Por Nahuel Croza | “Te quedás con la sensación de que le encontraron el agujero al mate. Rosquean en el Congreso, reprimen afuera y responsabilizan a los manifestantes… y mientras tanto, la oposición viendo quién la tiene más larga. Una angustia tengo”.
Este mensaje enviaba una amiga a una compañera de esta redacción. Cuando volvía para casa empapado, en un subte atestado -y respirando microscópicas fibras de asbesto-, mi sensación era parecida.
La Quinta Marcha Federal Universitaria nuevamente fue multitudinaria. Cinco veces organizaciones estudiantiles, sindicatos docentes y no docentes y un enorme conglomerado multicolor de entidades de la sociedad civil y “gente suelta” se movilizaron en las grandes ciudades de todo el país y colmaron el centro porteño para exigir que se cumpla lo que indica la manda constitucional y que la Ley 27.795 de Financiamiento de la Educación Universitaria establece. “Por la razón o por la fuerza”, es el lema nacional de Chile. Como razón obviamente no tiene, el Gobierno de Javier Milei, sus socios locales y sus mandantes externos, apela al uso excesivo e indiscriminado de la fuerza.
Razones para indignarse sobran. La violencia que baja de la esferas de los distintos poderes estalla en nuestros barrios, explota en nuestras familias, implosiona en las vidas de muchos que incluso optan por abandonarla. Pero cuando algunas decenas de personas arrojan piedras a los uniformados de todos los colores que celebran cobrar un adicional más para inflar sus magros sueldos -y poder desatar su sadismo sobre sus excompañeros de clase-, se ciega la realidad y comienza el show de los noteros y los opinadores seriales televisivos. “Detengan a los tirapiedras”, dice una presentadora. “¿Cómo, con todas las cámaras que tiene la Ciudad, no pueden identificar y detener a los violentos?”, sostiene el vicerrector de la UBA Emiliano Yacobitti en Radio Con Vos.
Es rápido el reflejo que separa al estudiante universitario que marcha para reclamar lo justo del “encapuchado violento”, como si no pudieran ser el mismo. La pregunta quizás deba ser de dónde viene la violencia.
Alrededor de las 15 comenzó el acto en el escenario montado de espaldas a las fuentes de la plaza del Congreso. Por allí desfilaron voces de distintos sectores violentados por la política oficial: Norma Lezana del Hospital Garrahan (despedida injustamente por la dirección de la institución); Ian Moche (activista que se dedica a concientizar sobre el autismo y fue atacado numerosas veces por Milei y sus cortesanos); Luci Cavallero habló de la situación de los 20 millones de argentinos y argentinas endeudados.
Antonio Marcilese y Hugo Robert del Centro de Excombatientes de La Plata (CECIM) pusieron la defensa de la soberanía sobre el escenario: “Todos los días nos sacan soberanía cuando desfinancian a las universidades, cuando condenan a los jubilados a elegir entre la comida o los remedios. Todos los días los hermanos Milei nos roban soberanía”. Matías Oberlin, del Observatorio de Tierras, fustigó a los diputados que no se sentaron para voltear un DNU inconstitucional y destacó la unidad: “Esta plaza demuestra que también, a veces, del laberinto se sale por abajo”.
Cerca de las 15.30, ante la presencia de un pequeño grupo de manifestantes no identificado con las organizaciones participantes, que golpeaba las vallas montadas sobre la avenida Entre Ríos y arrojaba objetos, el operativo de las fuerzas federales disparó las primeras granadas de gas y lanzó agua con un hidrante.
A escasos metros de allí continuaba el acto, de frente a decenas de miles de personas que llenaban la plaza y la Avenida de Mayo hasta el cruce con 9 de julio. Apenas pasadas las 16, ya el aire era irrespirable. Sobre el escenario se apuró el cierre con los estudiantes de la FUA cubriéndose la boca y la nariz para poder respirar. “Vamos a terminar este acto con los gases, con la represión (…) Le vamos a decir al presidente que se va a ir de la Casa Rosada y la universidad pública va a seguir existiendo”, sostuvo el último orador.
En esta quinta marcha el Gobierno quebró un límite. Segundos antes de estas palabras pudo verse en el cielo las parábolas de humo que dibujaban los cartuchos de gas lacrimógeno (a 197 dólares la unidad) que cayeron a metros del escenario. A diferencia de las cuatro anteriores, esta marcha fue reprimida. Con gases, balazos y cargas de motos e infantería, la plaza y la avenida de Mayo fueron desalojadas.
Nuevamente reporteros de prensa fueron heridos por las fuerzas de seguridad. Laki Quispe, reportera de Telesisa, recibió en su cuerpo diez perdigonazos de bala, que hubieran sido seis más si no los atajaba su mochila. Guido Piotrkowski de Página|12 fotografió el momento en que un policía federal le disparaba directo a la cabeza un perdigón de goma que terminó impactando en su pecho.
“Frente a este escenario donde el Gobierno se cagó y mandó a operar a la Corte Suprema, mandó a negociar con los gobernadores, no nos tenemos que desmoralizar. Venimos construyendo una fuerza social que cada vez es más grande. Dijimos que la consigna es “unir las luchas” y hoy estamos más unidos y unidas por abajo. No nos tenemos que dejar desmoralizar, no tenemos que dejar que nos hagan creer que nuestras movilizaciones no sirven, estuvieron toda la semana operando para que no haya quorum”, sostuvo Luci Cavallero, referente de Movida Ciudad, minutos antes del despliegue represivo.
Pese al desasosiego, hay certezas. La plaza nos une, nos hace cuerpo y cada vez es más evidente que este cuerpo debe reaccionar y defenderse. O atacar de una vez para empezar a cambiar las cosas. Hay que esperar al voto, dirán muchos. “Golpistas”, se apresuran a decir en TN. ¿Cuatro años de aguantar esto en silencio?
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, decía Spinoza, y Foucault lo citaba para pensar cómo el poder intenta hacernos dóciles con todos los dispositivos a su alcance: micrófonos, gases, redes sociales, balas, parlamentos, cordones cunetas. Pero es el cuerpo también donde nace la resistencia y el placer de encontrarnos para construir destinos.
Fotos: Nicolás Honigesz, prensa CTA Autónoma

