Publicada originalmente el 28 de junio de 2026
Yolanda Moreno* | No, Argentina no es un país racista. Racista es el Gobierno que hoy insulta a su propio pueblo, racista es el Presidente que se arrodilla ante los poderosos, se declara fan de los fascistas, defiende saludos nazis, se abraza a la jefa política que hundió un barco lleno de argentinos, y después pretende dar cátedra de moral al mundo.
Argentina no es un insulto en cadena nacional. Argentina somos nosotrxs: el albañil paraguayo que levanta edificios en Constitución, la textil boliviana que cose en Flores y en Liniers, la enfermera peruana que sostiene guardias en el hospital público, el pibe villero que sale a laburar con la camiseta de la Selección, la maestra tucumana, la trabajadora jujeña que corta la ruta para que no le roben el salario. La Argentina real habla con acentos mezclados, comparte mate en el recreo de la escuela pública, hace cola en el mismo hospital, marcha con las mismas banderas.
Pero después del Mundial 2026, la maquinaria mediática internacional decidió algo: “Argentina es racista”. Se activó el viejo reflejo colonial: señalar a un país mestizo como salvaje, criminalizar a su hinchada, convertir en “pecado racial” lo que en Europa es folclore de cancha. Y el Presidente, lejos de defender a su pueblo, usa la polémica como combustible para su cruzada contra lo que él llama “zurderío”, “wokismo” y “parásitos mentales”: enemigos fantasma que le sirven para justificar el ajuste y la represión.
Racismo de traje y decreto
Mientras nos apuntan con el dedo, los voceros del mileísmo escriben proyectos abiertamente xenófobos. El diputado oficialista Agustín Romo se preguntó indignado: “¿Así que hay extranjeros que viven en Argentina, estudian gratis en Argentina, se atienden gratis en hospitales argentinos mientras odian a la Argentina?”. Su solución: arancelar la salud y la educación para extranjeros, “universidad pública y gratuita para los argentinos” y “basta de pagar la educación de extranjeros que nos odian. Échenlos a todos”.
Eso no es un exabrupto en la tribuna: es racismo oficial, redactado en despacho. Es la voluntad de expulsar, cobrar, castigar a quienes venimos de otros países pero somos parte de la misma clase trabajadora. Es odio de clase disfrazado de patriotismo. Es un nacionalismo de cartón que se activa sólo para pegarle al migrante pobre, nunca al evasor multimillonario ni al fondo buitre.
En Davos, Milei aprovechó el micrófono global para atacar minorías y migrantes: habló de “hordas de inmigrantes que abusan, violan o matan a ciudadanos europeos que solo cometieron el pecado de no haber adherido a una religión en particular”. Se quejó de que cuando alguien cuestiona esas imágenes “es tildado de racista, xenófobo o nazi”, mientras defendía el saludo nazi de Elon Musk y amenazaba con “cazar y exterminar izquierdistas”.
Si eso no es discurso de odio, ¿qué es? Mientras en la calle nos quieren mostrar a las hinchadas como monstruos racistas, el verdadero monstruo está en el foro mundial, con traje caro y micrófono pago, describiendo migrantes como “hordas” criminales.
Thatcher, Malvinas y la antipatria prolija
El presidente que hoy posa de defensor de la Argentina es el mismo que se declara admirador de Margaret Thatcher, responsable política de la guerra de Malvinas y del hundimiento del ARA General Belgrano, donde murieron 323 argentinos, muchos de ellos hijos de obreros, de migrantes internos, de familias pobres.
En 2023, Milei dijo sin pudor: “Me siento identificado con Margaret Thatcher”. En el debate presidencial sostuvo que “la señora Thatcher lo fue [una gran líder] así como lo fue Reagan, como lo fue Churchill” y la puso en la lista de sus héroes. Ya como presidente, en entrevista con la BBC de Londres, reforzó: “Escuché muchos discursos de Margaret Thatcher. Ella fue brillante. Entonces, ¿cuál es el problema?”, y justificó: “Hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder”.
Cuando el ex primer ministro británico David Cameron visitó nuestras Islas, lejos de indignarse, Milei declaró que si el territorio “hoy está en manos del Reino Unido, él tiene todo el derecho de hacerlo”. Para él, el problema no es la ocupación colonial, sino que cuestionemos a la líder que hundió a nuestros soldados.
El pueblo argentino no cuelga pósters de Thatcher en la pared. El pueblo cuelga banderas de Malvinas, fotos de sus muertos, de sus desaparecidos, de sus héroes anónimos. El pueblo no le concede “todo el derecho” al ocupante, ni se identifica con la enemiga de sus propios soldados. Esa antipatria elegante no nace en la hinchada: nace en un gobierno que está dispuesto a entregar soberanía mientras recita frases de Churchill para la prensa extranjera.
El “presidente más sionista” y las vidas que valen
En Nueva York, en la Universidad Yeshiva, Milei se presentó así: “Soy el presidente más sionista del mundo”, y lo repite con orgullo cada vez que puede. En sus visitas a Israel refuerza una alianza incondicional con Benjamin Netanyahu y con la guerra contra Irán, declarado “enemigo”.
¿Qué tiene que ver esto con el racismo? Tiene que ver con las escalas de valor. Un presidente que convierte su devoción por un gobierno extranjero en eje de su política exterior, mientras recorta derechos en su propio país y avala políticas de ocupación y apartheid sobre otros pueblos, está diciendo que hay vidas que valen más que otras, pueblos que valen más que otros.
Se indigna por la “campaña anti-Argentina” sólo cuando le sirve para atacar a “la izquierda internacional” y al “wokismo”, mientras sus aliados proponen echar estudiantes extranjeros, cobrarle la guardia al enfermo migrante, abrir la puerta sólo al capital y cerrarla al trabajador.
¿Quién es racista, entonces?
Cuando nos acusan de racistas, lo que pretenden es reciclar el cliché colonial: Latinoamérica como barbarie, Europa como civilización. Quieren convertir en crimen lo que en nuestros barrios fue siempre costumbre: la pasión desbordada, el grito de cancha, el orgullo de llevar una camiseta que nos costó sudor y hambre. El racismo verdadero no está en el bombo ni en el cántico: está en el decreto, en el proyecto de ley, en el discurso de Davos y en la entrevista a la BBC.
De un lado, la Argentina popular, mezclada, villera, sindical, migrante, que en cada crisis arma ollas, organiza paros, corta rutas, abre escuelas y hospitales para el que llegue, sin preguntarle nacionalidad. Del otro lado, una Argentina gobernada por un liberal de derecha que defiende saludos nazis, quiere “cazar y exterminar izquierdistas”, habla de “hordas de inmigrantes que abusan, violan o matan”, se identifica con Thatcher, llama “parásitos mentales” a quienes creen en la justicia social y se proclama orgulloso de ser “el presidente más sionista del mundo”.
¿Argentina es racista? No. Argentina está secuestrada por un proyecto de odio. La racista no es la hinchada, es la política oficial que sueña con hospitales arancelados para migrantes, universidades cerradas al extranjero, fronteras como murallas y Malvinas como negocio diplomático. La xenofobia no nace en la villa, nace en el despacho.
Por eso, desde las comunidades migrantes y los sindicatos, desde las villas y los barrios obreros, decimos con claridad:
Argentina no es un país racista; racista es el gobierno que gobierna contra el pueblo.
La Argentina que amamos es la de las fábricas con obreros bolivianos, paraguayos, argentinos, peruanos; la de las escuelas públicas donde se mezclan idiomas y historias; la de los hospitales donde atiende una médica venezolana a un paciente correntino; la de las marchas donde se levantan banderas de todos los países que aportan brazos a este suelo.
Cuando Milei se declara orgulloso de ser el más sionista del mundo, cuando defiende saludos nazis, cuando su gente pide echar a estudiantes extranjeros, no está insultando a “la izquierda”: está insultando a la Argentina real, la que no entra en sus planillas de ajuste ni en sus fantasías de pureza.
La Argentina somos nosotrxs, migrantes y nativos, obreros y obreras, pibxs de barrio, maestras y enfermeras. Y estamos acá para defenderla de los verdaderos racistas.
Yolanda Moreno integra la Dirección Nacional de Migrantes y Refugiados de la CTA Autónoma

