Argentina y Suiza, historias detrás de un partido

El inminente cruce entre argentinos y suizos arrastra una trama de migraciones, exilios, vínculos políticos y culturales que atravesó décadas. De Borges a Los Redondos y de la dictadura a Ginastera, un repaso por esos lazos poco conocidos antes del duelo mundialista.
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Por Manuel Rodríguez | El sábado por la noche, Argentina y Suiza se enfrentarán en el Arrowhead Stadium de Kansas City por un lugar en las semifinales del Mundial. No es la primera vez que estas dos selecciones se cruzan en una Copa del Mundo, pero lo que está en juego va mucho más allá de esos 90 minutos y los posibles 30 suplementarios y penales. También hay una trama cultural, política y humana que lleva más de siglo y medio tejiéndose entre ambos países.

El historial entre Argentina y Suiza es corto pero ampliamente favorable a la Albiceleste: siete partidos, cinco victorias y dos empates, con 15 goles a favor y solo 3 en contra. Los dos antecedentes en Copas del Mundo terminaron con festejo argentino. El primero fue en el Mundial de 1966, fase de grupos, con victoria 2-0 y goles de Luis Artime y Ermindo Onega. El más recordado es el de Brasil 2014: el 1 de julio, por octavos de final en San Pablo, un gol de Ángel Di María en el minuto 118, asistido por Lionel Messi, dio el agónico 1-0. Dos años antes, el 29 de febrero de 2012, en un amistoso en Berna, Lionel Messi se despachó con su primer hat-trick con la selección mayor para decretar el 3-1 definitivo. Aquella noche, Suiza le sentó bien a su zurda.

Pero como no puede ser de otra manera, la génesis de la relación de nuestro país con otro se encuentra en los puertos. La historia de la inmigración suiza en Argentina tiene antecedentes que se remontan al periodo de la dominación española, aunque el gran flujo migratorio comenzó a mediados del siglo XIX. Empujados por el hambre, la falta de tierras y la presión demográfica en la Confederación Suiza, miles de familias cruzaron el Atlántico en busca de un nuevo destino. Argentina, con su reciente Constitución de 1853 y una decidida política de fomento a la inmigración, apareció como una promesa considerable.

Entre 1857 y 1924, según datos del Archivo General de la Nación, emigraron a la Argentina 37.017 suizos. El país se convirtió así en el mayor destino sudamericano de los suizos y el segundo en el mundo después de Estados Unidos. La primera corriente migratoria, hasta 1880, estuvo caracterizada por una mayoría de tesineses (del cantón de Ticino), fundamentalmente obreros de la construcción y artesanos. A ellos les siguieron inmigrantes de habla alemana y francesa que se dirigieron a ciudades como Rosario, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Mar del Plata y Bahía Blanca. Pero el grueso de la colonización fue agrícola y se concentró en la región pampeana.

La primera colonia agrícola organizada fue Baradero, en la provincia de Buenos Aires, fundada en 1856. Le siguieron Esperanza en Santa Fe, San José en Entre Ríos, San Jerónimo Norte y San Carlos en Santa Fe. Juntas, conforman las colonias más antiguas del país. En Córdoba, los suizos se vincularon con colonias agrícolas surgidas en torno al ferrocarril, como Colonia María Manuela. En la Patagonia, Colonia Suiza, cerca de Bariloche, preserva hasta hoy la arquitectura y el encanto alpino. Y en Misiones, entre las décadas de 1920 y 1940, el arribo de familias suizas se impulsó por las crisis económicas europeas y el auge del cultivo de yerba mate.

Los suizos no solo fundaron pueblos; construyeron una red cultural que todavía sigue viva en varias provincias. En San Jerónimo Norte, fundada por inmigrantes del cantón de Valais, todavía se celebra la Fiesta Nacional y Provincial del Folclore Suizo, los chicos aprenden danzas típicas desde pequeños y se sigue jugando al jass, un popular juego de cartas suizo. El legado permanece también en el idioma: en muchas escuelas se enseña alemán y hay personas mayores que siguen hablando el dialecto suizo entre ellas. Los suizos conservan en Argentina estructuras federalistas de autogobierno similares a las de sus cantones de origen.

En Buenos Aires, la Sociedad Filantrópica Suiza, fundada en 1861, estableció su sede en la calle Rodríguez Peña 254. Ese edificio, conocido como Casa Suiza, fue mucho más que un club de beneficencia: fue un hervidero cultural que albergó desde compañías de teatro y orquestas de tango hasta, en los años ochenta y noventa, algunas de las bandas fundamentales del rock argentino, como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Hermética, Los Visitantes y Peligrosos Gorriones. Hoy, el edificio está tapiado, pero su fachada art déco, declarada patrimonio histórico, sigue en pie.

Dos de las figuras más grandes de la cultura argentina encontraron en Suiza su última morada. Jorge Luis Borges llegó por primera vez a Ginebra en 1914, a los 15 años, para atender la ceguera progresiva de su padre. Aquella estadía, que se prolongó por cuatro años, fue decisiva en su formación intelectual. Años después, diría que Suiza era un ejemplo para el mundo: un país formado por gente que conserva la individualidad de su idioma y religión, que vive en armonía y se construyó por la inteligencia y la razón.

El 14 de junio de 1986, Borges murió en Ginebra, a los 86 años. Llevaba décadas diciendo que esa ciudad ocupaba un lugar central en su vida. Había viajado allí pocos días antes junto a María Kodama. Descansa en el cementerio de Plainpalais. Casualidad o causalidad, ese día no se jugaba ningún partido del Mundial que se disputaba en México.

Alberto Ginastera, el compositor argentino más importante del siglo XX, también eligió Ginebra. Residía allí desde 1971 y falleció en esa ciudad el 25 de junio de 1983, a los 67 años, víctima de un derrame cerebral. Su música, esencialmente tradicionalista pero vanguardista, sigue siendo un referente de la música erudita latinoamericana. También descansa en el cementerio Plainpalais de Ginebra, donde es vecino del autor de El Aleph, aunque nunca se conocieron personalmente.

Política y pelotas

Argentina y Suiza comparten algo más que inmigrantes: ambas adoptaron una posición neutral durante las dos guerras mundiales. Suiza, declarada “permanentemente neutral” desde el Congreso de Viena, no tuvo que justificar su postura durante la Segunda Guerra Mundial. Argentina, por su parte, mantuvo una neutralidad que le permitió comerciar con países beligerantes y neutrales por igual. Durante el enfrentamiento bélico, los registros del comercio exterior argentino muestran un importante incremento de exportaciones a países neutrales como Suiza. Esa coincidencia estratégica, aunque con motivaciones diferentes, creó un vínculo de afinidad entre dos naciones que eligieron mantenerse al margen de los grandes conflictos del siglo XX.

El rol de Suiza durante la dictadura cívico-militar que impuso el terror en Argentina entre 1976 y 1983 tiene dos caras. Por un lado, fue un refugio humanitario para quienes huían de la represión. Numerosos exiliados argentinos encontraron en Suiza un lugar seguro.

Pero también el dinero sucio de la represión encontró un refugio en Suiza. Esto es merced a uno de los productos característicos del país de los guerreros de la neutralidad. No son los chocolates ni los relojes, sino el secreto bancario. En los años 90, mientras en nuestro país reinaban las leyes de impunidad, el juez español Baltasar Garzón investigó el enriquecimiento de militares argentinos durante la dictadura y solicitó información a Suiza sobre sus cuentas.

Allí se supo que el represor Bussi tenía cuentas en Suiza, y que las cuentas secretas suizas no solo contendrían el producto de bienes saqueados a desaparecidos, sino también dinero de operaciones ilegales como la venta de armas. También salió a la luz el caso de Pablo González de Langarica, un militante montonero que había sido secuestrad en la ESMA y que fue obligado a viajar a Europa junto a un grupo de represores para participar en una operación encubierta. El itinerario incluía el retiro de una suma millonaria de un banco de Suiza.

El sábado, cuando Argentina y Suiza salgan al campo en Kansas City, no estarán jugando solas. Detrás de ellas estarán los inmigrantes suizos que fundaron pueblos en Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y la Patagonia; los músicos que tocaron tango y rock en Casa Suiza; la neutralidad compartida en tiempos de guerra; los exiliados que encontraron refugio y los represores que escondieron su fortuna; los dos Mundiales que ya ganó Argentina; el hat-trick de Messi en Berna y las tumbas de Borges y Ginastera en Ginebra.

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