“Diciembre”, recuerdos del presente

Sin narración ni entrevistas y en diálogo con la actualidad, el documental de Lucas Gallo recorre el mes que dio fin al segundo periodo neoliberal. “Hay palabras como 'dolarización', 'déficit cero', 'FMI' que se repiten todo el tiempo”, afirma el director.
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Publicada originalmente el 3 de agosto de 2026

Redacción Canal Abierto | A veinticinco años de la crisis que marcó un antes y un después en la historia argentina, el director Lucas Gallo presenta Diciembre, un documental que desafía las convenciones del género para sumergir al espectador en el corazón del estallido social de 2001. Lejos de recurrir a entrevistas retrospectivas o voces en off explicativas, la película es un viaje inmersivo construido íntegramente con material de archivo televisivo, que va desde el anuncio del corralito, el 1º de diciembre, hasta la asunción de Eduardo Duhalde, en enero de 2002. El resultado no es una lección de historia, sino un artefacto cinematográfico que, en su montaje, captura la atmósfera de incertidumbre y caos de aquellos días, a la vez que establece un diálogo con el presente.

Gallo ya había explorado el tratamiento mediático de la Guerra de Malvinas en su ópera prima 1982.  Pero en Diciembre su obsesión no era analizar cómo los medios narraron la crisis, sino apropiarse de las imágenes para crear la ilusión de estar allí, en la calle, compartiendo la intemperie de un país que se desmoronaba. “Quería que la película funcionara como un universo autónomo. Si incorporaba entrevistas actuales o miradas del presente sentía que rompía con eso”, explica el realizador a Canal Abierto, dejando clara su intención de que el espectador se sintiera transportado a ese momento.

En toda esta búsqueda, el equipo de montaje realizó un trabajo minucioso: se eliminaron las intercenciones de los cronistas, reencuadraron las imágenes y trabajaron sobre el sonido para que las voces de los protagonistas (políticos, trabajadores, gente común) fueran las únicas que guiaran el relato. “Mi intención era crear un universo autónomo, un viaje en el tiempo. Y si ponía entrevistas actuales, rompía ese universo. Y tampoco me interesaba, no soy periodista. Mi función como cineasta es hacer algo original, que me guste a mí y que funcione como artefacto cinematográfico. Confío en el espectador”.

Es por esto que las palabras de los políticos que protagonizaron aquella época aparecen desde el archivo, hablando en aquel presente conmovido por los hechos que se iban sucediendo.

Este acto de fe en la audiencia es lo que distingue a Diciembre. En vez de dar respuestas, Gallo prefiere generar preguntas. “Nunca quise hacer algo didáctico o explicativo. No pongo contexto, no muestro cómo se llega a diciembre, empiezo desde el 1º de diciembre. Son pequeñas reglas que me pongo para abrir más puertas que cerrar. Entiendo que hay una expectativa de que el documental dé explicaciones, pero a veces me gusta no cumplirla y generar preguntas. Con internet, la gente puede investigar. Los jóvenes me han dicho que la película les abre puertas para investigar”, afirma el documentalista.

Más allá del caos, la vida normal

Pero no todo es palacio y calle en Diciembre. En aquel mes final de 2001, había vida más allá de corralitos, piquetes, cacerolas, luchas que no fueron una sola, helicópteros y presidentes que se sucedían de manera vertiginosa durante una semana. También sucedían cosas propias de la vida normal.

Así entre anuncios, saqueos y reuniones se cuelan un accidente automovilístico, una producción de Susana Giménez junto a Sandro o un ensayo de Mariano Mores con Charly García.

Pero, aunque el realizador no lo confiese, estas intromisiones no parecen estar puestas de manera aleatoria. El anuncio del corralito con Cavallo afirmando que el dinero volverá a estar disponible es seguido por un auto chocado; un reclamo de trabajadores despedidos es precedido por la interpretación de Uno por parte del autor de la música junto al bigote bicolor; a manifestaciones de buenas intenciones de colaboración con el gobierno nacional por parte del hoy devenido en comentarista de streaming que por entonces se desempeñaba como gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, le sigue un largo pasaje de guitarra de Ubaldo De Lío en el marco de un ensayo para la que sería la última presentación junto al pianista Horacio Salgán en el Club del Vino.

Estos momentos de aparente normalidad, que se cuelan entre la desesperación y la furia, no son caprichos estéticos. Gallo confiesa que esta ambigüedad, esta posibilidad de que el choque sea tanto una noticia real como una metáfora del colapso, fue deliberadamente buscada. “Eso tiene que ver con hacer un retrato de época. En diciembre pasaban muchas cosas. El choque puede ser alegórico a lo que está pasando, pero no era mi intención principal. No soy nabo, sabía que podía pasar, y me gustaba esa ambigüedad. Por un lado, puede ser alegórico; por otro, realmente alguien chocó ese día. También me despeja la imagen: ‘¿Qué le habrá pasado a esa persona?’. Y además, visualmente me gustaba: ese 504 parece una obra de arte contemporánea”, expone el director.

Un quiebre que resuena en el presente

El documental, que tuvo su estreno mundial en el prestigioso festival IDFA de Ámsterdam, no solo reconstruye un momento histórico, sino que se convierte en un espejo del presente. “Estrenamos en Ámsterdam, en un festival importante, y estuvo bien. Los europeos siempre van a ver películas latinoamericanas. En México les pasó algo parecido en el 94, y en el Líbano en el 2015, con el tema de no poder sacar el dinero”, señala el director.

Para Gallo, la conexión con la Argentina actual es inevitable y fue parte de su proceso creativo. Cuando veía el material, la repetición de los mismos problemas lo golpeaba con fuerza:

Hay palabras como ‘dolarización’, ‘déficit cero’, ‘FMI’ que se repiten todo el tiempo. Es impresionante. Para mí, en este contexto, la memoria es muy importante. Hay que saber qué pasó, y que genere preguntas, no que baje línea”, subraya el director.

 “Últimamente estoy pensando mucho en los últimos 40 años de democracia en Argentina, que son ininterrumpidos. Eso es algo que no pasó en el siglo XX, donde siempre hubo golpes de Estado. En 1983 arranca la democracia, vienen los 80 y los 90 como transición, y en el 2001 hay un quiebre. Para mí, ese quiebre generó lo que vino después: otros 20 años de kirchnerismo, antikirchnerismo o macrismo, y después con Milei se vuelve a quebrar. No sé a dónde vamos, pero diciembre 2001 fue muy importante en ese sentido”, analiza Gallo.

La película captura ese momento de inflexión, donde el contrato social pareció romperse y la consigna “¡Que se vayan todos!” se convirtió en el grito de una sociedad desencantada, un eco que el director encuentra en el discurso actual de «casta» con el que Milei ganó las elecciones. “Hay una escena de chicos que entran al Congreso, prenden fuego y cantan ‘sin radicales ni peronistas, vamos a vivir mejor’. Esos cánticos me encantan. Después Milei hizo algo parecido: vendió un futuro, habló de ‘casta’ y ‘que se vayan todos’. Él capitalizó ese hastío”, reflexiona Gallo.

Lejos de presentar una visión romántica o unilateral de la protesta, Diciembre muestra la complejidad y las contradicciones de la crisis. “Hay una escena en Chajarí con chacareros cortando la ruta, donde una mujer dice que no tiene agua y un tipo dice ‘esto es pobres contra pobres’. Esa escena me gusta mucho porque muestra lo complejo que es un quiebre real del sistema. La gente sobrevive como puede. La mujer es laburante, quiere ir a pasar las fiestas con su familia, no tiene agua, tiene un bebé. Hay intereses cruzados. No es lo mismo el que perdió sus ahorros que el que no tiene para comer”.

Gallo retrata un país donde la lucha por la supervivencia choca con la desesperación, mostrando que, a pesar de la furia revolucionaria, la vida cotidiana se abre paso entre las grietas. “Parece una revolución, pero también hay muertes y heridos trágicos. Y te das cuenta de que es muy difícil que el sistema se quiebre realmente, porque la gente sigue intentando vivir”.

Con Diciembre, Lucas Gallo logra un documental que es, ante todo, una experiencia cinematográfica poderosa. Al confiar en la fuerza bruta de las imágenes de archivo y en la inteligencia del espectador, la película no solo ilumina un pasado que se niega a pasar, sino que también nos confronta con las preguntas incómodas de nuestro propio tiempo. Es, en definitiva, una invitación a mirar al espejo y reconocer que, en muchos sentidos, seguimos viviendo en aquel diciembre.

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