanto, el Gobierno observaba la situación desde lejos, ajeno a las dificultades cotidianas que enfrentan millones de personas, sobre todo cuando se lo ve a Manuel Adorni bailando reggae en las playas del Caribe. El malestar social retumba cada vez más fuerte. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires el boleto mínimo de colectivo pasó de $52,96 a $715,24 en abril de 2026, lo que representa un aumento acumulado de 1250% desde que asumió Javier Milei. A la par, la cantidad de unidades en circulación se redujo drásticamente, con frecuencias más cercanas a las de un fin de semana que a las de un día laboral. Para millones de personas, trasladarse se volvió más caro, más incierto y más agotador.
El resultado del ajuste implica que todos los indicadores le dan negativos al Gobierno. Esta semana la consultora Zuban Córdoba preguntó ¿Cuál considera que es el principal problema del país hoy? El 22% dijo no llegar a fin de mes y las deudas que se fueron generando; el 17% la inflación y por consiguiente la suba de precios; y el 16% el deterioro de los sueldos. Una de las tantas personas entrevistadas esperando la llegada del colectivo reveló que “en mi casa decimos que somos vegetarianos, con humor, porque ya no comemos carne”.
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Fuera de toda realidad, este miércoles el presidente Javier Milei dijo en una entrevista: “Si un funcionario tomó un crédito en el Banco Nación, la pregunta es si con eso mató gente”. Agregó que “ese punto de la moral como política de Estado no está vulnerado” y se preguntó si “alguien perdió la libertad con eso”.
El desopilante análisis presidencial surge en medio de nuevos hechos de corrupción que ya no solo salpican, sino que chorrean sobre la Casa Rosada. Mientras tanto el ministro Luis Caputo se tiraba arriba de la granada para defender a los suyos que accedieron a multimillonarios créditos hipotecarios del Banco Nación: “No hay nada ilegal ni inmoral” en cómo obtuvieron préstamos por más de $350 millones, “yo se lo sugiero a todo el mundo”.
El escándalo está en manos de la Justicia federal por delitos como “defraudación a la administración pública” y “abuso de autoridad”, pero se profundizó cuando se supo que el secretario de Finanzas, Federico Furiase, obtuvo un préstamo para adquirir una tercera propiedad, violando así las condiciones de la línea crediticia.
La escalada de corrupción de La Libertad Avanza parece no tener fondo. A este engranaje de revoleo de préstamos sin control se suma que esta semana el New York Times dedicó media página a Milei y su involucramiento directo en la estafa del caso $LIBRA, amplificando la polémica a nivel internacional.
Y, como si fuera poco, Argentina sigue siendo ese país donde la escribana del Jefe de Gabinete puede salir corriendo de un juzgado y volver al día siguiente sin siquiera ser citada. Los argumentos oficiales no cierran. Adorni está más afuera que adentro porque ya perdió el respeto de una sociedad que mira todo al límite de su prudencia.
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El fin de semana pasado, un Milei desencajado realizó 1.491 likes y 754 retweets: estuvo tuiteando durante 8 horas manteniendo fuertes cruces con periodistas y le dio “me gusta” a imágenes que generaron amplios rechazos.
Cuando finalice este gobierno habrá varias cosas para revisar hacia adelante, pero sobre todo hacia atrás, porque a partir del comportamiento y vocabulario de Milei, todo lo que suceda deberá analizarse en relación a la actualidad. El silencio atroz de las corporaciones mediáticas será recordado, tal como ocurrió cuando se disfrazaban de defensores de la democracia y “querían preguntar”.
En un nuevo acto de debilidad y desesperación, el Gobierno difundió un supuesto espionaje de agentes rusos en Argentina, que habría destinado 283.000 dólares a 23 medios de comunicación para criticar al oficialismo. El medio Chequeado publicó una versión editada de la investigación, omitiendo a Infobae y El Cronista. La explicación es obvia, estos dos medios responden directamente a los intereses de Estados Unidos, lo que hace poco creíble la supuesta narrativa rusa promovida por la organización internacional openDemocracy, vinculada a ONG de la derecha norteamericana.
La operación ejecutada por el periodista Santiago O Donnell desencadenó la furia presidencial que empezó en la Quinta de Olivos y se selló en la Casa Rosada cuando el lunes se informó que se le prohibía el ingreso a periodistas acreditados a la casa de gobierno acusados de tener supuestos vínculos con la red de espionaje ruso.
La estupidez que rodea al mundo libertario se permite creer que el gobierno de Vladímir Putin destinó menos de 300 mil dólares a 23 medios de comunicación de Argentina para criticar a Milei, mientras que, al mismo tiempo, no considera como una posible injerencia en la soberanía nacional los 20.000 millones de dólares que Donald Trump le otorgó al presidente argentino para influir en las elecciones legislativas del año pasado.
Habrá que observar en qué condiciones llega el presidente de Estados Unidos al 2027 para ayudar a Milei. Por lo pronto, en los últimos 35 días Trump pasó de justificar su intervención militar a Irán explicando que el objetivo era “llevar la democracia” a ese país, a prometer que “toda una civilización morirá esta noche”, manteniendo en vilo a todo el mundo con sus amenazas apocalípticas.
Las negociaciones están abiertas. Entre idas y vueltas, se vislumbra una derrota estadounidense frente al lenguaje genocida del mandatario norteamericano que lo convierte en el primer criminal de guerra en admitir la premeditación de sus actos. En este caso también será necesario evaluar cómo actuará el gobierno que lo suceda. Las palabras no pueden ni deben convertirse en miles de estupideces sin costo, como lo plantea MIlei, o en armas de fuego, como pretende Trump.
Federico Chechele en X: @fedechechele

