Redacción Canal Abierto | El 5º Congreso Nacional Ordinario de la CTA Autónoma reunió este viernes a casi 400 congresales de las 24 provincias del país, y discutió y aprobó la continuidad del plan de lucha contra las políticas de ajuste y de entrega del gobierno de Javier Milei. Al conmemorarse la Semana del Detenido Desaparecido, la central sesionó en nombre de “Las y Los 30.000”.
Los delegados y dirigentes definieron la junta electoral de cara a las elecciones de la CTA del 20 de agosto de este año, a partir de las cuales renovarán la conducción nacional y las provinciales, regionales y locales a través del voto directo y secreto de afiliados y afiliadas.
En relación al plan de lucha, la organización definió impulsar, junto a la CTA de los Trabajadores, una Jornada Nacional de Lucha con movilizaciones en todo el país con una marcha a Plaza de Mayo el 9 de junio. La medida será en consonancia con el cierre de las acciones que estará realizando desde el 2 de mayo la Mesa Ecuménica de DDHH, que incluye una semana de ayuno y el llamado a “despertar las conciencias”. Además ratificaron la convocatoria a las movilizaciones que se realizarán a lo largo y ancho del país el 3 de junio contra la violencia machista en el marco de la marcha Ni Una Menos.
También votaron continuar construyendo las condiciones para un paro general, e insistir con la posibilidad del juicio político a Javier Milei.
En su informe político, el secretario General Hugo “Cachorro” Godoy llamó a profundizar la unidad con todos los sectores que estén dispuestos a luchar para encarar los nuevos desafíos: “Tenemos que animarnos a proponer formas alternativas, a construir más poder organizado de la clase trabajadora y promover nuevas formas de organización. En este tiempo de incertidumbre, la unidad no debe ser desde el espanto; tiene que ser con conciencia de los límites que no nos permitieron capitalizar el espíritu de lucha y rebelión del 2001”.
“La unidad tiene que ser para generar propuestas, acciones y formas organizativas nuevas que permitan alumbrar una nueva sociedad. Echamos a Duhalde, echamos a Macri, echemos a Milei”, convocó.
El cierre estuvo a cargo de María Ana Mandakovic, secretaria Adjunta: “Este congreso nos encuentra en una crisis estructural; las y los trabajadores estamos luchando por la supervivencia, perdiendo derechos y salario en manos de un círculo rojo inescrupuloso que quiere toda la riqueza. Tenemos que organizarnos para oponernos a los bonistas extranjeros que vienen a consolidar un genocidio por goteo. Vienen por nuestros recursos, nuestros minerales, nuestros puertos, nuestra aduana y nuestra dignidad de trabajadores. Tenemos que fortalecer nuestra organización, que es la que nos va a llevar al triunfo de la clase”.
29 de mayo: una fecha emblemática
Además de conmemorarse 57 años del Cordobazo, durante el congreso se recordaron dos acciones históricas que tuvieron a la CTA como protagonista: el paro a Duhalde de 2002, que anticipó su caída, y el 5º paro general a Macri de 2019, junto a todo el movimiento obrero organizado, que fue clave para su derrota electoral unos meses más tarde.
Víctor De Gennaro, quien era secretario General de la CTA en 2002, señaló:
“Ese paro no lo convocamos por casualidad un 29 de mayo. La mayoría de nuestra generación somos hijos del Rosariazo, el Tucumanazo, el Correntinazo y también del Cordobazo. Es la conciencia de que somos parte de una clase trabajadora y siempre nos impulsamos desde nuestra historia para proyectarnos en nuestro futuro; y si 30 años después estoy acá, es gracias a ustedes que mantuvieron viva la fuerza de la CTA. Ese es nuestro poder”.
“La CTA era una central de nuevo tipo y el 29 de mayo de 2002 hicimos más de 1.000 cortes junto a los compañeros y compañeras de organizaciones sociales y piqueteras, y fuimos capaces de coagular una fuerza popular con tanto susto para el poder, que el 16 de junio nos mataron a Kosteki y Santillán”, dijo De Gennaro, y reafirmó: “La historia no acabó, la lucha de clases sigue existiendo, el poder son ustedes y, sin lugar a dudas, pariremos nuevos tiempos”.
A continuación, el Documento Político votado y aprobado hoy por el Congreso de la CTA-A
Caracterización de la etapa en clave histórica
En 2023 se cerró definitivamente en la Argentina la etapa abierta por la rebelión popular del 2001. Aquella irrupción del pueblo quebró el intento de institucionalizar las reformas regresivas impuestas por la dictadura genocida y profundizadas durante los gobiernos de Menem y De la Rúa. Ese protagonismo popular impidió que la democracia derivara en un régimen de represión institucionalizada bajo el estado de sitio, y puso un límite al proyecto de dolarización impulsado por Domingo Cavallo y los sectores dominantes.
Fue esa rebelión la que abrió una nueva etapa política y social que, aun con sus limitaciones, se expresó en el juicio y castigo a los genocidas, en una mayor equidad social y en la ampliación de derechos mediante políticas como la Asignación Universal por Hijo y la recuperación del sistema previsional público y solidario, entre otras medidas. Pero, sobre todo, hizo posible una experiencia de representación institucional capaz de dar respuesta a la profunda crisis de representatividad que había llevado a que la Argentina tuviera cinco presidentes en diez días, en un contexto regional marcado también por procesos contemporáneos como el “Caracazo” en Venezuela y la “Guerra del Agua” en Bolivia.
Aquella irrupción popular también impulsó transformaciones en toda América Latina y el Caribe, dando uno de los pasos más trascendentes de nuestra historia hacia la construcción de la Patria Grande latinoamericana. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez, Fidel Castro, Evo Morales, Lula Da Silva, Néstor Kirchner y todos los que fueron capaces de decirle NO al ALCA en 2005, enfrentando al propio presidente del imperio estadounidense, George Bush. Jornada coronada con un paro nacional y movilización convocada por la CTA al grito de ¡Fuera Bush!
No obstante, estas experiencias de gobierno en Argentina no produjeron reformas que permitieran profundizar un camino de apertura a una nueva institucionalidad con protagonismo popular que hiciera posible sostener el proceso de transformación. Entre otras causas, los límites del modelo progresista de comienzos de siglo tuvieron su raíz en la persistencia del esquema extractivista, basado en el agronegocio con transgénicos y agrotóxicos, y la megaminería contaminante. Esto hizo posible el regreso al poder de un sector de la oligarquía en 2015, representado por Mauricio Macri. Se produjo en ese momento un primer gran quiebre político, ya que la oligarquía alcanzó el gobierno por primera vez en la historia a través del voto democrático.
Tras la resistencia del pueblo organizado frente a las políticas neoliberales, Macri no logró la reelección y triunfó el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que despertó grandes esperanzas en las mayorías populares. Sin embargo, frente a una nueva decepción y en rechazo a esa experiencia, se produce el triunfo electoral de Javier Milei, que inaugura en la Argentina un gobierno neofascista con formato de Estado de Derecho.
Nos encontramos frente a una nueva crisis de representatividad que ya no alcanza solamente a las autoridades político institucionales, sino también a las propias instituciones republicanas, convertidas en garantes de la desigualdad que profundizan las diferencias sobre todo de clase y de género, de la injusticia social, de la concentración y extranjerización de la economía y de la pérdida de soberanía nacional. Esto se suma a una profunda crisis de credibilidad y una creciente desconfianza popular respecto de los mecanismos tradicionales de participación.
Al mismo tiempo, el escenario internacional también cambió profundamente. La caída del Muro de Berlín y la crisis del socialismo real en la década del ´90 permitieron durante décadas la hegemonía unilateral de Estados Unidos y la imposición del Consenso de Washington. Pero hoy ese orden mundial comienza a resquebrajarse. La emergencia de China, Rusia y los BRICS cuestiona aquella hegemonía imperial, mientras Estados Unidos intenta reinstalar con ferocidad una nueva versión de la Doctrina Monroe -hoy expresada en el trumpismo- sembrando guerra, violencia y disciplinamiento sobre América Latina y el Caribe para reafirmar su dominio sobre lo que consideran su “patio trasero”.
Los desafíos del presente
Estamos transitando el cierre de una etapa histórica a escala global, con profundas repercusiones en el plano nacional. Estas transformaciones se expresan, en el ámbito internacional descripto, en una reconfiguración de las relaciones entre capital y trabajo que avanza en sentido contrario a las instituciones democráticas conquistadas históricamente.
Durante las últimas décadas se produjo una reforma de las relaciones laborales impuesta por las transformaciones profundas del capitalismo global que en el presente impactan directamente en nuestro país, a través de estrategias de segmentación de la fuerza de trabajo, con cercenamiento de derechos laborales, y una diversidad de convenios colectivos que canjean derechos por incrementos salariales, en un contexto de años de caída real del salario.
Estamos frente a la configuración de un régimen de empleo cuyo denominador común es la desresponsabilización del capital respecto de las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo, que queda cada vez más expuesta a los vaivenes del mercado. En nuestro país, esto se produce en un contexto de despidos masivos, cierre de fábricas, y pérdidas de puestos de trabajo registrado.
Los nuevos desafíos emergen de la actual configuración de la acumulación del capital, que trasciende tanto los sectores de actividad como las fronteras nacionales mediante cadenas globales de valor territorialmente deslocalizadas. A ello se suma el acelerado desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), que ha posibilitado la concentración en pocas manos de la propiedad sobre la infraestructura y los contenidos que se transportan en ella (información, datos, internet, IA, etc), disputando el sentido en términos sociales, económicos y culturales, permitiendo la fragmentación geográfica de los procesos productivos a escala global, profundizando la precariedad de las condiciones de trabajo y reproduciendo las históricas desigualdades entre mujeres y varones.
Por otro lado, se plantea que el cambio tecnológico no solo incrementa la demanda de mayores niveles de calificación y formación de la fuerza laboral, sino también paradójicamente a las de menos formación (Uber, reparto, otras), abriendo el debate sobre quién se apropia de los beneficios generados por esas transformaciones. El problema, entonces, no radica únicamente en la incorporación de nuevas tecnologías, sino en si predomina una apropiación privada de la renta tecnológica o una distribución social de sus beneficios.
Asimismo, en el marco de la globalización, surge el desafío de cómo enfrentar la expulsión de trabajadores y trabajadoras de las industrias tradicionales y la limitada capacidad de las industrias tecnológicas para absorber la totalidad de esa mano de obra desplazada. Sólo una mínima parte de estos ocuparán puestos de menor calificación en trabajos de plataforma.
Este conjunto de transformaciones explica el nacimiento de una nueva etapa histórica caracterizada por una brutal ofensiva del capital financiero internacional, que impone nuevas y mayores deudas externas como mecanismo de subordinación y gobernabilidad sobre nuestras naciones dependientes, consolidando un nuevo orden colonial en la región.
En este escenario, pensar el internacionalismo se vuelve una necesidad estratégica para proyectar y articular las luchas políticas y sociales de nuestras organizaciones más allá de las fronteras nacionales.
En el plano local y regional se deben redefinir las estrategias de poder de los sectores populares para reconstruir un Bloque de Poder Popular, político y social, capaz de asumir estos nuevos desafíos históricos y orientarlos hacia la construcción de una nueva sociedad que supere la crisis civilizatoria a la que nos ha conducido el sistema capitalista.
En un contexto de ofensiva del capital, la CTA profundiza la lucha
El gobierno de Milei ha entregado la conducción de la política económica y de la política internacional a la administración de Trump. Ese alineamiento, en el marco de una profunda dispersión del campo popular, le permitió imponerse en las elecciones de medio término. Le permitió avanzar sobre una institucionalidad cada vez más degradada y corrompida como lo es la Corte Suprema integrada por jueces que niegan la justicia, legitiman decretos y leyes inconstitucionales y bloquean toda posibilidad de que avance la investigación sobre los hechos de corrupción y las violaciones constitucionales cometidas por este gobierno.
Entre esas violaciones se encuentra el involucramiento de nuestro país en conflictos bélicos extra nacionales sin autorización del Congreso Nacional legitimando genocidios como el perpetrado contra el pueblo palestino, y permitiendo el ingreso de tropas y fuerzas extranjeras sin consulta ni aprobación parlamentaria. A esto se suma un Congreso hegemonizado por intereses ajenos al pueblo, que legisla al servicio del Poder Ejecutivo aun cuando el oficialismo continúa siendo minoría. Sin embargo, logra construir mayorías circunstanciales mediante acuerdos con legisladores subordinados a gobernadores más preocupados por garantizar negocios con las multinacionales en sus provincias que por defender el destino de la Nación y de la República.
En este contexto de colonización institucional, con un Congreso dominado por sectores serviles a los poderes concentrados oligárquicos y trasnacionales, el juicio político a Milei por infame traición a la patria, sólo podrá abrirse paso a través de la rebelión popular, capaz de modificar la correlación de fuerzas e imponiendo otras conductas de quienes dicen representar al pueblo.
Ahora bien, pese al respaldo de Trump, de los gobernadores y de legisladores provenientes del PRO, la UCR y sectores aliados del PJ, el gobierno continúa hundiéndose en el fango de su propia corruptela e inoperancia. Y al mismo tiempo crece la capacidad de resistencia de nuestro pueblo.
Por eso, el 4 de enero, al día siguiente de la invasión a Venezuela impulsada por Trump y del secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores, convocamos a movilizarnos en las calles reafirmando el espíritu antiimperialista de nuestro pueblo. Y en febrero multiplicamos las movilizaciones con un Paro Nacional para rechazar la reforma laboral, las modificaciones a la Ley de Glaciares y a la reforma del régimen penal juvenil.
También fuimos protagonistas, junto a nuestro pueblo, de dos grandes construcciones culturales y políticas de este tiempo: el movimiento de mujeres y diversidades -participando activamente del paro internacional del 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora- y las históricas banderas de Memoria, Verdad y Justicia, que volvieron a expresarse masivamente en las calles a 50 años del golpe genocida.
La recuperación de la capacidad de lucha de los movimientos populares volvió a demostrarse el 7 de abril, con los cortes y movilizaciones en todo el país, donde nuestra organización FENAT tuvo un papel central, y se reafirmó también en los actos conmemorativos del 1° de Mayo, Día Internacional de las y los Trabajadores.
Esta vocación de resistencia de nuestra Central y de todo el movimiento popular expresada en las calles, se mantuvo a pesar de la escalada represiva materializada por el gobierno de Milei.
En ese marco, además, conmemoramos los 30 años de construcción de una Central de nuevo tipo y profundizamos el proceso de unidad entre las dos CTA.
La resistencia crece y se expande en todo el país, como lo demostraron las puebladas de Chubut en los primeros días de mayo y las recientes movilizaciones en defensa de la universidad y la salud públicas, derechos y valores profundamente arraigados en la cultura de nuestro pueblo. Del mismo modo se expresa cada miércoles en las movilizaciones de las y los jubilados al Congreso, y las luchas en defensa de los derechos de las personas con discapacidad, y de los pibes y pibas. En ese camino, nuestra CTA convocó a unificar estas luchas en las calles de toda la Argentina.
La salida al despotismo neofascista de Milei no puede ser un nuevo ciclo de frustraciones para nuestro pueblo. Debe ser la oportunidad de que la centralidad política de la clase trabajadora se convierta en el fundamento de un nuevo movimiento político y social, capaz de construir, en una transformación profunda de las instituciones, nuevas institucionalidades democráticas y estatales basadas en la participación popular, la justicia social y la soberanía de nuestra nación.
Fortalecer la unidad
Ante estos trascendentales desafíos, los sectores populares, antagonistas naturales del bloque oligárquico, imperial y belicista, aparecen divididos y dispersos. Las estrategias de construcción de poder popular capaces de dar respuesta a la crisis de 2001 fueron derrotadas no sólo electoralmente, sino también en términos de credibilidad y confianza ante amplios sectores de nuestra sociedad.
El quebrantamiento político, social y cultural constituye una de las principales condiciones que explican el avance de alternativas de corte neofascista. Por ello, las tareas de esta etapa no pueden limitarse únicamente a resistir y frenar el despotismo y la crueldad del gobierno de Milei. Es necesario, además, construir nuevas formas de participación popular que permitan recuperar la confianza del pueblo en sus propias fuerzas como sujeto transformador de la historia. En este sentido, las luchas actuales por la descolonización y la despatriarcalización de nuestras organizaciones y de la sociedad, así como la defensa del buen vivir de los pueblos y de la tierra, deben constituirse en espacios para la construcción de vínculos basados en la justicia y la fraternidad.Y para ello es necesario pensar en una opción inclusiva, que discuta y redefina los roles sociales que hoy en día están atravesados por estereotipos de clase, género, orientación sexual, nacionalidad y etnias, que fragmentan.
Nadie puede transformar algo sin transformarse a sí mismo. Todo está por construirse si logramos sintetizar en teoría y organización política lo acumulado a lo largo de nuestra historia como clase trabajadora. Es necesario poner en movimiento esa coherencia de más de treinta años que nos permitió crecer en legitimidad y prestigio, y discutirla abiertamente, porque de lo contrario se fetichiza.
Se trata de crear un nuevo orden social basado en la justicia, la solidaridad, lo comunitario y lo colectivo, donde la democracia sea verdaderamente expresión del poder del pueblo y no una institucionalidad vacía al servicio de las minorías del privilegio.
Con centralidad en la clase trabajadora
En ese marco se inscribe la lucha de nuestra CTA, en un contexto de retroceso de la clase trabajadora, marcado por la pérdida de derechos, el ataque a las organizaciones sindicales y la disolución de una identidad política colectiva capaz de unificar al conjunto de los trabajadores y trabajadoras.
Hace treinta años nació nuestra CTA como respuesta a la traición del menemismo a las banderas históricas del campo popular, sumado al descontento con aquellas conducciones sindicales que abandonaron la representación de los trabajadores para convertirse en socios del poder económico. Autonomía y Libertad y Democracia Sindical son las banderas que levantamos en ese tiempo y seguimos enarbolando.
La CTA nació para canalizar la resistencia y la memoria histórica de nuestro pueblo, para comprender que la fragmentación de la clase trabajadora era una consecuencia estructural del modelo neoliberal impuesto por la dictadura y profundizado en los años noventa, que institucionalizó la desocupación, la precarización y la exclusión social como mecanismos permanentes de disciplinamiento. Solo la unidad y la organización, más allá de la relación laboral debe garantizar el poder de la clase.
El actual escenario nos exige reinventarnos como Central de Trabajadores y Trabajadoras, reafirmando la identidad de clase y su indispensable centralidad y carácter revolucionario como bandera política fundamental para enfrentar y resistir las políticas devastadoras que destruyen las condiciones de vida de nuestro pueblo. Y al mismo tiempo poner toda nuestra creatividad política y organizativa para gestar nuevas formas de organización y participación popular en la perspectiva de una sociedad nueva, donde lo multicultural y lo plurinacional confluyan en el horizonte estratégico de la Patria Grande latinoamericana y caribeña.
Asimismo reinventar las instituciones populares capaces de responder a las necesidades de nuestro pueblo implica abrir camino a nuevas institucionalidades democráticas, donde el poder vuelva efectivamente a manos del pueblo. Lo asambleario, lo comunitario, lo participativo, lo inclusivo deben constituirse en pilares fundamentales de un nuevo Estado al servicio de las mayorías populares.
Por eso, construir una nueva Central implica no sólo organizar la resistencia, sino también crear nuevas formas de organización de la clase trabajadora: nuevos sindicatos, organización territorial en los barrios, experiencias de autogestión, expresiones y demandas feministas y nuevas formas de representación donde el elemento aglutinador fuera la identidad de clase, la condición de vivir del trabajo y la dignidad de reconocer en los trabajadores y trabajadoras el sujeto central de transformación de la sociedad.
Treinta años después, más allá de los errores que en determinados momentos llevaron a la división de nuestra Central, hoy tenemos la tarea de reconstruir su unidad, y la responsabilidad histórica de multiplicar nuevas formas de organización capaces de fortalecer el poder subjetivo y objetivo de la clase trabajadora. Con autonomía de clase aportar a una estrategia de poder político que posibilite construir una sociedad nueva, emancipada de toda dominación y con justicia social.
Hacia una nueva sociedad
La consigna “luchar para resistir y unidad para vencer” expresa hoy la necesidad de consolidar la intervención protagónica de la clase trabajadora, un nuevo modelo sindical y una Central de nuevo tipo, capaz de alumbrar nuevas rebeldías y devolverle al pueblo la confianza en sus propias fuerzas.
Tenemos que avanzar en la construcción de una Central cuya rebeldía abra paso a nuevas esperanzas.
UNIDAD, REBELIÓN, DEMOCRACIA y SOBERANÍA fueron las consignas del Confederal de 2025 que nos guían en esta etapa. Porque, al mismo tiempo que reafirmamos los valores fundacionales sostenidos durante treinta años, autonomía y libertad y democracia sindical, para esta 4ta década abrimos también una nueva etapa de crecimiento y consolidación. Las tareas inmediatas consisten en terminar cuanto antes con este gobierno despótico y neofascista, mientras creamos las condiciones de unidad programática y política del conjunto del campo popular, para que las luchas confluyan y permitan acumular la fuerza necesaria para construir organizaciones libres del pueblo capaces de alumbrar un amanecer emancipador al final de esta oscura noche que atravesamos.
Cuando impulsamos los Cabildos Abiertos Contra la Deuda Externa y el Hambre, por Soberanía, Trabajo y Producción, y propusimos el programa 10 medidas urgentes para otra Argentina, lo hicimos con la convicción de que trabajadores y trabajadoras, pequeños y medianos empresarios, industriales, campesinos y movimientos sociales y cooperativos constituyen la base social de una nueva representación política, con arraigo popular y verdadera vocación transformadora.
El objetivo de una reforma laboral en el presente no puede ser la flexibilización, sino reconocer derechos e ingresos en la diversidad de formas de trabajo que hoy existen. Para esto son necesarias un conjunto de transformaciones estructurales: Gravar las grandes fortunas, revisar la organización y duración de la jornada laboral, tanto para poner fin a las formas de sobreexplotación como para crear los mecanismos que permitan redistribuir el excedente derivado del cambio tecnológico; y universalizar los ingresos, los derechos y la seguridad social. Tal como propusimos en el documento denominado “Diez propuestas de políticas públicas para un nuevo esquema de relaciones laborales con ampliación de derechos” para enfrentar la reforma de Milei.
Ese sentido patriótico demuestra que la clase trabajadora y la patria son dimensiones inseparables. No habrá amanecer emancipador sin el protagonismo y el poder organizado de la clase trabajadora.
Una clase que, aún dispersa, golpeada y obligada a sobrevivir en condiciones cada vez más difíciles, continúa siendo protagonista de las principales luchas de nuestra patria, siempre con una conciencia latinoamericanista y caribeña.
Consolidar y profundizar la unidad con la CTA de los Trabajadores, camino a una Central de nuevo tipo, mayoritaria y convocante a la unidad de todos los que están dispuestos a luchar, -como ya lo venimos haciendo en el Bloque Sindical Feminista, el Frente de Gremios Estatales, la Multisectorial por la Seguridad Social, el Frente Sindical de Unidad, y múltiples espacios multisecotoriales que integramos a lo largo y ancho de todo el país-, constituyen una guía para la conducción de nuestra Central que surgirá de las elecciones convocadas para agosto de este año.
Estas elecciones forman parte de un momento trascendental, a través de las cuales ratificamos el principio de elección democrática de autoridades nacionales, provinciales, regionales y locales, con el voto directo y secreto de nuestros afiliados y afiliadas. Es la reafirmación de la voluntad y fuerza política de los y las trabajadoras de acelerar la recuperación de la ofensiva política desde el campo popular para derrotar a Milei. Porque este gobierno no caerá solamente por la putrefacción de su propia política y de su corrupción. Será necesaria una fuerza popular organizada, y esta Central debe ser uno de sus actores principales. Pero también necesitamos construir un horizonte que no repita experiencias que terminaron defraudando a nuestro pueblo y alejándolo de los valores ideológicos, culturales y éticos que sostienen la perspectiva de emancipación y justicia social.
Porque con la centralidad de la clase trabajadora -organizada en una poderosa Central con autonomía de clase, como la que venimos construyendo desde hace treinta años- será posible construir una estrategia de poder popular capaz de sostener las banderas emancipatorias del pueblo argentino. De lo contrario, “Patria o colonia” seguirá siendo apenas una consigna y no una decisión histórica capaz de convertir a la Argentina en una patria verdaderamente liberada, en la cual la democracia vuelva a recuperar su profundo sentido de poder y gobierno de y para el Pueblo.
A 50 años del golpe genocida que buscó instalar un modelo de exclusión y entrega, del que seguimos sufriendo las consecuencias, y que intenta volver a imponerse en democracia, el recuerdo de nuestros 30.000 compañeros y compañeras detenidos-desaparecidos es un mandato que sigue guiando nuestras luchas, nos reafirmamos en su compromiso para seguir construyendo PROTAGONISMO POPULAR, REBELDÍA Y ESPERANZA PARA UNA NUEVA SOCIEDAD.
Buenos Aires, 29 de mayo de 2026.

