La gente sigue ahí

Una vuelta a casa como cualquiera, como ninguna. Un presidente que niega las dificultades para llegar a fin de mes y se pregunta “¿Cómo viven 10 días sin comer ni beber?”. Un día único, igual a todos. Llega la estación, hay que bajar.
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Foto: Tomada de Página/12
Foto: Tomada de Página/12

Publicado 20/10/2026

Por Federico Chechele | Está con la cabeza en otro lado. Sale de trabajar y no quiere apurarse. Va mirando la calle, las vidrieras, la gente que se le cruza de frente y la que lo pasa. Camina hacia el subte sin mirar la aplicación para ver a qué hora sale el tren. Si de casualidad llega a tiempo para el próximo, mejor. Si tiene que esperar, espera. Le gana la ansiedad y saca el celular del bolsillo. Faltan 22 minutos. Sabe que, si se apura, llega: tiene apenas cinco paradas de subte. Sigue caminando despacio, con las manos en los bolsillos.

Baja las escaleras, pasa por los molinetes -que le golpean justo donde tiene el celular-, y se acomoda entre las demás personas buscando una mejor ubicación para recibir al subte. Cuando lo ve venir, piensa que no va a poder entrar. La gente se aprieta a la japonesa. Se abren las puertas y empuja junto con otros dos. Los que están adentro no se quejan. Deben hacerlo siempre, deben haberlo hecho en la parada anterior. Están todos apretados, cansados. Nadie dice nada. A él le gustaría decirles, en buen tono, que no voten más a estos gobiernos, pero no lo hace. Las personas que lo rodean miran en direcciones opuestas a la nada: uno hacia una puerta, otro hacia la de enfrente, otro hacia el pasillo de la izquierda y otro hacia el de la derecha. Como si lo hubieran dejado solo. También tienen preocupaciones, no deben llegar a fin de mes y quizás no sepan que el Presidente se les ríe: “¿Cómo viven 10 días sin comer ni beber?”.

Cree que llegó, pero todavía falta una parada. Se pregunta qué hora será, si llegará a tomarse el tren. Lo distrae un pibe que escucha hip hop con unos auriculares de los grandes. Llegan a la estación. La mitad de la gente sale casi corriendo, como si todos fueran a tomar la misma formación que él. No se inmuta. Sale caminando despacio. La multitud lo atropella, lo codea. Sube unas escaleras, después otras, y ahí aparece el cartel gigante. Busca su destino. Falta un minuto para que salga el tren. Ahora apura el paso. Lo ve a lo lejos. Camina más rápido. Sabe que llega. Llega. Esquiva el primer vagón, después el segundo. Cancherea con el tercero, pero termina metiéndose rápido en el cuarto. Es la hora exacta de partida, aunque el tren no sale. Al final, se demora cinco minutos.

Va parado. Se acomoda de espaldas a un asiento, pero le tira del pelo a una joven que está mirando una serie o una película en el celular. Pide disculpas, se da vuelta y se pone de frente, arrepentido de la postura anterior. Se agarra del pasamanos y espera que el tren arranque. Arranca. Relojea lo que está viendo la joven. No parece ser algo bueno. Los actores no le resultan conocidos, los colores son opacos, todo parece aburrido. Mira hacia el otro asiento, el que divide su lugar del pasillo. Hay una pareja de jóvenes que se llevan una eternidad de peso. La chica no llega a los 50 kilos. Está del lado de la ventanilla y toma del brazo a su novio. Él bebe de una gaseosa de segunda marca, directamente del pico de la botella. Pesa más de 100 kilos. No hablan. Se apoyan el uno en el otro.

Ahora vuelve a darse vuelta, con más cuidado. Se apoya suavemente para no volver a tirarle del pelo a la joven. Descansa una de las piernas, descargando todo el peso sobre la otra. Después cambia de pierna. Así pasa un par de estaciones. Cuando se siente más descansado, vuelve a girar y queda de frente a la pareja y a la joven que mira la serie o la película. Al lado de ella, del lado de la ventanilla, hay una mujer con los ojos cerrados, aunque no duerme. Por momentos se le frunce el ceño y, de vez en cuando, se le marcan los hoyuelos. Todo depende del sol, que le pega de lleno en la cara.

La armonía se rompe con el grito de una mujer que está uno o dos vagones más adelante. ¡Ese le robó el celular!, asegura otra mujer, que estaba apoyada contra la puerta y señala a un pibe. Lo vio por la ventana cuando salía corriendo. Corría raro. Corría como un chico, a los saltos. Como si estuviera jugando. Llevaba un jogging azul oscuro y un buzo celeste que le quedaba inmenso. Se lo veía cada vez más pequeño, mientras se perdía entre las vías que llevaban a una avenida. Se vuelven a escuchar los gritos de la mujer, se murmura bronca pero nadie dice nada. Todo vuelve a la normalidad. El episodio duró menos de un minuto.

El tren se va vaciando a mitad de camino. Ve cómo los que siguen viaje se van desparramando sobre los asientos para descansar lo que les queda, como cuando les disparan a los zombis. Él también logra sentarse, pero justo le toca esa parte ciega del tren, donde hay que estirarse hacia adelante para ver algo o echarse un poco hacia atrás. El vagón casi se vació. Entonces se adelanta una fila para poder mirar por la ventana. Justo le toca el descampado, la parte de árboles y cañas que rozan el tren. Cierra los ojos y descansa. Vuelve a pensar en las cosas que lo llevaron a caminar despacio al salir del trabajo, con las manos en los bolsillos, y regresa al tren. Delante de él queda una joven que mira su Instagram. No hay manera de no mirar lo que ella mira. No hay nada interesante. Mueve el dedito hacia abajo una y otra vez. Él quisiera avisarle que se cuide, que está regalada ante un eventual ladrón. Pero no le dice nada. Ve pasar al último vendedor de alfajores, que insiste con una gran oferta en un vagón vacío, pero no queda nadie. Ya están en sus casas. La gente sigue ahí.

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