Publicado 16/09/2026
Redacción Canal Abierto | ¿Por qué ciertos crímenes del terrorismo de Estado quedan fijados en el corazón de la identidad nacional mientras otros se diluyen en el recuerdo local? La última dictadura militar argentina estuvo jalonada por operativos brutales que llevaron el nombre de “noches”: la Noche del Apagón en Jujuy desmanteló el activismo obrero en torno al ingenio Ledesma; la Noche de las Corbatas en Mar del Plata descabezó a un grupo de abogados laboralistas; la Noche de los tubos en Campana arrasó con la junta interna combativa de los metalúrgicos de la planta de Dálmine-Siderca (actual Tenaris). Sin embargo, estas persisten de forma prioritaria en la memoria de sus territorios heridos.
En cambio, lo ocurrido en La Plata a partir del 16 de septiembre de 1976 trascendió fronteras y generaciones. La respuesta a este fenómeno no radica únicamente en la atrocidad de secuestrar adolescentes, sino en la fenomenal red de producciones artísticas, literarias y documentales que transformaron ese dolor en un símbolo universal.
Históricamente, bajo el mando del genocida Ramón Camps y la bonaerense, el operativo ilegal consistió en una serie de secuestros y torturas dirigidos a estudiantes secundarios que promediaban los 16 y 18 años. Aunque la causa inicial se asoció fuertemente a la protesta por el Boleto Estudiantil Secundario, los jóvenes portaban además una fuerte y consciente militancia política, principalmente en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y la Juventud Guevarista.
El núcleo de este trágico episodio abarcó a diez adolescentes. Seis de ellos fueron asesinados y continúan desaparecidos hasta el día de hoy: Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. En tanto, los otros cuatro padecieron el calvario de los centros clandestinos de detención pero lograron sobrevivir para dar testimonio ante el mundo: Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti.
La piedra angular de este recorrido fue el libro homónimo de los periodistas María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, publicado en julio de 1986 por la editorial Contrapunto. Al calor de los testimonios del histórico Juicio a las Juntas de 1985, la obra estructuró una investigación rigurosa que entrelazó las voces de los familiares con el relato de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes. El libro no solo funcionó como una denuncia judicial implacable, sino que se convirtió de inmediato en un éxito de ventas que puso nombre y apellido al horror del operativo ilegal.
El impacto del texto fue tan inmediato que, apenas meses después, el 4 de septiembre de 1986, llegó a los cines la adaptación dirigida por Héctor Olivera. El rodaje revolucionó por completo a la ciudad de La Plata. Varios colegios de la ciudad se abrieron para que cientos de estudiantes secundarios reales participaran como extras en las recreaciones de las protestas por el boleto estudiantil. En la pantalla, una joven camada de actores —entre ellos Vita Escardó, un debutante Leonardo Sbaraglia y Alejo García Pintos, encargado de encarnar a Pablo Díaz— le puso cuerpo a la densidad histórica de chicos de su misma edad, logrando convocar a más de 700.000 espectadores.
El libro Pablo Díaz, o la inversión de Wherther, reconstruye el diálogo epistolar que el sobreviviente mantuvo con su familia durante los cuatro años de cautiverio como preso político de la dictadura. A través de sus cartas, el autor Miguel Ángel Gargiulo propone una lectura que resignifica esa voz marcada por el compromiso y la resistencia.
El destino de esta interpretación dejó un eco imborrable que se resignificó décadas después: en la aclamada película Argentina, 1985 (2022), el propio García Pintos volvió a formar parte del relato de los juicios, pero esta vez interpretando a uno de los jueces del tribunal que escucha conmovido, precisamente, la declaración del sobreviviente que él mismo había encarnado en su juventud.
Si bien el tiempo y las lecturas artísticas y políticas que devinieron le fueron generando una cosecha de críticas, éstas son injustas sin entender el contexto. Muchas observaciones hubo en torno a la restricción de la militancia de los protagonistas al ámbito estudiantil, cuando muchos participaban de organizaciones políticas o con vinculaciones a las armadas. El paradigma en torno a lo ocurrido era la llamada Teoría de los Dos Demonios, que entendía a la dictadura y a la lucha armada como dos caras de una moneda. Quizá hubiese sido más difícil generar la empatía con los personajes si se mostraba esa faceta militante.
Otro de los puntos era cierta cuestión explícita sobre los tormentos padecidos en cautiverio. Pero cierto es que se trata de las primeras películas sobre el tema. Había necesidad de contar, de mostrar de manera descarnada lo que había ocurrido hasta hacía no mucho tiempo.
Mientras el equipo de Olivera copaba las calles platenses con su mega producción, un registro paralelo y de inestimable valor se gestaba desde adentro de las aulas: Memoria y homenaje a la noche del 16 de septiembre de 1976 el making of filmado por el Taller de Cine de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Se trataba de un espacio generado por ex docentes y alumnos de la carrera de cine que había sido eliminada de la facultad por la dictadura y cuya reapertura exigían. Este detrás de escena no se limitó a lo técnico; capturó la radiografía política y emocional de la época. Mostró las discusiones estéticas del rodaje, las reflexiones de los actores y las reacciones de una comunidad universitaria profundamente marcada por la represión, que veía cómo se recreaban los centros clandestinos de detención en sus propios barrios.
Con los años, el calidoscopio de obras sobre el suceso continuó expandiéndose, enriqueciendo y disputando los sentidos del relato original. En el plano literario, otra de las sobrevivientes, Emilce Moler, publicó en 2020 su libro La larga noche de los lápices para reivindicar la condición de los jóvenes como sujetos políticos y no meras víctimas ingenuas; un enfoque que también adoptó el teatro con la puesta rosarina La Noche de los Lápices, la verdadera historia (2019) de Brian Ollearo, interpretada por adolescentes, y la gran puesta pampeana Lápices, un musical con memoria (2022), galardonada e incluso presentada en el Coliseo Podestá de La Plata ante los propios protagonistas reales de la historia.
La música se convirtió en el canal de expresión más potente de este legado, naciendo desde las entrañas mismas del territorio afectado. La Caverna, banda oriunda de La Plata, compuso el tema emblemático 16 de septiembre. Este homenaje guarda una profunda e íntima carga simbólica: la agrupación está integrada por el baterista y letrista Juano Falcone, sobrino directo de María Claudia Falcone, una de las estudiantes secundarias secuestradas y desaparecidas durante aquella trágica semana. La memoria, de este modo, se volvió canción desde la herencia familiar y barrial.
A nivel nacional e internacional, el eco del operativo borró todo tipo de fronteras geográficas y de géneros musicales. En la escena argentina, Tren Loco aportó Ciudad oscura desde el heavy metal y No Funk sumó su voz con Guerra Sucia. Cruzando el Atlántico, el impacto caló hondo en España con la canción homónima del canario Rogelio Botanz, el rap-metal de Def Con Dos en Falcón Negro y el tributo madrileño de La Hija de Dios en Falcone. El recuerdo europeo también llegó al punk-folk de los italianos Talco con su célebre tema Diari perduti, e incluso se trasladó al Caribe de la mano de los venezolanos La Vida Bohème, quienes en El Milagro del Sur rescataron la memoria de Francisco «Pancho» Muntaner. Este cruce de voces artísticas e institucionales se coronó recientemente en el plano sonoro con el podcast oficial del Ministerio de Cultura, Historias en septiembre, un documento donde los realizadores del libro y la película original se reunieron para repensar el impacto de la obra.
De esta manera, la investigación periodística, el cine de masas, el registro documental universitario y este vasto entramado de reapropiaciones musicales, teatrales y sonoras formaron un tejido imborrable. Juntos, lograron que los lápices que la dictadura intentó quebrar sigan escribiendo la historia de las nuevas generaciones.

