El partido que no terminó

Una escena cotidiana, una victoria eterna y una causa nacional unidas en una celebración que parece no tener final. Dieciséis horas después, todavía retumba el eco de un triunfo de esos que siguen jugándose para siempre en la memoria colectiva.
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Por Federico Chechele | Esta mañana me senté a tomar un café en un bar para hacer tiempo antes de entrar a una reunión. Casi todas las mesas estaban vacías. Sobraba una en una esquina, con vista panorámica hacia todo el salón. Me acomodé en silencio sin levantar la cabeza.

Saqué el celular y seguí haciendo lo mismo que había hecho desde que terminó el partido: mirar videos y fotos del triunfo de ayer contra Inglaterra. No podía parar. Era una producción infinita. Cada vez aparecía un video nuevo. Ninguno se repetía. Había imágenes de los jugadores, del llanto de los ingleses, de los festejos de los hinchas que estuvieron en la cancha, de los que lo vimos desde casa, de niños, de abuelos, de gente festejando en plazas, en bares, en balcones, en cualquier rincón del mundo donde hubiera un argentino. Y miles de cargadas. Era como si internet hubiera decidido no dormir para seguir festejando.

Después de un rato el músculo de la mano izquierda me pidió descanso. Di vuelta el celular y lo apoyé sobre la mesa. Levanté la cabeza y vi algo que no esperaba: En todas, absolutamente en todas las mesas, estaban haciendo exactamente lo mismo que yo.

Cuando empecé a prestarles atención, comenzaron a sobresalir canciones, gritos de gol, relatos, bombos, llantos; gritos que, supuse, venían acompañados de abrazos. Cada teléfono reproducía un recuerdo distinto del mismo partido y, sin querer, entre todos componían una sola banda sonora. Era como si el encuentro se estuviera jugando otra vez, repartido en pequeñas pantallas.

Los que estaban en grupo hablaban todos al mismo tiempo. Nadie esperaba que el otro terminara una frase porque todos querían mostrar “ese” video que todavía el resto no había visto. No se entendía una palabra, pero tampoco hacía falta. Se entendían las sonrisas. Se entendían las miradas. Había complicidad en el bar, como si todos se conocieran desde siempre por haber compartido noventa minutos de esa misma felicidad.

Dos todavía tenían puesta la camiseta de Argentina. Estaban desprolijos, seguro que ni siquiera se la habían sacado desde el partido. Pero la llevaban con una naturalidad absoluta, como quien usa un suéter cualquiera para ir al trabajo. No era una ropa. Era un estado de ánimo.

Los que estaban solos, como yo, se retorcían de alegría, conteniendo un grito mirando el celular. Era la felicidad en su forma más íntima.

A uno lo vi con los ojos llenos de lágrimas mientras el celular se le resbalaba lentamente de la mano. Otro había apoyado el teléfono sobre la mesa y tenía los brazos colgando al costado del cuerpo, apenas agitaba las manos, como hacemos en la cancha cuando alentamos en voz baja, casi para nosotros mismos. Otro no podía dejar de reírse. Reía solo, mirando una pequeña pantalla, pero reviviendo seguramente algo muchísimo más grande.

Todo esto es absolutamente cierto. Tuve que anotarlo en el celular para no olvidarme de esas imágenes.

En otra mesa, un hombre comía medialunas y cada tanto se agarraba la cabeza con las dos manos, como si estuviera viendo el partido por primera vez, dieciséis horas después. Volvía a sufrir una jugada, volvía a emocionarse con los goles, con el pitazo final del árbitro. Como si para él, el tiempo no se hubiera detenido.

Ahí entendí que el partido todavía no había terminado. Seguíamos jugándolo todos en las pantallas, reforzando la memoria. Porque hay victorias que duran noventa minutos y otras que se quedan a vivir toda la vida. Se meten para siempre en el sentir popular. Se reconocen en la sonrisa de un desconocido, en una camiseta sucia y arrugada, en la sencillez de un hombre que se emociona solo frente a un celular.

Eso significa ganarle a Inglaterra para los argentinos. Esta vez no estuvo el Diego, pero a alguien se le ocurrió arrancar una sábana de un hotel y pintar, con letras negras “Las Malvinas son argentinas”.

Ese alguien llevó la bandera a la cancha y logró entrar con ella, pese a la prohibición, incluso del gobierno argentino. La desplegó en la tribuna y, después, se la acercó a Lo Celso. Él la tomó convencido y, sin dudarlo, le pidió sus compañeros que la revoleen. Juntos saltaron con la bandera en alto. Y cantaron: “El que no salta es un inglés”. También lo hizo la tribuna. Y lo cantamos miles de veces en cada rincón del país.

Porque Malvinas es una causa nacional y se disputa en todos los ámbitos. Es un territorio  usurpado que algún día volverá a ser nuestro. Pero para que esto suceda hay que seguir manteniendo el reclamo. Tan presentes están las Malvinas que incluso esta selección, que suele evitar pronunciarse sobre cuestiones políticas, decidió recordarle al mundo el reclamo argentino. Eso genera el fútbol y con los ingleses nunca es un partido más.

Salí del bar cuando ya era hora de la reunión. Pero tuve la sensación de que atrás dejaba una tribuna. Una tribuna silenciosa, dispersa en pequeñas mesas, donde todos estaban mirando su celular.

En realidad, todos estaban intentando quedarse un ratito más adentro de uno de esos días que, con el tiempo, será recordado con la pregunta ¿dónde estabas cuando le ganamos a los ingleses sobre la hora?

Un bar lleno alivio, esa alegría que los argentinos nos permitimos mientras superamos rivales de allá y de acá.

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